Pasión navideña: capítulo 2 – Confidencias

Pasión navideña

¡Feliz año nuevo!! ¿Ya habéis sumado un año más a vuestros calendarios y agendas? Un año da para mucho (muchísimo) así que sed consecuentes con vuestros propósitos. Yo ya os adelanté los míos respecto al cuaderno: escribir más, hacerlo mejor y seguir creciendo mucho, mucho, mucho. Quiero crecer tantísimo hasta que esta ovejita soñadora no pueda entrar por la puerta XD (así de enorme deseo ser).

Y ahora os quiero hablar sobre la segunda parte de esta «Pasión navideña», os juro que cada vez me cuesta más escribir historias cortas (empiezo a añadir páginas y páginas a los relatos y sin darme cuenta, se multiplica su extensión). Pero con esta me propuse que sería lo más corta posible, solo un guiño por estas fechas y creo que finalmente puedo darme por satisfecha.  ¡Abrazos para todos!

♣ ESPECIAL NAVIDAD ♣

Capítulo- 2: Confidencias

El viernes, antes que pudiera salir de la empresa para disfrutar del fin de semana, me crucé con Óscar en el vestíbulo.

—¡Verónica! —me llamó con naturalidad. Automáticamente todas las miradas del resto de los empleados se posaron en mí.

—¿Qué quieres? —le pregunté acercándome a él para que dejara de llamar la atención.

—Quería recordarte nuestro acuerdo.

Yo resoplé. ¿Cómo diablos iba a olvidarme de la fiesta si él no había dejado de recordármelo durante toda la semana?

—Estás obsesionado con la cena. Es solo una fiesta de navidad.

—Es más que eso —me contestó Óscar.

Yo deseé preguntarle en ese momento de qué iba exactamente aquello, pero me aparté porque vi a mi compañera Gloria observándonos con la boca abierta.

—¿Sabes que acabas de meterme en problemas? —le pregunté fijándome en todo el personal que no dejaba de mirarnos.

—La que creo que se preocupa demasiado por esto, eres tú —me soltó mientras me sonreía despreocupadamente.

—No me gusta —exclamé. Y tuve que morderme la lengua para no soltárselo. «¡Que me tomen por lo que no soy, no me gusta!».

—Lo sé —me dijo como si leyera mis pensamientos frustrados—. Sé exactamente el tipo de persona que eres, Verónica.

—No lo sabes —le dije a la defensiva—. Tú no tienes ni idea.

Él me miró con cierto brillo en sus ojos como si mi respuesta lo hubiera despertado de su aburrido letargo.

—Otra vez me ganas. Me gustaría conocerte.

Por la forma en que me habló resultaba sencillo darse cuenta que para Óscar la vida consistía en eso: un juego. Para él el mundo se reducía a pérdidas, beneficios, números rojos y operaciones matemáticas. Un mundo calculado, frío y avaricioso poco dado al afecto humano.

—Es tarde —le dije para separarme de él.

—No me lo puedes estar diciendo en serio —me dijo riéndose. Entonces acercó su mano hacia mi melena—. Si hago esto —me susurró acariciándome el cabello—. Seguramente no te gustará saber la clase de comentarios que empezarán a esparcirse por la empresa. ¿Qué te parece si no te pongo en una situación incómoda y a cambio, tú me das algo?

—¿¡El qué!? —le pregunté apartándome.

—Toma esto.

Óscar sacó unos papeles de su maletín.

—Cógelos. Ahora disimula como si estuvieras estudiándotelos. Quiero que cuando nos despidamos te vayas a tu despacho de nuevo y finjas que tienes que arreglar un informe mal hecho. Yo te estaré esperando dentro de quince minutos en el despacho de mi padre.

—¿Y para qué diablos quieres que vaya allí?

—Piensa, desde el despacho podremos salir sin ser vistos.

—¡Para el carro! Mañana te acompañaré a la fiesta, pero nada más.

—¿Quieres que te bese? —me preguntó como si no me hubiera estado escuchando.

—¡No! —le grité indignada. ¿Qué le ocurría a este hombre? Parecía que la cabeza no le funcionaba, ¿a caso estaba escuchando algo de lo que le estaba diciendo?

—Pues hazme caso, gatita, o terminaré devorándote.

—Tú no…

—Última oportunidad —me susurró Óscar dejando el maletín en el suelo y cogiéndome por la cintura—. O me obedeces o la insubordinación conmigo se paga.

Entonces apretó sus labios contra los míos con tanta fuerza que temí que pudiera dañarme el labio. Su beso fue más una provocación y una demostración pública de su autoridad que algo afectuoso o carnal, mientras me agarraba con fuerza bajo su manto de supremacía y me mantenía allí, yo no pude moverme.

—Te lo advertí —me contestó ese canalla cuando me soltó.

—¡Eres estúpido! —le dije después que algunos empleados nos hubieran visto besándonos en el vestíbulo— ¡Métete tu fiesta por donde te quepa!

—¡Espera! —me llamó siguiéndome a través de la calle— ¡Verónica! ¡Lo siento!

—No te creo. Te disculpas solo porque te conviene, pero en el fondo crees que no te has equivocado. No todo se consigue a base de imposición, Óscar.

—Lo sé —me contestó dolido porque lo estaba tratando como a un bobo—. Pero de todas formas no ibas a obedecerme.

—¿Lo ves? Para ti todo se limita a satisfacer tus deseos.

—¡No es así!

—Desde que te he conocido no he visto nada más.

—Puedo ser distinto. Otro Óscar que te agrade.

—¿Para qué? Pasado mañana ni te acordarás de esto. Creo que deberías buscarte una acompañante mejor, lo siento.

—No quiero a otra.

—Eres testarudo.

—¡Lo soy! ¿Y qué? ¿Eso es malo también? —me preguntó. Óscar se acercó a mí pero no me tocó—. Poseo muchos defectos pero también tengo virtudes.

—Nadie dijo que no las tuvieras.

—¿Entonces no soy tan miserable como me estás pintando?

El canalla me sonrió de una manera tan irresistible que me arrancó una sonrisa.

—Eres peor —le solté, aunque mi respuesta acompañada por esa sonrisa estúpida no tuvo ningún tipo de credibilidad.

—¿Podemos ir a tomar algo?

—¿Ahora?

—Una forma de disculpa por todo el cúmulo de defectos que me has tenido que aguantar durante la semana.

Yo me lo miré preguntándome qué estaría maquinando esta vez su mente calculadora.

—¿O quizá tu novio te está esperando en casa?

—No tengo novio —le dije con demasiada rapidez como si deseara dejárselo claro.

—Perfecto. Conozco un sitio que creo que te gustará, está cerca.

Y así, esa noche del viernes me perdí junto a Óscar en un bonito bar donde nos pasamos horas hablando sobre nuestras vidas y nos olvidamos del resto. Esa noche fue la primera vez que vi al hombre que se escondía detrás del poderoso apellido «Duarte». Óscar era un hombre exigente, luchador e insaciable, pero también poseía particularidades que lo hacían más humano. Le gustaba salir con su bicicleta de montaña, escuchar heavy metal y jugar al futbolín, detestaba tener que cocinar y era realmente bueno con las pequeñas chapuzas caseras.

—¿Chapuzas? —le pregunté desternillándome porque no podía imaginarme a ese hombre tan estirado y sofisticado arreglando algo de su casa con sus propias manos.

—¿De qué te ríes? Se me dan bien.

—Me cuesta creerte —le dije terminándome mi cerveza.

—¿Pedimos otra? —me preguntó. Yo miré el reloj y vi que era verdaderamente tarde—. Después podemos compartir un taxi.

—Está bien —le dije.

—Ahora cuéntame qué pensaste de mí cuando me conociste.

 Observé fijamente al atractivo hombre que se encontraba enfrente y que se había quitado su americana y se había arremangado las mangas.

—Que eras muy joven. ¡No me mires así! Me esperaba a tu padre.

Ambos empezamos a reírnos y yo di un trago a mi bebida.

—Cuando empezaste a hablarme me caíste fatal, para qué negarlo

—Estoy de acuerdo en ello —me dijo levantando su cerveza para brindar conmigo—. Eres una mujer muy intuitiva.

—¿Y tú? ¿Qué pensaste de mí?

—¿La verdad?

Yo asentí en silencio mientras él bebí de su cerveza.

—Me pregunté qué se escondía bajo esa blusa tan horrible que llevabas.

—¡Mi blusa no es horrible!

—Casi lo descubro —me dijo, y yo supe que estaba recordando el momento en que empezó a desabrocharme la camisa.

De camino a casa Óscar y yo tomamos el mismo taxi tal como me había prometido, pero antes de bajarme, insistí para pagar el trayecto a medias.

—Mis disculpas deben ser completas, el taxi lo pago yo —se justificó él—. Poseo muchos defectos que deben ser compensados.

Yo empezaba a estar ciega o ebria porque sus defectos cada vez me resultaban menos obvios en cambio, sus virtudes no dejaban de aumentar.

—Gracias por acompañarme.

—De nada —me dijo bajándose un momento del taxi—. Mañana vendré a recogerte a las siete y media.

—De acuerdo —le dije sintiéndome algo inquieta.

—Me he divertido mucho esta noche, Verónica.

—Yo también —le dije sintiendo la necesidad de confesárselo.

—Nos vemos mañana —se despidió, pero Óscar se quedó mirándome unos segundos en silencio.

—Hasta mañana —le dije.

Él esperó hasta que yo me metí en casa para marcharse. Cuando me encerré en mi habitación me tumbé en la cama y todo a mi alrededor empezó a darme vueltas por culpa de las copas que nos habíamos estado tomando. Pero por mucho que hubiéramos bebido esa noche, una sensación más perturbadora que la embriaguez, me asaltó. Un par de penetrantes ojos oscuros acompañados de unos labios rojizos y una mano fuerte que deseaba alcanzarme y que no era capaz de sacarme de la cabeza. ¿Por qué Óscar me estaba obsesionando tanto?

El sábado por la mañana me despertó un hombre que llevaba unas opacas gafas de sol propias de un mafioso de la tele.

—Buenos días, señorita Fuentes, le traigo unos paquetes.

—¿A mí? —le pregunté alarmada porque no había comprado nada.

—Todo esto es para usted, de parte del señor Duarte —me dijo entregándome un sobre blanco—. ¿Dónde desea que se lo deje?

[Espero que encuentres el que sea de tu estilo, Óscar Duarte.]

—¡Espere! ¿Esto es ropa? —le pregunté. El hombre asintió mientras se quitaba las gafas.

—¿Dónde se lo dejo? —me insistió, pero como era tal cantidad de cajas, le ordené que sencillamente me las dejara en el salón—. El señor espera que sean de su agrado, si no es así, llámelo al número que figura en la carta.

Óscar indudablemente estaba loco. Decenas de cajas esparcidas por el minúsculo salón de mi casa no me dejaban mover. Empecé a abrir cada una de los paquetes y me encontré con vestidos maravillosos de colores y estilos diferentes. Óscar me había tomado en serio y deseaba que llevara aquello con la que verdaderamente me sintiera cómoda. Cuando encontré finalmente la ropa que más me representaba, le mandé un mensaje:

[Al final, has dado con mi estilo. Verónica.]

[Soy tenaz. Me pregunto qué clase de vestido habrás elegido. Óscar]

Yo le sonreí al móvil mientras me fijaba en el traje chaqueta azul eléctrico que había colgado en mi armario. ¿Se sorprendería por qué había elegido un traje en lugar de un vestido?, y ansiosamente esperé a la noche para poder ver su reacción.

Óscar pasó a recogerme a la hora exacta que habíamos quedado y aunque yo ya lo esperaba cuando llamó a la puerta, fingí que aún me faltaban unos segundos para terminar de prepararme. A través de la mirilla aproveché para espiarlo llevaba un traje negro que se compenetraba con su coche del mismo color. Óscar estaba guapísimo, y a medida que me acerqué a él, no tuve ninguna duda que sería uno de los hombres más atractivos de la noche. El traje negro le sentaba perfecto, le hacía resaltar aún más su atlética constitución.

—Sabía que no elegirías ninguno de los vestidos —me dijo contemplándome de arriba a abajo—. Estás terriblemente atractiva —me dijo abrazándome de repente. Yo me dejé envolver mientras su irresistible perfume me atrapaba.

—Creía que preferías los vestidos rojos —le contesté con picardía.

—Estaba tan equivocado, esto es mejor. Vámonos, todos tienen que verte.

—Yo solo necesito pasar desapercibida.

—Entonces no deberías haber elegido esta ropa.

—Esto no me parece para nada llamativo —le contesté, pero él empezó a reírse y yo no comprendí el motivo.

Al llegar al lujoso salón donde se celebraba la fiesta, comprendí por qué me resultaría imposible mimetizarme con el resto. Todas las mujeres llevaban vestidos hasta los pies y para mi más absoluta y total tortura, solo los hombres utilizaban trajes.

—¡Podrías haberme dicho que el protocolo era otro! —le dije, porque podía no haber introducido ese traje azul entre las opciones.

—¿Y qué importa? Es solo una fiesta, y esta es la ropa que más te gusta.

—Ya lo sé, pero…

—Verónica, deja que vaya a buscarte una copa para que te relajes.

—Está bien, pero solo la acepto porque tengo la garganta seca.

Mientras contemplaba a todas las personas allí reunidas me sentí fuera de lugar y me pregunté qué demonios pretendía conseguir Óscar llevándome a mí, a una joven empleada de su empresa, a un lugar como este. Seguramente era algún tipo de diversión para él, porque estaba clarísimo que allí yo no podría encajar de ninguna de las maneras. Toda la gente era visiblemente rica y sofisticada, todos tan acostumbrados a ser servidos, que yo me sentí más próxima a los camareros que se paseaban con sus bandejas cargadas  de bebidas, que a los invitados. Por el rabillo del ojo me fijé que en ese momento Óscar se encontraba pidiendo un par de copas y que conversaba amistosamente con un elegante hombre mayor.

—¡No puedo creérmelo! —escuché que exclamaba con indignación la mujer que se encontraba a mi lado vestida con un largo vestido de color champagne.

—¡No grites, Emma!

—Pero me parece tan atrevido, ¿casarse con ella? ¡Es un Duarte!

Nada más escuchar ese apellido me tensé.

—¿Quién es su prometida? —le preguntó su amiga, y yo me acerqué a ellas para escucharlas.

—La que se encuentra en medio del salón, la del vestido verde horroroso —le dijo con desprecio mientras empezaban a reírse con malicia. Una chica muy bonita, joven, de piel tan clara que parecía casi blanca y con el cabello rubio recogido en un elaborado moño se encontraba sonriéndole a un par de mujeres mayores.

—Tienes razón, Emma. No sé qué diablos le encuentra a ella —le contestó. A mí me bastó solo un solo vistazo para comprender qué podrían encontrarle a ella.

—Por dios, el heredero de los Duarte bien podría elegir mejor.

«¿¡Heredero de los Duarte!?». Automáticamente recordé la presentación de Óscar como el hijo del señor Duarte y a efectos prácticos, su heredero. Eso no podía ser real, no podía ser así, seguramente existía una explicación la mar de coherente para semejante locura o sino… ¿Qué? Pero todo el salón se tambaleó cuando me fijé que Óscar acaba de acercarse a esa exquisita mujer de vestido verde y la abrazaba con suma consideración. «¡Eres un cerdo!». ¿Por qué me pedía que fuera su acompañante cuando era conocido por todos los asistentes de esta ridícula fiesta que su prometida era ella? ¿Qué pretendía lograr?

—¡Verónica! —me llamó Óscar en ese momento antes que yo pudiera largarme—. Quiero presentarte a…

Yo no le dejé terminar. ¿En serio me presentaría a su prometida de esa manera? ¿Qué le ocurría a este tío? Estaba mal, peor que eso, ¡fatal!

—Eres un cerdo arrogante —le solté antes de dirigirme a esa pobre chica de mirada dulce—. Espero que usted sea consciente de la clase de hombre con el que se va a casar —le contesté mientras ella me miraba asombrada y me compadecía porque no había duda que ese ser mezquino la tenía completamente engañada. ¡A saber qué clase de artimañas había utilizado con ella!

—Claro que lo sé… —me contestó ella con prudencia.

—Yo creo que no, en realidad, es un maldito mujeriego que no la respeta lo más mínimo.

—Eso no es así —me insistió ella.

—Entré en su despacho y solo necesitó un minuto para abalanzarse sobre mí. ¡Imagínese cuántas aventuras habrá tenido a sus espaldas! —le dije, en ese momento vi a Óscar reírse—. Eres tan asqueroso, reírte en una situación así, eres…

—¿Se puede saber de qué va todo esto, Óscar? —le preguntó la mujer con tal confusión, que yo sentí una profunda pena por lo muy ciega que había estado.

—¡No se case! —le supliqué—. Búscase a otro, usted parece una buena persona —le insistí, pero ella me apartó de un manotazo.

—¿Quién diablos te crees que eres? —me preguntó esa cara de ángel, pero antes que pudiera contarle todo lo que había ocurrido una voz nos interrumpió.

—¡Ruth! Por fin he podido aparcar —le dijo acercándose a ella, y un hombre vestido con un traje también oscuro y sensiblemente parecido a Óscar, la besó.

—Querido, ¿conoces a esta mujer? —le preguntó atónita.

—De nada —me dijo examinándome mientras me quedaba en blanco.

—Verónica —me agarró Óscar por el brazo—. Te presento a mi hermano, Alfonso Duarte, y esta es Ruth, su prometida.

Nada más escuchar su elocuente explicación, salí corriendo de allí. «Tierra trágame», es en lo único que pude pensar mientras me encerraba en un minúsculo baño. Acababa de montar una escena vergonzosa y todo, ¡por un tonto malentendido! Si no hubiera escuchado esos chismorreos, si no me hubiera dejado llevar… pero, ¿cómo iba a saberlo yo? ¡Nadie me lo había dicho! Empecé a sofocarme solo de pensar que de un momento a otro tendría que salir de allí.

—¡Verónica! —me llamó Óscar a través de la puerta del baño—. ¡Sal del baño!

—¡Nunca! —le dije mientras me aseguraba que el pestillo estaba bien cerrado—. Estoy muy avergonzada.

—¿Tú? Pero si soy yo el que está en el baño de mujeres.

—¡Sabes a lo que me refiero!

—Sal y hablémoslo.

—No quiero —me negué como lo haría una niña pequeña.

—Ha sido una graciosa equivocación.

—¡No me lo recuerdes!

—La verdad es que ha sido tan divertido. Le gritaste a Ruth: ¡no te cases con ella! Eso ha sido demasiado.

—¡Cállate, podría oírte alguien! —le grité, y salí del baño para que cerrara la boca.

—Así que el ratón ha decidido salir de su escondite —me sonrió mientras me mantenía la puerta abierta—. Sal.

—¡Podrías habérmelo contado!

—¿Cuándo? Empezaste a hablar sin freno.

—¡Dios mío! Escuché a esas dos…y después…¡Menuda vergüenza! —me cubrí el rostro con ambas manos con la esperanza que todo el mundo se evaporara.

—No ha sido para tanto —me contestó. Entonces noté las manos cálidas de Óscar encima de las mías.

—Sabes que lo ha sido, ¿qué pensará tu cuñada?

—Ruth lo entenderá —me dijo. Óscar me apartó las manos y entrelazó sus dedos junto a los míos—. Me ha gustado tanto verte celosa.

—No eran celos.

—Por supuesto que lo eran, debajo de todos esos gritos, estabas dolida.

En ese momento tuve que admitir que tenía razón. No solo había querido advertir a esa mujer de mirada dulce que estaba a punto de cometer el peor error de toda su vida, sino que en lo más hondo, había deseado dañarlo a él y restituir mi orgullo.

—Cada rasgo que conozco de ti, me descoloca. Eres una mujer imprevisible.

—Ya te advertí que no podrías conocerme con facilidad.

—Cierto, eres intensa. Así que me temo que deberemos prolongar nuestro acuerdo.

—¿A qué te refieres?

Entonces noté que Óscar estrechaba aún más sus manos junto a las mías.

—Que mañana seguramente me apetecerá quedar contigo. ¿Aceptarías?

—No lo…

Yo intenté deshacerme de su contacto que me estaba incomodando.

—No creo que esto nos lleve a nada, Oscar.

—Eso deberíamos discutirlo juntos.

Él se acercó a mí para besarme de nuevo. Esta vez su beso fue dulce y lento, y como yo no me aparté, él no necesitó sujetarme con fuerza ni obligarme a nada. Mordió suavemente mi labio antes de introducir su lengua y me sentí atrapada por esa fragancia suya entremezclada con su aliento.

—Esto me parece que es un sí.

—Lo es.

Ambos nos reímos mientras salíamos del baño porque una mujer rica y sofisticada nos estaba mirando mal.

—Pero de momento, mejor lo guardamos en secreto en el trabajo. No quiero que piensen lo que no es.

—Me parece bien, pero si te miro más de lo necesario, no me hago responsable.

—¡Aguántate!

—No puedo —me dijo Óscar rodeándome con sus brazos a la salida del baño—. Mis ojos no me escuchan, desde que te vi entrar por el despacho de mi padre, te apoderaste de ellos.

—Estás exagerando, no te creo.

—Y mis labios —entonces me besó de nuevo—. No saben vivir sin los tuyos.

—¿Y tus manos? —le pregunté mientras las notaba recorriéndome las caderas.

—¡Es verdad! —me contestó con una exageración—. Estas ya no son mis manos. ¿Qué me has hecho, Verónica?

—¿Qué me has hecho tú a mí?

Desde que nos habíamos conocido hacía tan solo una semana, lo nuestra había sido una carrera frenética. Como un cohete que había despegado, y aunque ninguno de los dos sabíamos hacia dónde se dirigía, estábamos dispuestos a no bajarnos de él.

—Sencillamente intenté seducirla, señorita Fuentes, aunque no te impresionó demasiado mi apellido.

Yo me reí mientras alguien carraspeaba a nuestro lado.

—Hermano, hay una cena que  está esperando.

—¡Piérdete, Alfonso! —le contestó Óscar mientras seguía besándome entre risas—. Yo ya tengo mi deliciosa cena aquí mismo.

—Sois el uno para el otro —le contestó antes de irse.

—Tú hermano seguramente me desprecia.

—No te preocupes por él, sabrás ganártelo. Ahora céntrate en mí.

—Tengo una duda, ¿por qué entonces me invitaste a esta fiesta?

—¿Realmente necesitas que te conteste? Obviamente fue lo primero que se me ocurrió para que no te fueras corriendo del despacho.

—Entonces, ¿no necesitabas una acompañante?

—Por supuesto que no, y menos a una empleada de mi padre.

—Vale, ahora oficialmente me siento las más estúpida del planeta —le dije. Pero antes que pudiera meterme de nuevo en el baño para encerrarme, me detuvo.

—No te enfades, estaba desesperado. Cambiando de tema, creo que estamos en una fiesta. Deberíamos divertirnos.

—Tienes razón.

Óscar me tendió el brazo para que pudiera agarrárselo. De regreso al salón principal empezamos a conversar con la misma fluidez con la que lo habíamos hecho la noche anterior en el bar, y no pude evitar sentir la tentación de…

—Óscar, ¿mañana a qué hora quedamos? —le pregunté en un arrebato. Él me sonrió y me abrazó.

—Creía que no ibas a preguntármelo nunca. Si por mí fuera, no me separaría de tu lado jamás.

—Eso es demasiado —le contesté con chulería, aunque en el fondo yo estaba sintiendo exactamente lo mismo.

Que ambos nos cruzáramos en el vertiginoso camino de la vida del otro había sido algo imprevisto, tan desprevenido e impactante, que ni nosotros mismos sabíamos muy bien cómo había terminado resultando de esta manera. Quizá el engaño de Óscar lo había propiciado, quizá que yo me hubiera negado a él y se hubiera atrevido a besarme había ayudado o quizá, sencillamente la vida ya nos había seleccionado entre la multitud de personas que fluyen a través del mundo para unirnos. Todo hipótesis, teorías e ideas que habían terminado consolidándose en tan solo una semana que yo deseaba que se prolongaran más allá del tiempo. Porque si algo teníamos claro tanto Óscar como yo, es que deseábamos seguir encontrándonos en el vertiginoso camino de la vida día tras día.

¡Felices fiestas!

Espero que esta pequeña historia os haya arrancado una preciosa sonrisa en este nuevo año y recordad que cuando un interruptor se apaga, otro se enciende. ¡Estad atentos!

¡Gracias!  

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Acerca de: Clover

Alma inquieta. Proyecto de creadora de mundos. Hada del país de la piruleta en mis tiempos libres. Analizo todas las series asiáticas que encuentro. Me gusta leer manga, jugar a MMORPG y aprender japonés.

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