Pasión navideña: capítulo 1 – El encuentro

Pasión navideña

¡Feliz día soñadores! ¿Estáis preparados para dar la bienvenida al nuevo año?

Creo que el fin de año representa a la perfección la esencia de la humanidad. Cuando dejamos un año atrás otro aparece con más ganas en nuestras vidas. Es como si una luz se apagara en nuestra habitación pero al otro lado de la casa se encendiera una llama aún más grande. Pero más allá de todas estas cursiladas,  indudablemente son días para estar alegres, positivos y verle esa cara bonita (que estoy segura que siempre tiene), al mundo.

La Navidad me gusta (es algo que he manifestado multitud de veces), pero me gustan aún más los “especiales” que escribo en el cuaderno, ? por eso, no podía faltar por aquí mi ración navideña particular. Es una historia corta (durará solo otra publicación más) que espero que os anime por estas fechas. Aquí os lanzo la primera parte, ¿os apuntáis a la «Pasión navideña»? ¡Besos!

♣ ESPECIAL NAVIDAD ♣

Capítulo- 1: El encuentro

«El fin de año está a la vuelta de la esquina», pensé mientras contemplaba con impasibilidad la flor de Pascua que habían colocado encima de mi escritorio de trabajo. Aún no podía creerme que fuera a terminar el año con un trabajo, y aunque no fuera nada sofisticado ni muchísimo menos bien pagado, un trabajo era definitivamente eso, un primer muro por el cual escalar.

—El año ha pasado volando—suspiró mi compañera de escritorio Gloria como si nuestros pensamientos estuviéramos conectadas psíquicamente, y yo le sonreí cariñosamente a su comentario porque para mí, que solo hacía un par de meses que había empezado a trabajar en esa empresa, no había pasado nada rápido. De hecho, me había resultado torturadoramente largo y fastidioso, saltando de entrevista en entrevista como una peonza sin red y sin haber obtenido ni el más mínimo resultado hasta ahora, claro.

—Verónica, ¿vendrás a la cena de empresa? —me preguntó.

—Claro —asentí.

Porque aunque no me apeteciera del todo acudir a una cena con un montón de gente desconocida, no podía permitirme el lujo de rechazarla.

—El año pasado fue muy divertida, ¡verás qué bien te lo pasas! Voy un momento al baño. Cúbreme.

Yo asentí con una sonrisa aunque mi gesto rápidamente se torció cuando divisé a través de la puerta al hombre bajito y rechoncho que se estaba acercando a mi mesa con su usual cara de mala leche.

—¡Señorita Fuentes! —me llamó con ese tono que siempre utilizaba para humillarme—. Lleve estos documentos al despacho del señor Duarte.

Yo me lo miré atónita. ¿¡Duarte!?, ese era el despacho del jefazo, no del jefe intermedio ni de nuestro superior, sino que esas letras «D-U-A-R-T-E», eran el apellido del dios todo poderoso de la empresa.

—¿Vas a quedarte aquí todo el día sentada sin hacer nada? ¡Espabila, novata! —me gritó lanzándome la carpeta negra con los documentos.

—¿Y dónde se encuentra el señor Duarte?

—¿Es que tengo que explicártelo todo? Última planta, coge ese ascensor —me dijo señalando el que se encontraba al fondo del pasillo—. Ni se te ocurra equivocarte esta vez o no empezarás el año en esta empresa.

Por supuesto no hacia falta amenazarme para que hiciera bien mi trabajo, pero dado que desde el primer día el señor Guerrero parecía ser un maldito resentido, me tragué mi orgullo y agaché la cabeza como una buena trabajadora ejemplar.

—Ahora mismo, señor Guerrero —le contesté sujetando la carpeta con fuerza y dirigiéndome hacia el ascensor que me había señalado.

Mientras ascendía hacia la última planta contemplé la carpeta oscura y me pregunté qué podría contener que le interesara tanto al señor Duarte. Estaba claro que eran unos papeles importantes, lo suficiente como para que tuvieran que entregársele personalmente a él, aunque no podía comprender qué podrían ser que pudieran dejárselos a la novata de turno.  El departamento de contabilidad en el que trabajaba era humilde, uno más entre montones de departamentos, así que esos papeles debían ser algo bastante poco usual si yo, Verónica Fuentes y una don nadie a la vez, necesitaba entregárselos en mano al jefe.

Todo el mundo en la empresa sabía que el señor Duarte era el jefe máximo del imperio. En realidad, ese hombre era algo más parecido a un mito que a un ser humano, pues poco o nada se sabía de su persona con exactitud. Los rumores decían que era un hombre mayor, que vestía siempre con traje y que en escasas ocasiones se paseaba abiertamente por su empresa.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron y el timbre me anunció que había llegado a la última planta del edificio, me di cuenta automáticamente que acababa de entrar en una especie de mundo paralelo donde la decoración era muchísimo más lujosa en una empresa que ya de por sí, no era precisamente modesta. En el ático todo se encontraba impregnado por un diseño delicado y fuertemente masculino, un sitio muy apropiado para ser la madriguera de un hombre poderoso que apenas se paseaba por ella.

—Buenos días —me saludó el secretario de mediana edad que se encontraba sentado tras un mostrador de madera reluciente.

—Buenos días —le dije—. Me manda el señor Guerrero del departamento de contabilidad, traigo estos documentos para el señor Duarte.

—Espérese un momento, por favor.

El hombre de cabello rubio descolgó su teléfono, marcó y esperó en silencio sin encontrar respuesta.

—Entre usted misma y déjele los documentos encima del escritorio. Es la gran puerta del final.

—Gracias —le dije, pero él dejó de prestar atención a mi respuesta porque necesitó atender una llamada que acababa de entrarle por la centralita.

Yo me acerqué tal y coomo me había indicado a esa grandiosa puerta de madera decorada con un estilo clásico y la golpeé sintiéndome diminuta y sin saber muy bien si me encontraría con alguien o no.

—Buenos días, soy del departamento de contabilidad —me presenté mientras abría la puerta.

Por un instante me pareció que el despacho se encontraba vacío pero todos mis cálculos fallaron cuando vi en la ventana a un silencioso hombre dándome la espalda vestido con un traje azul.

—Discúlpeme, le traigo los documentos de contabilidad que había pedido —le aclaré mostrándole la carpeta oscura, pero esa presencia masculina no se movió ni un ápice y se quedó contemplando el paisaje a través del gran ventanal de su despacho.

—Déjelos encima de la mesa —fue su única respuesta.

Yo me acerqué al escritorio para dejar la carpeta. El ambiente era tenso y frío, y entre esas cuatro paredes solo se escuchaba el sonido de mis propios zapatos repiqueteando contra el suelo. «Ahora lárgate de aquí», me dije nada más soltar la carpeta de entre mis dedos, pero entonces, el hombre que no me había prestado la más mínima atención se giró.

—¿Cómo se llama? —me preguntó sin vacilar un chico más joven de lo que me hubiera esperado, de más o menos mi edad, con el cabello castaño algo ondulado y con unos ojos marrones que parecían casi negros.

—Verónica Fuentes —le contesté desconcertada porque ese hombre no era un anciano demacrado. Llevaba traje, sí, pero era tan alto y con tan buena constitución, que se veía la mar de tentador.

—Mi padre ahora mismo no se encuentra aquí, pero yo los tomaré en su nombre.

Él se acercó al escritorio para examinar los papeles.

—Gracias —le dije con la intención de regresar cuanto antes a mi puesto de trabajo mientras me fijaba que era un hombre muy seguro de sí mismo y algo agresivo en sus formas—. Si me disculpa.

—¿Tiene prisa, señorita Fuentes? —me preguntó mientras contemplaba esos documentos sujetados entre sus grandes manos.

—Mmm… bueno —dudé por temor a que esa fuese algún tipo de pregunta trampa—. Debería regresar a mi departamento.

—Ya veo.

Él dejó los papeles esparcidos por la mesa y apartó una de las sillas del escritorio.

—Creo que eso puede esperar, tome asiento, por favor.

Acorralada, hice lo que me pidió porque él en cierta forma también  era mi jefe.

—¿Le gustan las fiestas, señorita Fuentes?

—Supongo.

Él se rio mientras entrelazaba sus manos como si yo fuera un objeto extraño e interesante al que analizar.

—¿Sí o no? —me preguntó clavándome sus ojos que se oscurecieron aún más. «Un hombre intenso», pensé mientras me daba cuenta que los Duarte habrían logrado su fortuna precisamente por esa actitud.

—Sí —le contesté con sinceridad.

—Magnífico —me sonrió—. ¿Le gustaría ser mi acompañante?

Yo casi me atraganto con su pregunta.

—¿Acompañante de…?

—Debo asistir este sábado a una aburrida fiesta de Navidad y me preguntaba si usted estaría disponible.

Yo disponible estaba en todos los aspectos pero no creía que ninguno de los dos pudiéramos ser la compañía más adecuada para el otro.

—No creo que sea correcto, señor.

—Correcto —repitió levantándose de la silla para acercarse a la mía y entonces, la hizo girar para que lo mirase—. No se asuste. Podría ser mi compañera por una noche, ¿no le parece?

Yo contemplé sus ojos oscuros en sintonía con su sonrisa traviesa. ¿¡Estaba bromeando, verdad!?

—Creo que no lo comprendo —le contesté para que entendiera que yo no era la clase de compañía que estaba esperando.

—Y yo creo que lo hace perfectamente.

Entonces me desabrochó el primer botón de mi camisa mientras yo me paralizaba.

—A esto nos estamos refiriendo —me susurró mientras me apartaba un mechó que se me había soltado de mi coleta.

El hombre sin nombre pero con un apellido poderoso me besó el cuello mientras a mí llegaba su potente perfume. Una visión deslumbrante a escasos centímetros de mi rostro me cautivó, una cara rígida pero a la vez hermosa, con unos ojos llenos de energía y unos labios carnosos.

—A esta clase de cosas, señorita Fuentes.

El señor Duarte me besó la garganta con sutileza. Sus labios me pusieron la piel de gallina en cuestión de segundos y su aliento caliente activó todas mis alertas. Mientras aún podía notar su ardiente aliento recorrer mi piel empezó a sonar un insistente teléfono y tardé un tiempo en percatarme que se trataba del teléfono de su despacho.

—Dime, Jorge.

Yo me giré asustada al escuchar su voz serena. Me lo encontré sentado en la silla de cuero de nuevo y me contempló con una sonrisa satisfecha mientras yo me cerraba el botón de la camisa. «¿Qué acaba de ocurrir?».

—La señorita Verónica Fuentes acudirá a la fiesta de este sábado conmigo.

Nada más escuchar esa frase salté de mi silla. ¡Ni en un millón de años!

—¡NO! —le grité bien alto. Él colgó el teléfono y me miró como si fuera el mismísimo rey del mundo.

—Vamos a llevarnos bien. Es una inocente fiesta, no ocurrirá nada que no desees —me soltó como si de los dos, yo fuera la única que estuviera exagerando la situación.

—¡Por supuesto! ¿Qué te crees?

—Parece que eres tú la que desea algo más.

—¡No! —le contesté cabreada—. Me has sorprendido, solo eso.

—Entonces si solo se trata de un mal entendido, nos vemos este sábado a las ocho.

—Yo no he dicho que sí.

—Solo es una fiesta donde acudirán clientes de la empresa y que yo recuerde, tú perteneces a nuestra empresa, ¿no?

Yo me lo miré con una mezcla de ganas de pelear y agachar la cabeza. ¡Menudo listo!, porque estaba claro que iba a utilizar su posición de hijo del jefe para forzarme a que acudiese a esa dichosa fiesta del demonio.

—Claro —le contesté con un suspiro. De esta forma acepté voluntariamente acudir a una fiesta para no perder mi puesto de trabajo justo durante la Navidad.

—Me alegra comprobar que es una empleada tan dedicada a la empresa señorita Fuentes. Por cierto, me llamo Óscar. Creo que a partir de ahora deberíamos tutearnos. ¿Cómo te llamabas?

Lo miré irritada porque no me gustaba nada la forma en que acababa de ser manipulada.

—Verónica —le contesté, aunque en realidad quería decirle que si así lo deseaba el jefe, ¿qué podría hacer yo?

—Tienes un nombre precioso, es idóneo para una mujer tan bella.

—Esto es solo por trabajo —le recordé.

—Llámalo como quiera.

De esta forma y escuchando la risa maquiavélica de ese hombre asquerosamente rico, me fui para encerrarme en el ascensor con la esperanza que todo hubiera sido un terrible sueño enfermizo.

Durante toda la semana no me atreví a confesarle a nadie de la empresa que Óscar Duarte me había invitado a su peculiar fiesta de la que no sabía prácticamente nada. Estaba claro que si se lo contaba a alguien daría una imagen de…¡por dios!, parecería una maldita caza fortunas y eso es precisamente el tipo de ser que más detestaba. Por eso, me pasé la semana mirando a mi jefe, el señor Guerrero, con más rencor que nunca porque estaba prácticamente segura que todo la antipatía y falta de escrúpulos de ese hombre bajito, había sido el causante de mi desgracia. Un hombre enfadado, desagradable y sin vida, me había empujado por ese acantilado donde el hijo de los Duarte me observaba con sus ojos negros y me movía como si fuera su títere.

—¡Lo odio!

—¿A quién? —me preguntó Gloria mientras apagaba su ordenador.

—A nadie, estoy cansada.

—¿Señorita Fuentes? —me preguntó una voz desagradable que conocía a la perfección—. ¿¡Señorita Fuentes!?

—Si, señor —le contesté al señor Guerrero corriendo hacia su despacho.

—Cuando la llamo, debe acudir rápidamente.

«Sí, tan rápido como corre usted con sus patas cortas y rechonchas, estúpido hombrecito».

—El señor Duarte quiere que acuda a su despacho.

—¿Ahora?

—¡Por supuesto! —me contestó lanzando su bolígrafo al suelo—. ¡Vaya ya a su maldito despacho! Y deje de mirarme con esa cara de tonta.

—Ahora mismo —le dije agarrando el pomo de la puerta con tanta rabia que a punto estuve de romperlo—.¡Eres un enanito asqueroso! —murmuré de camino al ascensor y entonces, mis pensamientos se perdieron en otro asunto cuando apreté el botón hacia la última planta.

Que tuviera que acudir al despacho del señor Duarte a esas horas del viernes solo podía ser a causa de…¿¡Qué diablos podría ser!? .

—¡Óscar! —grité al chocarme de bruces con él a la salida del ascensor.

—Vaya, veo que estabas deseando verme, ahora mismo iba a buscarte.

—El señor Guerrero me ha obligado a subir —le dije para que no se hiciera falsas ilusiones.

—Obligar es una palabra demasiado fuerte —me contestó, aunque para mí, eso era exactamente lo que había sucedido—. Da igual, ven conmigo.

Óscar me agarró de la mano y me llevó hacia el despacho de su padre. Mientras tiraba de mí me di cuenta que ese hombre estaba acostumbrado a tenerlo todo cuando quería y de la forma exacta que deseaba. Su mano era una prolongación de su propia personalidad, firme y segura, que una vez tomaba una determinación, no reculaba ante nadie.

—Esto es para ti —me dijo señalando unas bolsas de papel colocadas encima de un pequeño sofá.

—No lo quiero.

—No sabes qué es.

Óscar se acercó a una de las bolsas y sacó un trozo de tela.

—Ropa para la fiesta —me aclaró. Yo contemplé el vestido rojo que estaba sujetando.

—No me gusta —le contesté.

—Es mi color preferido, pruébatelo —me ordenó con tanta arrogancia que me enfadó aún más.

—¡No! No es mi estilo.

—Aquí dentro, el estilo lo decido yo —me contestó acercándose a mí. Él intentó bajarme la cremallera de mi falda para que me cambiara.

—¡Te he dicho que no! —le grité dándole un codazo. Óscar tiró el vestido al suelo.

—¡Vas a ponerte este vestido con estos zapatos! —me ordenó furioso—. ¿Entiendes?

Por sus ojos fieros comprendí que eso no se trataba de una negociación sino de una orden.

—No lo entiendo —le dije con arrogancia.

—Póntelo —me amenazó de nuevo mientras yo notaba el vestido bajo mis pies—. Recógelo del suelo, Verónica.

—Recógelo tú, Óscar.

—No me gusta que me contradigan, será más fácil para ti si…

Entonces yo ya no pude soportar más su soberbia. ¡Un trabajo!, aquello solo era un puñetero trabajo. ¿Un mísero trabajo era lo que valía mi orgullo? Ese hombre era un maleducado sin escrúpulos que trataba a los demás sin modales. ¿Yo era un peón?, o peor que eso, ¡su esclava!

—¡Basta! —le grité apartándome de ese vestido rojo—. Acepté acudir contigo a la fiesta para conservar mi empleo, pero esto…

Contemplé el vestido rojo tirado en el suelo con la certeza que al terminar el día estaría sin empleo.

—Esto no me compensa, Óscar. ¡No me compensa! Me largo de aquí, eres un imbécil.

Mi orgullo e integridad valían más que eso y además, tampoco estaba tan desesperada como para atarme a ese clavo que parecía del diablo. Era una mujer joven, lista y seguramente podría encontrar otro trabajo pronto, y aunque me hubiera costado un año conseguir este y solo dos meses perderlo, lo conseguiría de nuevo. ¡Lo haría!

—Tienes razón —me sorprendió la voz de Óscar desde la espalda—. Perdóname.

Yo me lo miré sin comprender a ese hombre que parecía ser dos hombres en uno.

—¿Cómo?

—Te he juzgado mal, lo siento. No me tengas miedo, no te haré nada —me dijo. Por primera vez me pareció apreciar a un ser humano dentro de su carísimo traje—. Solo será una cena de empresa, no te pido nada más. Necesito una acompañante con urgencia.

—¿Me prometes que no intentarás chantajearme?

—Te lo juro. Eso ha sido caer muy bajo.

Algo en Óscar cambió en ese instante. Sus ojos dejaron de ser tan oscuros y en su rostro fui capaz de captar cierto nerviosismo. ¡Más humano!, porque definitivamente ya no era una témpano de hielo intransigente.

—Está bien —acepté las nuevas condiciones.

—Por cierto, si no te gusta el vestido, no lo uses.

—No pensaba usarlo —le dije mientras una vocecita en mi cabeza me gritaba que no me dejara engañar. Algo dentro de mí intuía que esa cena sería muchísimo más que un trato.

«No deberías haberlo aceptado con tanta facilidad,» me dije al salir de su despacho. ¿Qué podría depararme una noche entera con él si solo unos minutos en su despacho me habían revuelto el estómago?

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Acerca de: Clover

Clover

Alma inquieta. Proyecto de creadora de mundos. Hada del país de la piruleta en mis tiempos libres. Analizo todas las series asiáticas que encuentro. Me gusta leer manga, jugar a MMORPG y aprender japonés.

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