El amor en tres segundos

¡Buenos días a todos! Hoy os traigo un relato romántico muy especial. 

El amor en tres segundos es una historia que nació como una colaboración para el «BlogArticulado». Ahora, después de mucho tiempo (¡qué rápido pasa todo!) he decidido corregirlo y esta es una nueva versión que poquito se parece a aquella (todos en la vida cambiamos). Un juego de palabras entre el amor y el tiempo que me pareció muy curiosa en su momento y que tal y como dice el título, a veces las cosas más importantes pueden suceder en cuestión de segundos, ¿no os parece? ¡Feliz día!

A veces solo son necesarios tres segundos para enamorarse de alguien. ¿Quieres saber qué ocurre en una andana de metro una mañana cualquiera? Tic-tac, ¿lo escuchas? Un reloj repiqueteando aguarda para que aparezca el amor.

El amor en tres segundos

Un, dos, tres. Repítelo conmigo al compás de un viejo reloj de aguja. Uno, dos, tres. ¿Lo sientes? Escucha el latido del tiempo serpenteando dentro de tu corazón. Uno, dos, tres.


Ocho de la mañana. Me encuentro esperando un metro que es incapaz de llegar. Tengo sed y sueño, y por más que intento buscar la botella de agua que siempre escondo en mi cartera de trabajo, no la encuentro. ¿La habré dejado en la cocina? La música que estoy escuchando no me sirve para calmarme, apago el reproductor, me quito los cascos y me doy cuenta que a mi lado hay gente tan dormida como yo. ¿Es que nunca va a llegar el metro? Sigo teniendo sed, el sueño sé que no tiene solución pero al menos hay una máquina de bebidas en la andana que puede ayudarme con la garganta.

Meto dos monedas en la máquina con remordimientos por haberme dejado una botella que cuesta menos de la mitad, y  la muy bruja parece que hoy me la tiene jugada. Las monedas caen en saco roto o mejor dicho, en mecanismo averiado. Sigo teniendo sed y el metro está a punto de llegar. ¡Maldita sea! Las recojo con rabia preguntándome si la tarde va a ser tan asquerosa como está resultando la mañana. Otra vez lo mismo, introduzco las monedas pero un golpe metálico me alerta que las monedas no han sido aceptadas. Fulmino la máquina expendedora diseñada por el diablo y me consuelo pensando en el dinero que me he ahorrado. Sigo teniendo sed y por eso, contemplo las botellas de agua de la máquina como si fueran un manantial.

—Tiene truco.

Me sorprende una voz masculino muy enérgica en mi espalda. Un listillo, pienso sin darme la vuelta. Un tipo que se cree que soy estúpida por no saber usar una máquina expendedora.

—¿Me lo dejas probar?

Me insiste mientras yo aprieto con rabia las dos monedas. Decido girarme para ver al hombre que me considera estúpida y me encuentro con lo esperado. Te desprecio y analizo con facilidad: chico joven, guapo, con traje y mirada prepotente. Alargas tu mano hacia la mía y rozas mis dedos con delicadeza. Seguramente eres un buen amante y un pésimo novio. ¿Me equivoco?

—Hay que hacerlo despacio.

Introduces las dos monedas con precisión. Tienes un perfil bonito. Demasiado confiado y seguro de ti mismo pero eres guapo. A la máquina no le sonríes, la observas muy concentrado como si estuviera batiéndote en duelo. Me río tontamente. ¿Quién se hubiera esperado semejante seriedad por tu parte por una sencilla botella de agua? En ese momento se escucha un sonido seco y me acerco emocionada para saborear tu inesperada victoria.

—¡Lo has conseguido!

Grito emocionada mientras tu me entregas el agua como si fuera un gran trofeo. Tu fragancia es sutil, no como la de esos jovencitos con traje que se ponen la que más fuerte apesta con la esperanza de destacar. ¿Te crees tan bueno que no la necesitas?

—Solo hay que conocer el truco. No es nada.

—Muchas gracias —te contesto con más sinceridad de la que esperaba sentir por ti. Ahora ya no me pareces un pretencioso ni prepotente. Algo en tu mirada castaña retumba bondad. ¿A caso me estaré volviendo loca?

—Un placer.

Te peinas tu corto cabello con nerviosismo y a mí me da la sensación que esperas. Yo no sé qué más preguntarte. Entonces recoges tu maletín del suelo y yo te espío en silencio mientras te alejas. Uno, dos, tres, martillea mi corazón al perderte.


Voy a contar contigo si me lo pides. Uno, dos, tres, y voy a contestarte. Para entonces ya estaba completamente enamorado de ti. El día que te encontré peleándote con esa máquina expendedora no fue una casualidad. De hecho, llevaba muchos meses espiándote en la andana de metro a pesar que dudo que tú me recordaras. Ese día fui un un valiente acercándome a ti pero un maldito cobarde al alejarme cuando me aparté en silencio de la máquina expendedora llevándome mis sentimientos conmigo.

En la andana tú parecías absorta con tu botella de agua y no me miraste de nuevo ni una vez. ¿Tan poco te impresioné? El metro llegó al cabo de un minuto tan impuntual como siempre y ambos nos subimos al mismo vagón. Entonces tú te me acercaste y aún recuerdo esa dulce melodía de tu voz cuando me invitaste a un café. Ese fue nuestro primer café de muchos por tan solo tres míseros segundos.

Dices que en tres segundo te enamoraste de mí pero yo llevaba tantos ya enamorado. Me enamoré de ti viéndote en esa andana día tras día, conectada a tu reproductor de música, leyendo un libro o escribiendo con el móvil. Me enamoré de ti hacía ya muchísimos segundos.

Un, dos, tres. Repítelo conmigo al compás de un viejo reloj de aguja. Uno, dos, tres. Así retumba el latido de nuestro corazón.


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Acerca de: Clover

Clover

Alma inquieta. Proyecto de creadora de mundos. Hada del país de la piruleta en mis tiempos libres. Analizo todas las series asiáticas que encuentro. Me gusta leer manga, jugar a MMORPG y aprender japonés.

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