Desconocidos: capítulo 31 – El desencuentro

Desconocidos

¡Bienvenidos a vuestro cuaderno digital! Creo que no es la primera vez que os digo que este rincón es más vuestro que mío porque, ¿qué sería de todos estos protagonistas  sin sus lectores? Sin nadie que saque el polvo a estas páginas (aunque solo sean digitales), sin nadie quien las lea y las haga cobrar vida (soy de las que cree en el poder de la mente y en que somos capaces de crear cosas maravillosos juntos), todo esto no sería nada más que “nada”. Así que gracias por darme tanto sin daros yo nada a cambio. ¡Sois los mejores!

Y regresando a los Desconocidos, hoy hablaremos sobre Álex, (¡cómo me gusta este rubio guaperas!), y es que el pobre va a encontrarse en el filo del desfiladero. Quizá este chico tan atrevido y con cierta tendencia hacia las emociones fuertes sufrirá un revés tan grande que lo obligará a saltar hacia la dirección contraria. Sin duda será un momento doloroso pero, ¿habrá algo más? Preparen sus palomitas porque el momento más incómodo para Álex ha llegado.

 P.d: Acordaros de participar en la votación de vuestro terrenis favorito de los Colores mágicos (puede ser más de uno o todos). Creo que sería divertido hacer un ranking de popularidad y quizá, la historia cambie con ello. ¡Besos!

¡Hasta el miércoles!


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Capítulo 31- El desencuentro

Una mala casualidad, una pesada broma del destino o en definitiva, ¡una gran mierda! Eso es lo que le ocurrió a Sofía mientras el teléfono se le caía al suelo. Porque Sofía no podía entender cómo se había podido meter en esta situación cuando hacía unos minutos había estado tan tranquila dirigiéndose hacia su casa. Álex acababa de aparecer como por arte de magia después de todos esos días de soledad y a pesar que ella estaba luchando con todas sus fuerzas para que desapareciera, él ya había empezado a acercarse a ella.

—Hola —la saludó Álex —.¿Cómo has estado?

—Bien —lo engañó mientras bajaba su vista al suelo. Sofía en ese momento solo era capaz de rezar para que se esfumara mientras se fijaba en el borde de las botas negras de Álex, esas botas que siempre lo habían acompañado durante sus paseos nocturnos en moto y que ella aún podía recordar con demasiada exactitud.

—Toma —y Álex le entregó su teléfono móvil del suelo.

Ella lo recogió rápidamente para no tener que tocarlo más mientras se fijaba, para su sorpresa, que el teléfono se encontraba intacto. Su móvil parecía no haberse roto a pesar del golpe y le pareció irónico que ella estuviera tan fracturada por dentro cuando ni había llegado a caerse al suelo.—.Quiero hablar contigo, Sofía —le dijo sin apartarse de ella.

—¿Ahora? —le preguntó mientras entraba en pánico. Ella no quería hablar con él, ¡ya no!

Aún podía recordar con amargura la desesperación de ese día en la playa para que Álex siguiera hablándole y para que se quedara a su lado. Pero él no lo había hecho, ¡nada de eso! Cuando Sofía solo había querido ayudarlo, cuando hubiera dado casi cualquier cosa para ayudarlo, él simplemente la había rechazado.

—Hay muchas cosas que necesito contarte.

—¿Qué cosas? Creía que ya me lo habías dicho todo.

—Yo también —y su respuesta algo temblorosa hizo que Sofía  levantar la vista y lo mirara por primera vez después de todas esas semanas de ausencia. Álex parecía cansado, su cabello rubio estaba algo más apagado, sus ojos azules se habían rato y su expresión era desencajada.

—No puedo hacerlo, lo siento —le dijo Sofía con la esperanza que él se apiadara de ella y la dejara marcharse. Pero en su lugar, Álex se quedó quieto y le cogió sus manos. Sofía no supo diferenciar si se trataba de su propio temblor o el de él pero en cualquier caso, ese par de manos entrelazadas tan torpemente no dejaban de moverse mientras se debatían sin mucho éxito en si seguir unidas o no.

—Por favor —le suplicó él de una forma que a Sofía le resulto muy dolorosa. Porque Álex se había colado de una forma desleal en su vida, fácilmente le había cazado el alma y se había atado a ella, y cuando ella había creído haberse transformado en una buena amiga para él, Álex la había expulsado de su lado y se había esfumado como un malvado mago.

—¿Por qué me haces esto?

—No lo sé, pero llevo días queriendo hacértelo. No puedo seguir en silencio.

—¿En silencio? Tú me dijiste que te dejara en paz.

—Pero el silencio es aterrador. He estado metido tanto tiempo dentro de mí mismo, que ya no sé estar en otro sitio. Desde pequeño he estado solo, mal viviendo entre las sombras y ahora…

—¡Eso ya lo sé! —le contestó ella enfadada porque estaba utilizando sus dolorosos momentos de su infancia para derretirla. A ella todo eso no le había importado un pimiento, de hecho, le hubiera gustado hablar en profundidad sobre ello, transformarse en su hombro en el que llorar, en el que gritar y enfadarse por lo injusta y cruel que había sido la vida con él—Me apartaste.

—¡Escúchame! —le exigió Álex—Eres la primera que quiero que me escuche, no soy ese Álex del pasado, soy otro.

—¿Y por qué debería permitírtelo ahora? —le insistió Sofía—¿Qué puedes ofrecerme?

—Lo mismo que siempre has tenido de mí —y ella se lo miró angustiada sin comprender sus ojos de cristal que no dejaban de brillarle y entonces, se dio cuenta que Álex se encontraba llorando—.Todo —le susurró en un llanto entrecortado—.Te doy todo de mí —y Álex abrazó a Sofía mientras ella no podía hacer otra cosa que quedarse quieta en medio de la calle abrazándolo.

Sofía y Álex enmudecieron en medio de esa avenida y a pocos metros de la guarida de Sofía mientras el resto del mundo parecía seguir con su aburrida o excepcional vida. Ese par de amigos, amantes o desconocidos, no dejaron de abrazarse mientras ninguno de ellos era capaz de entender al otro y por encima de todo, no llegaban a entenderse a sí mismos. Tanto el uno como el otro eran complejos, más imperfectos de lo que les gustaría ser pero con algo que les unía y que habían entendido demasiado tarde es que nada de eso servía cuando ese “algo más” escapaba de la lógica. Porque cuando el uno estaba con el otro eran verdaderamente felices, se reflejaban tontas sonrisas en sus rostros y el mundo parecía un poquito más amable. ¿Qué daño podría causar entonces que estuvieran juntos?

Adriana llevaba una hora “conociendo mejor” a Sergio mientras éste se la miraba con una sonrisa descarada en el rostro. Él la había llevado hasta el bar donde siempre acudían con su primo, el mismo donde se habían conocido y donde Noel les había montado un numerito cuando Paula había querido cortar con él.

—¿A esto te referías con conocerte mejor? —le preguntó Adriana bebiendo de su vaso de refresco—Es bastante ordinario para tratarse de ti —lo provocó.

—Podías haber pedido otra cosa si una Coca-cola te parece ordinaria.

—¡No lo digo por esto! —le contestó molesta—Llevamos aquí una hora y aun no entiendo qué esperas.

—Nada, solo quiero que estemos juntos.

—¿¡Juntos!? —se burló—Eres el ser más narcisista que conozco, tienes que querer algo.

—Sé que tengo muchísimos encantos, pero prefiero hablar de los tuyos —y ella puso los ojos en blanco y resopló. Era obvio que Sergio le estaba tomando el pelo a propósito. ¿Hasta cuándo seguiría con su jueguecito ese sinvergüenza?—¡Venga! No me mires así, tú también tienes tus cosas buenas.

—Claro, después de todo lo que ha ocurrido, ahora me sueltas esto y esperas que me lo trague —le contestó con sarcasmo.

—Nuestra relación es particular porque no somos corrientes.

—Pero esto es…

—¿Te consideras corriente? —y ella se calló mientras lo fulminaba con sus ojos azules. Adriana nunca se había sentido vulgar, quizá no era el ser más excepcional y único del planeta pero tampoco se consideraba simple—Ves, en el fondo no somos tan distintos. La única diferencia es que a mí no me asusta admitirlo.

—Tampoco creo que seamos tan parecidos. ¡Tú y yo no tenemos nada que ver! —y empezó a reírse por lo cómico que le resultó un mundo en el que él y ella tuvieran algo en común. Sergio era un hombre odioso, exigente, que se pasaba el día calculando, siempre vestido con uno de sus trajes estirados y conduciendo un coche carísimo en cambio para Adriana, todo aquello carecía de importancia. A ella no le importaba lo más mínimo la economía de una empresa, aborrecía los coches lujosos, trajes, corbatas y todo lo que Sergio idolatraba, y por encima de todo, adoraba la creatividad, el talento y la libertad.

—Quizá, pero los polos opuestos se atraen. Desde que me viste te sentiste atraída hacia el chico guapo amigo de tu primo.

—¡No te pases! Cuando te conocí pensé que eras un insoportable. ¡Ah no! Te equivocas, eso también lo pensé el día siguiente y el otro y el otro y…

—¿También cuando me besaste y cuando te acostaste conmigo?

—¡Cállate! No grites tanto, podrían oírnos —y Adriana miró alrededor del bar para asegurarse que nadie los hubiera escuchado.

—No me importa. En realidad nunca me ha importado lo que pensaran los demás, siempre me han aburrido los cotillas —y Sergio dejó las gafas de sol encima de la mesa y se acercó a ella—.¿A ti te importa? —le preguntó mirándola sin miedo.

—Eres un creído —le susurró ella con el mismo descaro mientras no podía apartar sus ojos de los de él. En ese momento los ojos de Sergio eran de un verde tan oscuro que parecían un par de hiedras salvajes.

—¿Te importa? —le insistió él dispuesto a conseguir lo que quería. ¡Claro que a Adriana no le importaba!, y por la expresión de satisfacción en el rostro de Sergio pareció que él acababa de recibir su silenciosa respuesta.

En ese momento Sergio se acercó a ella y la besó de nuevo. Otro beso más a su lista, un inesperado, caótico y absurdo beso entre dos personas condenadas a no entenderse jamás. Porque después de haberse pasado esa hora hablando y sin ser del todo capaces de comprender qué demonios eran, no dejaron de besarse en medio de ese bar siendo más reales y sinceros que nunca. Ambos eran temperamentales, explosivos y cabezotas, cada uno estaba acostumbrado a tirar de la cuerda desde su lado y quizá, solo quizá, siguieron besándose en esa mesa para recordarse que en realidad, ambos tiraban de la misma cuerda y hacia el mismo sentido.

—¡Chicos! —los llamó una voz familiar después de unos minutos, y Adriana se apartó avergonzada mientras se fijaba en que su primo Noel y Paula acababan de llegar—Veo que no os ha importado que llegáramos tarde —les dijo con una sonrisa mientras Adriana se ofuscaba más al darse cuenta que Sergio lo había sabido todo desde el principio y no se lo había explicado.

—¿Tú lo sabías? —se quejó Adriana cuando Paula se sentó a su lado.

—Creía que él te lo habría contado —y ella miró a Sergio mientras él le sonreía.

—Él me odia, nunca me contaría nada.

—Por la forma en que os hemos encontrado no parece que te odie —le aclaró su amiga.

—¡Eso es diferente! —le contestó, y por suerte, antes que Paula pudiera preguntarle “porqué era diferente” y que ella tuviera que inventarse alguna patética excusa, llegó el camarero con sus bebidas.

—¿Y ya habéis elegido? —les preguntó Noel.

—¿Elegido? —repitió Adriana que se encontraba completamente descolocada.

—La película, vamos a ir al cine, ¿no? —y Adriana miró a los tres sin pestañear.

—Esto es una cita doble —le aclaró Paula—¿Tampoco lo sabías?

—¿Cita? —preguntó casi atragantándose mientras Sergio no dejaba de reírse a pesar que se estaba cubriendo con su mano. Y fue su actitud tan ofensiva, chulesca y descarada lo que la irritó tanto que la hizo enrojecer de ira.

—¡No voy a ir a ninguna cita! —les gritó antes de levantarse. Y Adriana huyó a la velocidad de la luz a pesar que nunca había sido demasiado buena corredora. ¡Joder!, se lamentó abriendo la puerta del bar, ¡es un idiota!

—¡Adriana! —la llamó Sergio cazándola en la puerta. Porque el muy sinvergüenza seguía siendo condenadamente rápido con las piernas y ágil con sus reflejos—¡Espera!

—¡No me da la gana! Solo querías humillarme, ¡he sido una idiota!

—¿Humillarte? Te estás pasando, verte tan sorprendida me ha hecho gracia, pero de allí a humillarte.

—¡No me habías contado nada!

—¿Qué querías que te dijera? ¿A caso hubieras aceptado ir al cine conmigo?

—¡Sí! —le contestó ella con demasiada rapidez—Quiero decir, que si me hubieras dicho que íbamos con Paula y Noel hubiera aceptado.

—Lo entiendo —le dijo él—¿Podemos volver a empezar? Quizá estos polos opuestos necesitan sincronizarse mejor.

—Eres cabezota —le contestó ella mientras recordaba que eso mismo le había dicho su madre a ella multitud de veces.

—¿Entonces me permites empezar de nuevo?

—Una disculpa puede ser un punto desde el que partir.

—Gracias —le contestó—.Tú eres una valiente —le dijo abriéndole la puerta del bar para que regresara dentro.

—¿Valiente?

—Porque has decidido ser mi chica —le contestó cuando Adriana pasó por su lado —.Eso requiere coraje —pero Adriana no logró escuchar nada más, desde que había escuchado “mi chica” su pulso se había disparado y había sido incapaz de articular palabra. ¡Realmente le gusto!, le gritó la débil voz de su conciencia que cada vez se estaba haciendo más y más fuerte. ¡Le gusto!, le repitió esa chiquilla con fuerza mientras la obligaba a sonreír.

Paula se quedó intranquila en el asiento del bar mientras veía a Sergio ir detrás de Adriana antes que pudiera largarse.

—Estará bien —la tranquilizó Noel.

—¿Y si no lo está?

—¿Crees que no le gusta? —y ella se quedó callada. Claro que no creía eso, sería estúpida si negara a esas alturas la atracción que sentía Adriana por Sergio y viceversa pero a lo mejor, es que ella quería más y él no—No te preocupes —la sorprendió Noel apartando el vaso —.Si no quiere irse con él, nosotros la llevaremos a casa —y Paula le sonrió mientras Noel le sujetaba la mano.

—Gracias.

—¿Por qué me das ahora las gracias?

—Por ser mi fuerza —y Noel se rio nerviosamente por la respuesta de su novia mientras se pasaba una mano a través de su cabello castaño.

—Creo que te equivocas, aquí tú eres la fuerte —le dijo antes que Adriana y Sergio regresaran a la mesa—.Está bien, chicos —los saludó Noel de nuevo cuando se aseguró que todo estaba bien entre ellos—¿Qué película vamos a ver? —les insistió.

—Dame un minuto que las miro —le dijo Adriana sacando su teléfono móvil mientras su amiga Paula le preguntaba disimuladamente si se encontraba bien—Perfectamente —le aseguró ella con una sonrisa.

—Aquí están todas las sesiones —le susurró Sergio mientras le entregaba su teléfono móvil—.Elije la película que quieras ver.

—¿La que quiera? —y él asintió—¿Estás seguro?

—Segurísimo —le contestó Sergio—.Siempre estoy seguro de todas las decisiones que tomo —y algo en sus palabras volvió a hacer aflorar esa voz chillona de Adriana que cada vez era más grande y colosal. ¡Le gusto!, repitió con coquetería, ¡le gusto a Sergio!, y Adriana empezó a reírse como una loca.

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Acerca de: Clover

Alma inquieta. Proyecto de creadora de mundos. Hada del país de la piruleta en mis tiempos libres. Analizo todas las series asiáticas que encuentro. Me gusta leer manga, jugar a MMORPG y aprender japonés.

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