Desconocidos: capítulo 30 – Pequeños pedazos

Desconocidos

¡Buenos días soñadores! Hoy me he despertado con un olfato selectivo (así de raruna soy yo :S) y es que ya empiezo a oler el “final”. Después de todo nuestro recorrido juntas, os puedo asegurar que es un olor muy peculiar del que nunca terminas de acostumbrarte. Es una mezcla entre el amor más irracional y el odio más absoluto (adoro cuando llega porque es el punto final de la historia pero también sé que al día siguiente, no podré regresar a ella). Y quizá por eso, porque me siento tan nostálgica y sentimental, he titulado este capítulo como “Pequeños pedazos”, porque muchos pequeños pedazos pueden formar algo descomunal. Así que mi mensaje del día (creo que hacía mil que no os lo daba), es que si no podéis con todo de golpe, pasito a pasito también se puede conseguir (¡con calma!).

¡Abrazos cargados de mimos! ¿Vendréis a visitarme este domingo? Yo prometo publicar “La pelota está en tu tejado” :D.


DESCONOCIDOS

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Capítulo 30- Pequeños pedazos.

Un niño pequeño se encontraba metido en su cama mientras intentaba dormirse, pero a ese niño de ojos azules le estaba costando un mundo poder cerrar los ojos, porque cada vez que lo hacía las imágenes horribles de su propio padre levantándole la mano a su madre, lo resquebrajaban por dentro.

Y es que ese niño a sus pocos años de edad había visto tanto dolor, maldad y violencia dentro de su hogar, que ya nada le quedaba en el mundo que pudiese parecerle mágico o bueno. Para él solo existía miedo y pánico, de hecho había vivido tantos años encerrado en su cámara hermética, que todo a su alrededor se había desmembrado y ya nada le parecía real. Así pues, en el pequeño cuerpecito de ese niño de ojos azules solo había hueco para el temor, para esa clase de sentimiento que te destroza por dentro y te parte en mil pequeños pedazos.

Adriana se levantó de su cama y sonrió distraídamente antes de tocarse los labios con su mano. Entonces su cerebro pareció ponerse en funcionamiento y empezó a preocuparse por toda la montaña rusa que le había sucedido el día anterior. Por un lado acababa de quedarse literalmente de patitas en la calle, aunque técnicamente había sido ella la que se había largado, no podía dejar de pensar que esa era la decisión más estúpida y a la vez inteligente que había tomado nunca. Ahora se había quedado oficialmente sin esos ingresos extras hasta saber cuando, pero al menos había logrado conservar algo de dignidad, que si bien no le daría ni un maldito euro, sentía como un triunfo. Pero lo verdaderamente importante del día anterior no había sido el altercado con su jefe ni el “numerito” que había montado en la cafetería cuando se había largado, sino “eso” que aún le costaba procesar y que le parecía imposible. Nada más y nada menos que el mismísimo Sergio se había sincerado con ella y le había terminado confesando que, ¡le gustaba! Esas parecían unas palabras impronunciables por ese tipo de hombre, unas letras que parecían no estar echar para que las utilizara Sergio y menos por la forma en que se lo había soltado. ¡Imposible!, se dijo levantándose de un salto de la cama y a ella, le pareció la habitación un poco más alegre de lo normal.

—¿Qué haré? —se preguntó mirándose en el espejo de su tocador, porque seguramente estar con Sergio no era ni por asomo fácil, ¡debe ser desastrosamente complejo! Y entonces Adriana no supo si sentirse inmensamente feliz o preocupada, por la cruz que acababa de caerle encima.

Noel acababa de aparcar su coche en la esquina de la casa de Paula y antes que pudiera llamarla para que bajara, ella lo sorprendió abriendo la puerta de su coche.

—¡Hola! —le dijo entrando.

—Justo iba a llamarte —y guardó su móvil en el salpicadero del coche mientras se fijaba en lo guapa que estaba hoy su novia. Se había puesto un elegante y seductor vestido de color salmón y se había peinado su larga melena castaña con unas graciosas ondas—.¿Vamos a celebrar algo?

—Después he quedado con unos amigos de la universidad.

—Creía que dormirías en mi casa.

—Bueno… —y Paula bajó la vista avergonzada como siempre hacía cuando se ponía nerviosa.

—Veo que vas a abandonarme por unos chiquillos.

—Esos “chiquillos” como tú los llamas tienen mi edad.

—¿Así que vendrán chicos también?

—Vendrán —le contestó Paula sonriéndole.

—¿Cuántos?

—Unos cuantos, me temo.

—¿Y no podemos precisar un poco? —le preguntó algo irritado porque estaba claro que Paula se había esforzado a conciencia para estar esta noche guapísima.

—No importa.

—Sí que importa —y como ella no le dijo nada más, tuvo que confesárselo—.Estoy celoso —murmuró mientras seguía conduciendo hacia el restaurante.

—¿Tú? —se burló ella que se estaba tomando la conversación a broma—¡Deja de tomarme el pelo!

—Te lo digo en serio —y Noel apretó el volante porque se estaba sintiendo estúpidamente nervioso e inseguro mientras esperaba la respuesta de Paula.

—Pero si eres perfecto.

—No lo soy —le dijo con tanta seriedad que Paula comprendió que se lo estaba diciendo muy en serio. ¿Cuán ciego podría llegar a estar él?, desde que Paula lo había conocido siendo una introvertida niña, Noel había sido en todos los aspectos deslumbrante. No recordaba ni una sola persona que se hubiera mostrado indiferente a él; guapo, atractivo y carismático, un pequeño canalla que cuando lo conocías daban más ganas de abrazar que de reñir.

—Hoy estás muy raro —le contestó algo preocupada porque parecía bastante desanimado.

—Un día te darás cuenta del tipo de hombre que soy. Yo no… —pero antes que pudiera seguir con su discurso autodestructivo Paula lo frenó.

—Sé exactamente el tipo de persona que eres. Tú eres el Noel que con diez años nos acusó a Adriana y a mí de haber metido ese pañuelo rojo en medio de la ropa blanca, tú eres el Noel que pillaron fumando en el colegio y culpó a su amigo, sé también que eres el Noel que me ayudó cuando me quedé encerrada en el baño de tu casa y el que siempre nos ha protegido tanto a Adriana como a mí, como si fueras nuestro hermano mayor.

—Vaya, te acuerdas de todo.

—¿Qué esperabas? Llevo muchos años espiándote.

—¿Tanto llevas enamorado de mí? —le preguntó en una media sonrisa que le indicó a Paula que ya se había animado un poco.

—¡No seas creído! —y entonces Paula suspiró—.Yo no voy a fallarte nunca.

—Gracias —le contestó Noel no muy convencido, porque en el fondo sospechaba que cuando a Paula se le cayera la venda de los ojos y descubriera realmente el tipo tan lamentable de hombre que era, lo dejaría. Todos lo hacen, pensó con dureza, porque todos lo abandonaban cuando se daban cuenta del tipo de ser patético que era.

Un chico vestido con su cazadora motera se encontraba delante del portal de Sofía y lo contemplaba con miedo. Parecía como si ese portal lo fuera a llevar al mismísimo infierno o algo peor. ¿Quién sabe?, porque solo había una cosa que a Álex lo asustaba verdaderamente, y eran los sentimientos nobles. Sofía no podía quererlo a esas alturas, él era un ser demasiado triste y atormentado por eso, en el último momento no tuvo el valor suficiente para llamar a su casa y abandonó ese lugar.

¿Ese de allí no es Álex?, se preguntó Adriana mientras se acercaba a la casa de su amiga para ver cómo se encontraba Sofía, pero no pudo llegar a verle el rostro porque ese chico acababa de girar la esquina. Entonces un coche deportivo demasiado llamativo para su gusto apareció por la avenida y frenó en seco a su lado.

—¡Sube! —le gritó su propietario con la ventanilla bajada, y a pesar que no pudo verle el rostro ella lo conocía demasiado bien.

—Ahora no puedo, voy a ver a Sofía —le dijo acercándose al coche.

—No me lo hagas repetir dos veces —le contestó Sergio con las gafas de sol puestas, y ella solo deseó en ese momento subirse a ese automóvil para darle una buena patada al ego de ese creído sinvergüenza.

—¿Estás sordo? —le preguntó con sarcasmo—Me largo —y Adriana se fue hacia el portal de su amiga para llamarla.

Si bien Paula le había contado que Sofía se encontraba mejor, ella no estaba del todo segura que estuviera recuperada del todo. Por eso había decidido visitarla inesperadamente y darle una agradable sorpresa para ver si conseguía que de una vez por todas, Sofía fuera la de siempre.

Adriana llamó al timbre de la casa de Sofía con fuerza pero nadie le contestó, intentó llamarla otra ver al timbre y una última a su teléfono pero obtuvo la misma silenciosa respuesta. Parecía que nadie se encontraba allí dentro y que Sofía estuviera realmente ocupada.

—¿Ahora vas a subirte al coche? —le preguntó el origen de su incipiente dolor de cabeza que se había bajado de su detestable deportivo y la había seguido hasta el portal.

—¡Lárgate! —le gritó molesta, y entonces Sergio se colocó a su lado.

—Si prefieres dar un paseo, que así sea.

—Yo no te he dicho nada de eso —le contestó Adriana mientras bajaba la calle con paso rápido para regresar a su casa.

—Como ahora no tienes nada mejor que hacer, creo que podríamos aprovechar el tiempo. Yo soy un hombre muy ocupado y esta parece una muy buena oportunidad.

—¿Oportunidad para qué? —y Sergio se acercó a ella para susurrárselo.

—Conocernos mejor —y se lo dijo de la misma forma en que se le había confesado lo cual, la hizo enrojecer por completo y él aprovechó para tomarle ventaja—.Vamos —murmuró mientras la agarraba por la mano y se la llevaba al coche con una gran sonrisa triunfal en el rostro.

Álex se sentía a punto de estallar, su pulso no dejaba de palpitarle nervioso y la cabeza le daba mil vuelta. Parecía como si estuviera metido dentro de una maldita centrifugadora y todo, por un pánico irracional por hablar con Sofía. En realidad, había estado a punto de hacerlo, ¡casi!, pero en el último instante, una vocecita aguda y algo infantil en su conciencia, lo había echado para atrás. Quizá es lo mejor, pensó con resignación, porque si ya había decidido alejarse de ella no solucionaría nada irrumpiendo de repente en su vida.

Por eso, Álex empezó a equiparse sus guantes para largarse con su moto, pero nada más levantar su rostro para montarse en su moto, se encontró de bruces con Sofía que acababa de caérsele el móvil al suelo.

¡Joder!, pensó Sofía nada más cruzarse con Álex, justo acababa de ver la perdidas de Adriana y había empezado a marcar su número cuando ese chico de ojos azules había captado toda su atención. En ese momento Álex la observaba con pánico, como si ella fuese una especie de fantasma, y bien podría serlo porque se había pasado unas semanas encerrada en casa llorando como una loca y estaba segura que lucía horrible.

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Acerca de: Clover

Alma inquieta. Proyecto de creadora de mundos. Hada del país de la piruleta en mis tiempos libres. Analizo todas las series asiáticas que encuentro. Me gusta leer manga, jugar a MMORPG y aprender japonés.

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