Desconocidos: capítulo 3 – Un mar embravecido

¡Hello! Hoy os traigo un pedacito más de la historia entre Paula y Noel (me encanta el primito buenorro de Adri, es tan condenadamente irresistible :P). Siempre que empiezo una nueva historia me pongo muy ansiosa porque sé que tengo que ir publicándola despacio y a su ritmo. Me encantaría poder publicarla en un mega-post cuanto más largo mejor, pero hay que ser realista y ni mi cabecita ni mi tiempo me dan para tanto ¡ojalá! Presiento que tantos personajes darán para bastantes capítulos (el otro día estuve haciendo el esquema de la trama y me asusté un poco, par qué negarlo -_-). Pero supongo que en el fondo eso es lo más divertido de todo, y mi yo malvado y frustrado, podrá corretear a sus anchas. Millones de gracias por leerme y usar vuestro valiosísimo tiempo en mi pequeño rincón. ¡Abrazos fresquitos para [email protected]!


DESCONOCIDOS

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Capítulo- 3: Un mar embravecido. 

A Paula se le borró la sonrisa del rostro nada más despedirse de Adriana y acercarse al BMW de Noel. En ese momento estaba muy asustada por la absurda apuesta que se había atrevido a aceptar de la mano del mejor jugador de todos. Para su desgracia, la situación no había hecho nada más que empeorar porque ahora tendría que estar encerrada con él y estaba segura que Noel aprovecharía la situación para tomar algo de ventaja.

—Creo que a mi prima le gusta Sergio —murmuró más para sí mismo que para Paula.

—¡Qué dices! Si quería matarte cuando le has dicho que se fuera con él.

—Por eso, él ha despertado una furia en Adri que nunca antes le había visto.

—Creo que no lo soporta y punto —a Paula en un principio le había parecido que Sergio era un hombre atractivo, si bien era callado y reservado, poseía cierto magnetismo que resultaba inútil negar. Pero lo que también tenía claro es que Adriana era una chica realista en los temas amorosos y por más guapo y atractivo que fuera, necesitaba algo más profundo para terminar con alguien. Quizá, si la chica en cuestión fuera Sofía podría aceptarlo, pero en el caso de Adri estaba claro que no soportaba el carácter de Sergio y que jamás podrían entenderse.

—Y yo creo que la pasión siempre tiene dos caras.

—No te capto.

—El que más te cabrea es porqué te despierta algo.

—No todas las relaciones son así de retorcidas.

—¿A no? —le preguntó Noel con una sonrisa—Bueno, yo no me refería exactamente a una relación.

—Claro —resopló ella, se refería a…—. Tú hablas de sexo.

—¡Bingo!

—En ese caso supongo que cualquier cosa está permitida.

—¿Cualquiera? Tengo la sensación que acabamos de meternos en un tema mucho más interesante.

—Tampoco te emociones tanto. Quiero decir que cualquier cosa está bien siempre que ambas partes lo consientan.

—Uhm… me parece una postura muy razonable y madura. Dime, ¿cuál es exactamente tu límite? —Paula desvió la vista hacia la carretera para tranquilizarse un poco. Hablar sobre esos temas tan íntimos con Noel la hacía sentir muy incómoda.

—No lo sé —le contestó abochornada e intentando fundirse en el asiento—.¿Y el tuyo?

—¿Necesita existir un límite forzosamente?

—¡Hombres! Me estás tomando el pelo —y él empezó a reírse a carcajadas mientras conducía hacia la casa de Paula.

—Supongo que mi límite es lo ilegal —y ella no pudo evitar suspirar y poner los ojos en blanco. —.Te he visto refunfuñar, señorita.

—¡Ja! ¿Siempre eres tan narcisista?

—Solo con las chicas guapas sabelotodo —pero Paula no se amedrentó ante su piropo y se recordó mentalmente que no debía hacerse ilusiones por un Noel demasiado acostumbrado a cazar mujeres.

—Conmigo eso no funcionará.

—¿Quieres que te muestre mis conocimientos sobre economía?

—Quizá así puedas engatusar a tus compañeras de trabajo pero…

—¡Lo capto! La próxima vez me leeré algunos libros sobre historia clásica.

—¡Guau! Eso sí que me dejaría sin palabras. No dudes que si los entiendes caeré a tus pies.

—Deja de burlarte de un humilde trabajador de oficina, solicito una tregua —y ambos empezaron a reírse a carcajadas.

Siempre había sido así de sencillo hablar con Noel, él conseguía conversar con cualquiera y Paula, por muy tímida y sonrojada que estuviera a su lado, siempre terminaba riéndose por alguno de sus comentarios bromistas.

—Bueno, señorita con “límites no lo sé”, creo que hemos llegado a su casa. ¿Quedamos mañana por la noche? —y su pregunta la tomó un poco por sorpresa. Esa era la primera vez que la invitaba directamente a ella y no lo hacía mediante su prima.

—¿Y a qué se debe su repentina invitación, señor con “límites legales”?

—Porque creo que tenemos una apuesta en juego y debes demostrarme lo divertida que eres.

Paula se asustó un poco al recordar la apuesta. Ahora lo entendía todo, el repentino interés de Noel residía precisamente en ella, no porqué de repente se hubiera levantado de la cama notando a Paula, sino por la maldita apuesta y el juego. Noel también había sido siempre así, un buen chico sin una oscura maldad, pero demasiado despegado a todos. Un hombre veleta que cambiaba de rumbo en cuestión de segundos aunque con ello pudiera llevarse por delante miles de corazones rotos. Y esta vez, por un motivo retorcido y ajeno a Paula, Noel había centrado su rumbo precisamente en ella. Por eso, como no tenía nada más que perder porque nunca antes había captado su atención, decidió dejarse llevar un poco y descubrir hasta qué punto podría mantener amarrado a su lado a ese carismático hombre.

—Muy bien, una apuesta es una apuesta —le contestó Paula con una seguridad fingida.

—Te pasaré a recoger a las diez para ir a cenar y después te someteré a las pruebas.

—¿Qué pruebas? —le preguntó alarmada. Seguramente Paula a su lado sería incapaz de aprobar nada y menos cuando se trataba de pruebas nocturnas.

—¿No te estarás acobardando? —le preguntó él mirándola fijamente con sus oscuros ojos rasgados que la habían enamorado años atrás nada más verlos.

—A mi tampoco me gusta perder. Nos vemos mañana —le contestó ella antes de cerrar la puerta del coche con un portazo y huir muerta de la vergüenza.

A las diez en punto del sábado, como si se tratase de un reloj suizo, Noel la pasó a recoger en su coche. Para esa ocasión especial y única Paula se había arreglado con esmero, se había enfundado en un sofisticado vestido negro con unos adornos dorados y se había subido en unos tacones altos para disimular su baja estatura. Llevaba su corta melena castaña hasta los hombros suelta y moldeada con un poco de espuma, y se había maquillado sutilmente en tonos tierra para potenciar sus extraños ojos dorados.

—Estás guapísima —la saludó Noel nada más entrar en el coche, pero ella no se emocionó demasiado porque sospechaba que esa frase era más bien prefabricada y que estaba bastante acostumbrado a soltársela a todas.

—¿Y a dónde vamos a ir? —le preguntó Paula sin poder apartar la vista del conductor. Desde que había entrado en su coche no había podido apartar los ojos de él, lo primero que había atrapado a Paula había sido esa fragancia que usaba para salir de fiesta, era muy intensa y varonil, pero en él parecía amoldársele a la perfección.

A ella tampoco le había pasado desapercibido que esa noche estaba más irresistible que de costumbre, se había vestido con una informal pero elegante camisa oscura y unos pantalones claros. Normalmente él siempre vestía con traje por su trabajo, pero sin su corbata y con los primeros botones de la camisa sin abrochar se le veía aún más atractivo. Además, llevaba su corto y espeso cabello castaño mojado o con algún tipo de gel que le ofrecía ese aspecto, y Paula no tuvo más remedio que admitir que Noel era un hombre guapísimo y que le costaría un mundo conseguirlo.

—Al paraíso, Paula. Voy a llevarte a un lugar único —le contestó acelerando el coche.

Y allí es precisamente donde los dos estuvieron cenando, en un restaurante llamado Paraíso donde cada plato que les traían era sorprendentemente mejor que el anterior. Los dos no dejaron de devorar manjares riquísimos a la vez que tomaban un vino excelente y hablaban sobre cualquier tema. A esas alturas de la noche Paula se encontraba completamente mareada, muerta de calor por culpa del vino que se le había subido a la cabeza y con unas ganas incontrolables de hablar. Encima, habían terminado aceptando unos chupitos que les había ofrecido amablemente el camarero y sin saber muy bien cómo, habían pedido un par de cócteles más, que aunque habían sido deliciosos, empezaban a pasarles factura a ambos.

—¡Qué calor que hace! —le dijo Paula abanicándose con la servilleta.

—Creo que deberíamos irnos si no quieres nada más.

—¿Más? Si pego otro bocado o bebo algo más te juro que voy a explotar.

—Entonces es un buen momento para retirarnos —le dijo Noel levantándose de la mesa—.Puff…creo que he bebido demasiado, Paula —y en realidad parecía haberlo hecho porque era incapaz de mantenerse recto.

—¡Eres un flojo! —lo acusó ella con una risa incontrolada mientras intentaba ponerse en pie. Pero Paula se levantó demasiado rápido y justo en ese momento se le escapó un zapato mal ajustado. Su precioso zapato negro salió disparado como una flecha por el suelo del restaurante—¡Mi zapato! —gritó ella como si se tratase de un gran tesoro, y todos los clientes se giraron alarmados por sus gritos.

—¿Tú zapato?—le preguntó Noel que parecía inmune a todas las miradas y luchaba sin éxito para mantenerse ergido.

—Se ha ido —le explicó Paula haciendo un puchero como una niña pequeña. Pero Noel no le contestó y se limitó a abrirse un botón de su camisa para que le diera el aire.

—¡Tiene tú zapato! —exclamó él repentinamente mientras contemplaba al camarero acercarse con el tesoro de Paula entre sus manos.

—Es ese —suspiró ella dejándose caer en la silla de nuevo para colocárselo.

Cuando por fin ambos lograron levantarse sin incidentes, Noel pudo recordar su código para pagar con su tarjeta y pusieron un pie en la calle, suspiraron. Paula en ese momento se sentía hervir, como si todo su cuerpo estuviera metido literalmente en brasas aunque en el exterior al menos parecía correr algo más de fresco y el ambiente no estaba demasiado cargado.

—Ven por aquí —le dijo Noel mientras le agarraba la mano para llevársela.

—¡Espera, no corras! —intentó advertirle, pero él parecía haber cogido impulso con el aire fresco y empezó a tirar de Paula a través del paseo marítimo.

En ese momento Paula se sentía literalmente flotar, la mano de Noel estaba caliente y húmeda por el sudor, pero la sujetaba con firmeza y convicción. Ella en esa situación no podía hacer otra cosa que seguir a su encantador hombre con su sonrisa maravillosa. Esa noche Paula estaba dispuesta a seguirlo hasta al fin del mundo si fuera necesario, entre calderos de lava u océanos árticos. Nada más le importaba en esa noche hirviente y única, solo que no se terminara nunca para poder seguirlo para siempre.

—¡Mis zapatos! —gritó Paula al darse cuenta que corría descalza, pero él pareció no escucharla y siguió tirando de ella—¡Noel!

—¿Qué ocurre?

—Mira —y ella le hizo señales para que contemplara sus pies desnudos.

—Eres un desastre, señorita —le contestó afectuosamente mientras él se perdía en el paseo para recuperarlos.

Paula se quedó sola en medio del paseo marítimo iluminado por unas débiles farolas. A esas horas de la noche era incapaz de ver el mar enfrente de ella aunque era plenamente consciente que se encontraba a pocos metros de allí. De vez en cuando escuchaba las finas olas romper en la orilla mientras algunos grupos esporádicos de transeúntes cruzaban el paseo en búsqueda de diversión.

—¡Tus zapatos! —escuchó que alguien alto y delgado le gritaba desde la otra punta del paseo. Pero ella, aunque no pudiera verlo y apenas escucharlo, estaba segurísima que se trataba de Noel. Siempre había sido así en el fantasioso mundo de Paula, un mundo donde él era el único protagonista—.Aquí están sus zapatos, cenicienta —y Noel se arrodilló ante ella para colocarle sus tacones. Paula se apoyó en sus hombros para no perder el equilibrio mientras le colocaba sus tacones con delicadeza. Una vez terminó de ponerle el último, Paula se sorprendió al notar los finos y largos dedos de Noel acariciarle el tobillo—.No deberías andar descalza —le reprochó mientras le acariciaba sus delgadas y desnudas piernas.

—Lo siento —se disculpó ella deseando que siguiera con sus caricias, pero su príncipe se levantó de repente y se quedó pegado a ella.

—¿Te atreves? —le preguntó sujetándola por las caderas.

—¿Atreverme? —le preguntó sintiendo su corazón vibrar a través de todo su cuerpo. El calor que emanaba Noel la estaba derritiendo como la cera y esa maldita fragancia masculina suya la estaba matando.

—La playa —le contestó él desabrochándose la camisa.

Paula no fue consciente de lo que él le estaba proponiendo hasta que se lo encontró con el torso desnudo y corriendo hacia la arena. Ella deseó poder seguir espiando a su adonis medio desnudo un poco más, pero su vista no logró alcanzarlo y se perdió en medio de la oscuridad. Paula se sacó sus tacones para ir a su encuentro y clavó sus pies en la cálida arena. En ese momento a ella le pareció escuchar el chapoteo del agua y se dio cuenta que Noel acababa de entrar en el mar.

Paula se encontró con la camisa oscura de Noel tirada en la arena y empezó a seguir su sendero de ropa. Después halló uno de sus zapatos marrones y unos metros más alejado, encontró el otro con un calcetín al lado. Ella sonrió tontamente por ese juego infantil y pisó sin querer su cinturón marrón. A medida que se estaba acercando a la orilla notaba la arena más fría y húmeda, y se encontró finalmente con sus pantalones medio mojados. Ella se los miró dubitativa y sonrió, en ese momento no le importaba absolutamente nada, estaba tan cansada, mareada y borracha, que estaba segura que esa oportunidad solo se le ofrecería una vez en su vida. Por eso se desabrochó rápidamente su fino vestido negro para dejarlo caer al lado de su camisa y salió disparada hacia el agua.

—¡Está helada! —gritó sorprendida porque se esperaba que el agua estuviera algo más caliente. Aunque Paula aún se sentía sofocada por la comida y el vino, esa agua ¡parecía hielo!

—Shhh…silencio o podrían oírnos —le susurró roncamente Noel.

—¿Dónde estás? —le preguntó metiéndose por completo en el agua mientras aguantaba sus ganas de gritar. Paula extendió sus brazos para intentar buscarlo a tientas pero no lo encontró.

—Aquí —le susurró Noel en su oreja mientras la agarraba sorpresivamente por la cintura.

—¡Noel! —fue lo único que ella logró exclamar antes que éste se le lanzara como un tiburón hacia sus labios.

El primer beso de su amor platónico a Paula le supo a sal, sus labios eran exigentes y apasionados, y se notaba perfectamente que era un experto en besar. A ella en un principio la tomó tan desprevenida ese beso que se quedó estática como el tronco de un árbol y se limitó a saborear sus labios que le resultaron ajenos. Y aunque Paula sabía que en realidad no era la dueña y señora de ellos, por una noche deseó dejarse engañar por su caprichosa imaginación. Paula lo agarró por el cuello mientras se besaban para no perderlo entre las finas olas y él la sujetó aún más fuerte por la cintura mientras le acariciaba la espalda.

—¿Tienes frío? —le preguntó él mientras intentaba desabrocharle el sujetador. Ella en ese momento sentía de todo menos frío, se encontraba literalmente suspendida en una nube de fantasía donde Noel, el hombre de sus sueños, la trataba como a una reina.

—¡No! —exclamó al darse cuenta que él le quería subir el sujetador—.Podrían vernos.

—Tranquila, rodéame con tus piernas —pero ella no lo hizo y deseó estar en la orilla y con ropa. Aquello iba demasiado rápido para su ritmo, y aunque Paula había decidido dejarse llevar, no estaba preparada mentalmente para ello—.Aquí no nos van a ver —y cada palabra que pronunció Noel contra su cuello le hizo cosquillas.

Él empezó a mordisquearle el cuello, y de allí bajó a su clavícula hasta que la agarró firmemente por los glúteos y se la acercó. Como Paula era una mujer menuda y se encontraban en el agua, a él no le costó en absoluto controlar su cuerpo. Ella se agarró a él insegura mientras los hombros de Noel se tensaban para sujetarla en esa posición. Ambos se encontraban tan cerca y pegados que Paula notó su piel caliente, mojada y tensa.

Paula lo había visto inumerables veces en bañador, pero poder tocar su piel con la suya propia le supo a gloria. Noel empezó a acariciarle los pechos con mucha delicadeza mientras el agua a su alrededor los acunaba. Para ella eso le resultó el auténtico paraíso y poco a poco notó cómo su respiración entrecortada se entretejía con la de ese hombre.

—Noel —le susurró antes de lanzarse a sus labios para devorárselos y rodearlo con sus piernas tal como le había pedido.

¡Paula ya no lo aguantaba más! Y parecía que él se sentía exactamente igual, porque Noel la sujetó fuertemente para ajustársela como si fuera un cinturón. Él volvió a besarla con esos labios que ella había deseado desde siempre y su príncipe no dejó de perderse en los pechos y vientre de Paula mientras ella no podía dejar de acariciar sus brazos, torso y rostro. Paula en ese momento se sentía frenética, y la desesperación entre ambos llegó a tal punto que se hizo insostenible.

—No puedo más, Paula —le dijo Noel en un ronco susurro, y aunque la había llamado infinidad de veces por su nombre desde que se habían conocido, a ella le pareció que esa era la primera vez que la llamaba realmente a ella. A ella le ocurría lo mismo, ya no podía seguir así, no cuando había probado un poco de ese hombre maravilloso y tenía tanta sed de él.

Noel paseó su mano por el vientre de Paula y la bajó hasta perderse en el agua. Ella en ese momento se sentía absolutamente rendida ante él y tan expuesta, que no fue plenamente consciente de lo que él le estaba haciendo hasta que lo notó empujar. Paula jadeó por su intensidad y después sollozó un poco de pura incredulidad, porque aquello no podía ser un sueño, ¡de ninguna manera! Sus sueños nunca iban tan lejos ni eran tan tremendamente buenos. Paula se acopló mejor a él mientras notaba la respiración irregular de Noel y desde ese momento dejaron de hablarse. De hecho, ninguno de los dos necesitó usar palabras pues sus cuerpos empezaron a comunicarse en un lenguaje mucho más potente e intenso.

Paula luchaba con todo su ser para mantenerse aferrada a él mientras intentaba mover rítmicamente sus cadera. Noel en cambio, la sujetaba fuertemente con sus brazos para no perderla y no dejaba de embestirla una vez tras otra. Para los dos el mundo dejó de existir a su alrededor y emprendieron esa pasional danza sin saber ni siquiera qué demonios estaba ocurriendo. Para Paula todo dejó de tener importancia y se recreó en la magnífica sensación de triunfo que la embargó al tener a su amor rendido ante ella. Él parecía ser tan experimentado en lo que le estaba haciendo, y aunque lo suyo en ese momento se podía resumir en sexo, sus gestos y esa forma que tenía de sujetarla la hicieron sentir querida.

En medio de ese frenesí desenfrenado en el mar, Paula lo agarró una última vez por la nuca y tiró con fuerza de su corto cabello mientras soltaba otro gemido de placer y Noel escondió su rostro abatido en el hombro de Paula mientras entraba por última vez en ella y se descargaba por completo entre jadeos.

Los dos se quedaron en esa posición durante unos segundos que les parecieron horas sin decirse nada. Paula podía notar a través de su propio cuerpo la respiración agitada de él y cómo su corazón martilleaba nervioso. Entonces lo abrazó y le acarició su suave y sedoso cabello mojado. En ese momento a ella le hubiera encantado decirle tantas cosas, pero se las guardó para sí misma al encontrarse con el sonriente rostro de Noel.

—¡Ostras, Paula! Tenías razón, eres la caña —y ella empezó a reírse—.Has pasado la prueba —y toda su alegría fingida se esfumó de un plumazo.

Toda esa nube de felicidad y fantasía desapareció y la devolvió a la cruda realidad. A esa donde Paula solo había sido un pasatiempo para Noel, un estimulante desafío o un enigma para destapar el cual, acababa de ser desvelado por completo.

—Creo que deberíamos irnos ya, estoy helada —le contestó Paula en medio del agua. En realidad deseaba irse para no echarse a llorar de un momento a otro por ese idiota que ¡estaba ciego!

Ella siempre había deseado tanto tenerlo para sí misma, y ahora que lo había tenido le parecía que había sido la mayor equivocación de toda su vida. Lo que había ocurrido en el mar había sido solo algo físico, la combinación perfecta de dos cuerpos desnudos, con la única diferencia que para Paula había sido algo más. Ser la parte que sentía ese “más” era una absoluta mierda, y ahora se sentía tan destrozada y asqueada consigo mismo que deseaba gritar muy fuerte.

Nunca tendría a Noel, no de la forma en que ella lo necesitaba, y aunque hubiera sido la caña acostarse juntos, ese hombre que estaba llamando a un taxi para llevarla a casa con una sonrisa preciosa y el cabello empapado por el agua salada, no estaba hecho para ella. ¡Qué injusta podía ser la vida! Noel la olvidaría esa misma noche con facilidad, pero Paula no lograría deshacerse  de sus sentimientos en toda su vida porque esa misma noche en el mar, la había llevado al paraíso.

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Acerca de: Clover

¡Bienvenida a mi mundo plagado de soñadoras! Llámame CLOVER, soy la autora de este cuaderno, una ovejita más del rebaño, #cloveradicta, escribo historias románticas sin parar, atípica por convicción y amante de la libertad por fanatismo. ¿Te unes al rebaño de las que soñamos despiertas? (¡Desde este lado el mundo es un poquito más bonito!).

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