Desconocidos: capítulo 29 – ¡Basta ya!

¡Basta ya!
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¡Muy buenos días a todos! ¿Estáis teniendo una semana estupenda? Si no es así, gritadle muy fuerte a esa “mala semana” que se largue y que venga otra con “mejor cara” (¡así de fácil!).

Después de ya no sé cuántos meses, sigo escribiendo sobre los Desconocidos y me parece de risa seguir llamándolos así: “Desconocidos” (¿Debería cambiarles el título a estas alturas 😛 ?). Supongo que en el fondo, todos somos un poco “desconocidos” para nosotros mismos (por mucho que pasen los años) y eso es lo más “especial” de las personas.

¡Muchísimas gracias por visitarme una semana más! Nos vemos este fin de semana por aquí, ¡besos!


DESCONOCIDOS

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Capítulo 29- ¡Basta ya!

Adriana y Paula se encontraban en casa de Sofía mientras intentaban animarla, y a pesar que ella les había jurado y perjurado que se encontraba perfectamente, por sus ojos hinchados y las lágrimas que acababan de empapar el edredón, era más que obvio que eso de “perfectamente” era un término subjetivo y ambiguo.

—Se ha largado —les repitió Sofía como si sus dos amigas estuvieran sordas y no lo hubieran entendido las treinta primeras veces.

—¡No puedes seguir así! —le contestó Paula harta de tantas lamentaciones.

—Tienes razón, es inútil llorar —la apoyó la rubia del grupo mientras apartaba un pequeño mechón rebelde de la frente de Sofía.

—¡Callaros! ¿Cómo no pude haberlo visto antes?

—Hombre, yo creo que lo viste, pero digamos que te fijaste en otras cosas —y ese comentario tan poco acertado por parte de Adriana, terminó por hundirla más.

—¡Era tan sexy! —se lamentó recordando su torso desnudo—.¡Demasiado! —porque fuera de todo pronóstico, lo suyo con Álex, había ido de lujo incluso los días en que no se había quitado la camiseta.

Sofía no sabía muy bien cómo definir eso de “lo suyo”, en más de una ocasión incluso ambos habían bromeado de lo atípico e inclasificable que era, pero a ninguno le había supuesto un problema hasta ahora. Porque ahora definitivamente era un problema colosal, como si una bomba acabase de estallar en toda la cara de Sofía y lo peor de todo es que había querido seguir conociendo esa bomba de ojos azules un poco más,  incluso aunque ya estuviera destrozada.

—No puedes seguir aquí tumbada, ¡levántate! —le ordenó Paula.

—¡No quiero!

—Sofía, no hagas esta situación más complicada.

—Quedándote aquí encerrada no vas a solucionar nada —le dijo Adriana mientras tiraba de ella para arrancarla de su cama.

—Ahora mismo vamos a salir de aquí para dar una vuelta y tomar algo —y Paula abrió el armario desordenado de su amiga.

—¡No me apetece! —les contestó Sofía como si fuera una niña pequeña.

—¡No me importa, Sofía! Toma la ropa —y le tiró unos tejanos y una blusa blanca—.¡Vístete! —le ordenó mientras ella empezaba a quitarse el pijama y hacía un puchero con la boca.

—¡Madre mía! —exclamó Adriana cuando se fijó en la hora que marcaba el reloj que descansaba en de la estantería de la habitación—Yo no puedo quedarme más, ¡tengo que irme a trabajar! —y esa rubia que acababa de pasar una noche bastante mala, cogió su bolso del escritorio, le dio un sonoro beso a Sofía que le supo a sal y salió disparada hacia su horrible trabajo.

Otro día más Adriana se encontraba metida en esa cafetería del demonio mientras se peleaba con su archienemiga llamada “cafetera”.

—¡Adriana, es para hoy! —le gritó el ogro de su jefe como de costumbre.

—Voy lo más rápido que puedo, señor —le dijo mientras él farfullaba algo sobre las limitadas capacidades mentales de ella.

—¡Vete a la mierda! —murmuró con rabia contenida Adriana mientras seguía preparando cafés como una autómata.

Después de la nochecita que había pasado durmiendo en casa de Sofía, lo último que le apetecía a ella era soportar a ese idiota maleducado. Ya no era solo por el trabajo mal pagado, por ese jefe abusivo e incompetente, sino que todo en su vida parecía ir de mal en peor y estaba…¡harta! Por eso, cuando vio por el rabillo del ojo que entraban Paula y Sofía a la cafetería se animó bastante y más, cuando se fijó en el rostro un poco más animado de esta última.

—¡Hola! —las saludó acercándose a su mesa—¿Qué queréis?

—Yo un zumo de naranja natural.

—¿Y tú, Sofía?

—Yo no quiero nada.

—Algo tendrás que tomar —le contestó Adriana mientras ya había visto a su jefe espiándola desde la barra con cara de amargado.

—Tráeme lo que quieras.

—Está bien —y Adriana se fue hacia la barra para prepararle ese “lo que quieras”. Pero esa camarera  de media jornada y mal pagada, no pudo llegar demasiado lejos porque ese idiota de su jefe, le cortó el paso en seco.

—¿Tus amigas no tienen otro sitio al que ir? —le preguntó de manera grosera.

—¿Perdona?

—Ellas dos —le insistió señalando la mesa donde Paula y Sofía se encontraban sentadas.

—Son clientas —le contestó mientras encendía la exprimidora de zumo.

—Deberías decirle a tus amigas que no se paseen tanto por aquí.

—¿Por qué? —le preguntó Adriana apretando tanto el vaso del zumo que a punto estuvo de romperlo.

—Da mala imagen.

—¿Mala imagen? —y sujeto el vaso medio lleno de zumo de naranja recién exprimido y se lo miró—¿Sabe qué? ¡Es usted el que da mala imagen cerdo asqueroso! —y entonces, le tiró el vaso de zumo con tanta fuerza, que terminó dándole un buen golpe en la cabeza y derramó todo el jugo en el suelo.

—¿¡ESTÁS LOCA!? —le gritó su jefe alterado mientras se cubría la parte de la cabeza donde le había dado el golpe.

—¡Lo estaba! ¡Porque no entiendo cómo pude haber aguantado tanto tiempo en esta mierda de trabajo con un jefe tan idiota!

—¿Cómo puedes…? —y mientras él se iba poniendo rojo por la indignación e ira, fue incapaz de terminar la frase porque se atragantó por su propia bilis—.Sabes que estás…

—¿¡Despedida!? ¡Me importa un pimiento! No lo soporto, para mí puedes meterse este trabajo por donde te quepa —y entonces, Adriana le lanzó su devantal granate, cogió su bolso del almacén y salió de detrás de la barra mientras su jefe se la miraba sin articular palabra. Porque ese cerdo siempre había sido un cobarde manipulador, incapaz de llevar las riendas de nada por eso, siempre trataba de esa forma inhumana a sus empleados los cuales, solo aguantaban metidos allí dentro por pura necesidad económica.

—¡Dejo esta mierda, no puedo más! —les informó a sus amigas saliendo como una bala de la cafetería y automáticamente ellas se levantaron asustadas.

—¡Por fin! —se alegró Sofía mientras cogía su cazadora y bolso para ir tras ella pero entonces, un hombre vestido con un traje gris que justo acababa de entrar en la cafetería detuvo a Paula y Sofía.

—Iré yo a hablar con ella —les informó Sergio con el rostro serio mientras tomaba la misma dirección que Adriana. Paula y Sofía se quedaron unos segundos en silencio sin saber qué hacer y entonces, la más reserva del grupo habló.

—Sergio se preocupa por ella —sentenció Paula con ojo crítico.

—De una manera retorcida, pero lo hace —y Sofía sonrió—.Adri me asombra, ¿cómo ha conseguido hechizar a semejante hombre? ¿Has visto cómo ha salido tras ella? No puedo creerme que ese sea el mismo Sergio que conocimos la primera vez.

—Creo que ni ella misma lo sabe —porque Paula sospechaba que a Adriana le había ocurrido exactamente lo mismo que a ella.

En realidad, Paula tampoco sabría decir en qué momento exacto había conseguido a Noel, a ese chico que siempre había espiado desde pequeña y que había terminado convirtiéndose en su mundo. Así que Paula sospechaba que a Adriana y Sergio les había ocurrido algo parecido, habían conectado de una manera imposible e inesperada y para sorpresa de todos, esa agua y aceite destinados a no entenderse, habían resultado ser compatibles.

—Por cierto, ¿tú no has quedado con Noel hoy?

—Aún es temprano —le contestó Paula mirando el reloj de su muñeca.—Ahora está trabajando. ¿Vamos a otro sitio a tomar algo?

—Vale —le contestó Sofía—.A ver si tengo un poco de vuestra suerte y me cruzo con mi príncipe pronto.

—¡Bobadas! Tú podrías ser la princesa para cualquier hombre —pero Sofía en ese momento espió a una pareja mayor que justo pasaban por su lado y solo pudo pensar en que deseaba ser exclusivamente la princesa de Álex, nada más.

Sergio persiguió a Adriana a través del centro comercial como si fueran un par de chiquillos jugando al pilla pilla mientras en lo único que podía pensar era en detenerla.

—¡Adriana! —la llamó cuando casi pudo tocar su espalda con la mano.

—¿Sergio? —se sorprendió ella frenando en seco—¿Qué haces tú aquí?

—Perseguirte. Corres muy rápido cuando te lo propones.

—No estoy de humor para tus estúpidas bromas —le contestó con la respiración agitada por culpa de su estado de ánimo.

—¿Has dejado el trabajo?

—¡Todo me sale mal! —y automáticamente asintió con la cabeza—¡Estoy tan cansada!

—Solo ha sido un mal día.

—No ha sido solo eso, pero tampoco me apetece mucho hablarlo contigo.

—¿Por qué? —le preguntó Sergio con el orgullo un poco herido, ¿acaso ella creía que era tan insensible como la suela de un zapato o un estúpido incapaz de comprenderla?

—¿No es obvio? —pero él se quedó pestañeando muy serio incapaz de entender qué opción de las dos creía como cierta esa pequeña chica rubia de mirada clara—Eres tú, yo no quiero… —y antes que ella pudiera darle la espalda para esconderle lo que quisiera que ella no quería mostrarle, Sergio la detuvo y la sujetó por el hombro.

—¿Qué pasa? ¿Soy un monstruo?

—Eres peor —y le sonrió un poco indicándole que solo estaba medio bromeando.

—Puedo tomarme las cosas muy en serio también.

—Pero no tienes corazón —y Adriana se apartó hacia un lado para dejar de notar su mano demasiado humana y dulce para tratarse de la mano de Sergio.

—¡No es así! —le insistió Sergio que empezaba a notar el ambiente demasiado tenso e incómodo. Por eso, cubrió su expresión con su habitual máscara de indiferencia y le sonrió de una manera chulesca y desvergonzada—.Solo un poco.

—Quiero irme a casa —le contestó ella mirando detrás de Sergio sin encontrar ningún rastro de sus amigas.

—No te vayas, Adriana.

—¿Por qué?

—No lo sé —y Sergio se reprochó por ser tan débil y cobarde en un momento tan importante y crítico.

—¿Crees que con esa respuesta voy a quedarme? —lo provocó ella, y esta vez él encontró la forma de decírselo.

—Sé que no puede ser otra, Adriana —y antes que ella pudiera preguntarle si estaba borracho o si se había dado un golpe en la cabeza él se lo repitió—.No quiero a otra, solo a ti.

—¿Se puede saber qué demonios te ocurre hoy?

—Estoy aquí, no quiero ser invisible. Apóyate en mí si necesitas ayuda.

—¡Un momento! No estoy tan desesperada como para hacer eso… si creías que estaba tan mal, ¡no lo estoy! Solo estoy cabreada con mi ex jefe y con el mundo entero.

—No me has entendido —le contestó Sergio acercándose a ella—.Yo te gusto, así que creo que sería justo que tú y yo hiciéramos lo posible para conocernos mejor.

—¡Espera! ¿Qué estás…? —y Adriana abrió mucho sus ojos azules—¿Yo te gusto a ti? —le preguntó con incredulidad.

—Lo suficiente, has sido capaz de aguantar un tío tan insoportable como yo de una manera admirable.

—¿¡Te acabas de llamar…!?

—No voy a repetirlo, Adriana. Y basta ya de tanta pregunta —y ella le sonrió porque ya volvía a ser el mismo de siempre—.Así estás mejor, me gusta cuando sonríes.

—No utilices tus técnicas baratas conmigo y dime la verdad, ¿te gusto?

—Ya te lo dije una vez, pequeña, nada en mí es barato.

—Ya vuelves con tu actitud de siempre, ¡eres insufrible!

—¿Y eso es malo? Soy bastante atractivo.

—Tú solito te lo dices todo —y él se acercó a ella para abrazarla.

—Adriana, no quiero engañarte, no tengo ni idea de qué es esto pero te prometo que…

—No, Sergio, no me prometas nada si no puedes cumplirlo.

—Te prometo —le insistió él—.Serte sincero y no engañarte.

—Es más de lo que puedo esperar de ti —y aunque Sergio sabía que Adriana no terminaba de confiar en él ni en sus sentimientos, valoró su franca honestidad.

Era algo completamente comprensible en su caso, porque ni él mismo terminaba de entender cómo ni cuándo ese juego excitante y seductor, se había terminado convirtiendo en algo más. Por eso, por ese “algo más”, Sergio se acercó a su oreja para que no pudiera seguir viéndole el rostro y cuando se aseguró que nadie podría escucharlos le soltó:

—Me gustas —en un tímido susurro tan avergonzado, que se sonrojó un poco mientras se acercaba a sus labios para besarla.

Una confesión torpe, a medias y algo infantil que se vio sellada por un beso dulce y calmado. En ese momento las mejillas de Adriana empezaron a arderle por una nueva emoción que gritaba frenética dentro de su cuerpo para salir de su encierro mientras el hombre que acababa de rodearla con sus brazos no dejaba de besarla y reconfortarla. Toda la ira, el mal humor y rencor que había estado sintiendo hasta hacía unos minutos se evaporó con la misma facilidad que lo hace el agua en pleno desierto y así, de esta forma aparentemente tan natural y poco racional, el aceite y el agua terminando confirmando lo imposible: Adriana y Sergio estaban destinados a estar juntos.

Sergio aprovechó ese beso prolongando con Adriana para intentar calmarse, porque después de su ridícula y estúpida confesión que solo se había atrevido a hacer a medias, aún le costaba ser sincero consigo mismo. ¿Cómo podía decirle todo lo que sentía sin parecer idiota? Él ya no quería tenerla simplemente desnuda en su cama, entrar de repente en el baño de la discoteca para besarla o soltarle frases explícitas para que ella no pudiera apartar sus azules ojos de él. ¿Cómo que no? ¡Claro que lo quería! Pero ahora Sergio también deseaba poder compartir siempre su cama con ella, poder besarla cuando le diera la real gana y poder mirarla descaradamente para que todos supieran que Adriana era exclusivamente suya. ¿A caso eso era tan insólito?

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Acerca de: Clover

¡Bienvenida a mi mundo plagado de soñadoras! Llámame CLOVER, soy la autora de este cuaderno, una ovejita más del rebaño, #cloveradicta, escribo historias románticas sin parar, atípica por convicción y amante de la libertad por fanatismo. ¿Te unes al rebaño de las que soñamos despiertas? (¡Desde este lado el mundo es un poquito más bonito!).

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