Desconocidos: capítulo 16 – Una “N” bipolar

¡Aloha! No hay mal que por bien no venga, y eso es precisamente lo que todos deberíamos pensar en los momentos más duros de nuestras vidas.?¿Y por qué os suelto eso? Porque en el capítulo de hoy conoceremos un poquito mejor a Noel (alguien que deberá afrontar ciertas situaciones bastante delicadas). 

Por que me entendáis, Noel se desnudará (y no me seáis mal pensadas, ¡eh!) y descubriremos alguno de sus recovecos más perturbadores y oscuros. Sin más os dejo con los reflexiones de Noel (y alguna cosita más). Quizá sean los pensamientos de un hombre contradictorio, ¿pero quién no lo es en algún momento de su vida? ¡Besos con sabor a chocolate dulce y amargo! ??


DESCONOCIDOS

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Capítulo- 16: Una “N” bipolar.

Noel acompañó a Paula hasta su casa y se encerró de nuevo en su apartamento en el que hacía tan solo una media hora que ella había estado. En un principio la había llevado allí porque así es como siempre habían terminado sus cenas con compañía femenina aunque lo que aún le parecía imposible, es que acabase de regalarle a Paula semejante cursilada. Le había comprado un collar con su inicial y un corazón como si se tratase de un maldito adolescente, y había terminado entregándoselo a ella como un tonto. ¡Un tonto estúpido!

Él jamás en toda su vida había regalado semejante bobada a ninguna chica y en honor a la verdad, tampoco es que la hubiera necesitado. Tampoco era algo de lo que estuviera orgulloso, pero Noel nunca había sido demasiado atento con sus chicas en esos temas. Lo suyo nunca habían sido las joyas, perfumes, cartas o flores, eso sí, en el terreno más físico de la relación, nunca les había faltado de nada. Besos, caricias y cenas de lujo acompañadas de noches de sexo desenfrenada hasta que él se cansara de aquello y decidiera ir a buscarse otra compañía más estimulante.

En el fondo, ninguna de “sus novias” podía reprocharle nada, ellas siempre se habían dejado engatusar con su falso compromisos que por alguna razón que se le escapaba, todas terminaban mirándolo con un brillo especial en sus ojos cuando las llamaba “novia”. Pero que sus novias se hicieran falsas esperanzas o esperasen más de lo que realmente él estaba dispuesto a darles, era culpa exclusivamente de ellas. Noel nunca prometía más de lo que había, y una vez se terminaba su “amor” de la misma manera que se terminaba una copa del mejor vino, esa burbuja de felicidad estallaba en sus morros y ellas terminaban molestas. ¡No puedo evitarlo! Había querido gritarles miles de veces, pero a él le parecía que eso sonaba algo demasiado cruel, frío y espantoso como para decírselo en voz alto. Por eso, Noel siempre había terminado de la mejor manera, prometiéndoles que habían sido las mejores mujeres de su vida aunque solo le hubiesen durado unas semanas o días.

A juzgar por su currículum, había tenido tantas mejores mujeres que ya no recordaba ni una que no lo hubiera sido. Todas tan interesantes, algunas tímidas, otras extrovertidas, algunas se mostraban irritadas con él y otras no dejaban de sonreírle desde que se habían conocido. Cada una de ellas, desde la primera a la última, le había gustado de una forma u otra, así que, ¿qué culpa tendría él si no era capaz de conservar ese sentimiento por mucho tiempo?

Pero lo que más inquietaba ahora mismo a Noel, era descubrir el motivo por el cual se había autoimpuesto semejante cruz con Paula cuando ella jamás había esperado ir más allá. Quizá había sido una reacción involuntaria a la aparente indiferencia de Paula o quizá había sido solo por el miedo a perderla. En el fondo, Noel no podía negar que siempre había sabido que Paula lo perseguía incansablemente, pero, ¿qué chica no hubiera querido estar con él?

Lo peor del asunto es que todas sus chicas una vez destapaban lo que se escondía tras su bella máscara, terminaban por abandonarlo, y por mucho que él fuera el que terminaba pronunciando esas fatídicas palabras: es mejor seguir como amigos, no podía apartar ese sentimiento de decepción que desprendían sus ojos. Parecía como si Noel nunca pudiera ser suficiente para ellas, hacerlas completamente felices y satisfacerlas en todo. ¿Cómo hacerlo si ni él mismo era feliz?

Durante toda su existencia había estado más preocupado por encajar, por ser el centro del fantasioso universo que se había creado, que ya no sabía ni quién diablos era ni qué quería. Por eso, que Paula se alejara de esa forma de él y que pudiera empezar a vivir fuera de su idílico universo, había activado todas sus alarmas y se había abalanzado sobre ella para cazarla de nuevo. Noel siempre había sido un gran depredador, había aprendido a abrir las puertas que había encontrado cerradas y que un “no” se transformarse en un “sí” en cuestión de segundos. Precisamente por eso, por pura desesperación, le había regalado semejante tontería a Paula.

Judas, pensó al servirse un vaso de agua y salir a la terraza de su apartamento, eso es en lo que se había terminado convirtiendo a su edad. Desde su infancia había sido un camaleón, capaz de adaptarse a la perfección a todas las situaciones posibles y había desarrollado tal capacidad para leer las expectativas de los demás, que había terminado convirtiéndose en el hombre ideal para todos los de su alrededor.

¡Era tan lamentable! Un hombre adulto, maduro, con un trabajo estable y con una vida despreocupada pero que era incapaz de ser él mismo. ¿Yo mismo? Se preguntó observando la oscuridad de la noche, eso era tan imposible como imposible era que el cielo en ese momento se volviese rojo.

Adriana se encontraba en su habitación terminando de arreglarle para salir de su casa. Había ideado una estratagema por si su madre llegaba antes, y a juzgar por el ruido de llaves que en ese instante estaba escuchando en la puerta, sabía que debería mentirle. ¡Lo siento!

—Hola, cariño —la saludó su madre desde la entrada.

—¿Cómo te ha ido en el trabajo?

—Bien —pero Adriana no se creyó su respuesta al ver unas grandes ojeras oscuras bajo sus ojos—¿Vas a salir, hija?

—Voy a la biblioteca con Paula para estudiar un poco.

—Así me gusta, estoy muy orgullosa de ti, pequeña —y su madre le dio un beso maternal—.Voy a acostarme un rato.

Adriana al quedarse sola en la entrada se imaginó que la noche le habría ido fatal a su madre. Seguramente había trabajado más horas de las que en realidad podía aguantar y todo ello, a cambio de un sueldo miserable. Últimamente les estaba costando muchísimo llegar a final de mes y eso, que su madre era una pluriempleada. Trabajaba en varios sitios a la vez y sus turnos resultaban tan caóticos e incompatibles que apenas lograban verse unos minutos al día. Por ello, Adriana había decidido desobedecerla y empezar a trabajar los fines de semana en una cafetería de un alejado centro comercial. Su madre no había querido nunca que su preciosa hija trabajase mientras estudiaba, céntrate en tus estudias, le había repetido hasta la saciedad, pero ella no podía centrarse en nada cuando veía a su madre llegar reventada a casa.

A partir de hoy Adriana trabajaría durante los fines de semanas para ganar un poquito de dinero extra que podría compatibilizarlo a la perfección con sus estudios. Sospechaba que la excusa de la biblioteca sería una coartada perfecta y por eso, había advertido a sus amigas para que la ayudaran. Pero engañar a su madre en ese aspecto a Adriana no le había importado, no si con ello lograba ayudarla. ¡Te lo mereces!

En una cafetería pequeña, de decoración rústica y concurrida de clientes, una novata camarera se encontraba rellenando la máquina de café sin mucho éxito cuando alguien la llamó.

—¿Adriana? —le preguntó una voz asomándose a través de la barra.

—¡Tú! —exclamó ella al reconocer a ese atractivo hombre de cabello oscuro y ojos verdes mientras se le caían al suelo unos granos de café—¡Mierda! —y automáticamente los recogió en silencio cuando se fijó que su encargado la estaba mirando desde la otra punta de la barra.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó él sentándose en la barra de la cafetería.

—Trabajo aquí —le contestó molesta.

—¿Desde cuando?

—Desde hoy, y si vas a decirme algo, ahórratelo, no me interesan tus comentarios sarcásticos.

—En realidad no iba a decirte nada, me parece admirable.

—¿Qué? —le preguntó sorprendida por la inesperada respuesta de Sergio.

—Que te esfuerces así por tu madre, es muy respetable.

—¡Venga ya! ¿Qué estás inventándote? —le contestó ella más afectada de lo que le hubiera gustado estar—Esto lo hago por mí, así podré comprarme toda la ropa que quiera.

—Claro —le contestó Sergio, pero Adriana supo por su sonrisa, que no la había creído.

¿Cómo podía ese narcisista creer tan ciegamente en ella? Porque por alguna razón, ese hombre de ojos verdes que parecía preocuparse exclusivamente en sus propias necesidades, no estaba dudando ni por un segundo que Adriana estaba esforzándose muchísimo para sacar a flote a su familia.

—¿Qué quieres tomar? —le preguntó ella carraspeando para que el ambiente cambiara y se relajara.

—Un café solo.

—Ahora te lo traigo —y ella se giró para prepararle su café.

Mientras Adriana se peleaba de nuevo con la cafetera que aún no terminaba de dominar y notaba que el encargado no dejaba de espiarla, se preguntó qué diablos ocurría en su vida para que Sergio se cruzara una y otra vez en ella. Pero lo que Adriana desconocía por completo, es que en la perfecta y cuadriculada vida de Sergio, no había espacio para las casualidades.

Él conocía más de Adriana de lo que ella se imaginaba y había sido capaz de leer entre sus múltiples líneas sus problemas. Era una chica orgullosa y cabezota sí, pero también una luchado incansable con una fortaleza envidiable. Esa mujer que en ese momento no dejaba de golpear la cafetera para que saliera el café, era una joya sin pulir, una chica joven que apenas era capaz de darse cuenta de toda la resistencia que albergaba.

Sergio se había dado cuenta que para Adriana quedarse quieta, arrinconada y estática como un florero no era una opción. Lo suyo era la supervivencia pura y dura y la pasión. Por eso, por esa seductora energía que escondía bajo sus ojos azules, Sergio había decidido seducirla. Algo en la forma de mirar de Adriana y esa forma de hablarle como si estuviera siempre enfadada, lo había provocado de tal manera, que él no había podido evitar sentirse extremadamente atraído. Sergio quería descubrir hasta qué punto esa rubia de excelentes curva era pasional, fiera y salvaje, y quería descubrirlo de primera mano y con sus propios métodos.

—Aquí tienes —y Adriana le plantó su café solo con una sonrisa falsa para que su encargado dejase de mirarla.

—Creo que también tomaré algo para comer. ¿Qué me recomiendas? —le preguntó Sergio abriendo el periódico que descansaba en la barra.

—¿Irte?

—Estoy seguro que si se enterase tu encargado de tu contestación estaría bastante molesto —le contestó con una sonrisa que daba miedo mientras Adriana se fijaban en ese hombre de mediana edad con gafas y el ceño fruncido.

—¡Es un idiota! —protestó ella harta de su encargado que se había pasado toda la mañana espiándola con esa cara de amargado.

—Lo parece —le contestó él leyendo el periódico.

—Te traeré un trozo de tarta —le contestó sin poder ocultar una sonrisa por su respuesta—.¿Cuál quieres?

—Sorpréndeme —le contestó él, y Adriana decidió servirle un trozo de tarta de limón porque así es como se lo imaginaba.

Sergio parecía un hombre demasiado ácido con un sabor demasiado peculiar que no a todos gustaría, pero una vez uno decidía mezclar ese limón en una tarta, se daba cuenta que su sabor se transformaba en algo dulce y agradable que no era para nada malo ni desagradable.

Noel se encontraba en el Dandi tomándose una copa mientras esperaba a su nueva novia y al resto del grupo. Esa noche de sábado Paula había cancelado su cena porque supuestamente había recibido una visita familiar inesperada así que no había tenido oportunidad de verla a solas desde que le había regalado el collar.

—¿¡Noel!? —lo llamó una mujer tocándole la espalda que llevaba un perfume deliciosa.

—¿Si? —y él se giró de la barra y se encontró con una joven morena muy maquillada y guapa—.Hola —la saludó él sin recordar su nombre aunque ella parecía recordarlo a la perfección.

—No te acuerdas de mí, ¿verdad? —y entonces él se fijó en el ceñido vestido negro que llevaba y le pareció recordar algo.

—¿Ángela? —le preguntó con una media sonrisa inocente que siempre lo salvaba en tales situaciones.

—¡Cuánto tiempo! ¿Qué es de tu vida? —y la verdad, es que por suerte había acertado con su nombre.

Solo recordaba de Ángela cosas innombrables en sitios aún más prohibitivos de las que habían disfrutado mutuamente hacía más de dos años.

—Como siempre, sigo en Dreic, ¿y tú?

—Yo estoy en Holmen, ahora soy jefa de grupo.

—Felicidades, veo que todo te ha ido a mejor —y a juzgar por lo atractiva que estaba y lo vital que se le veía, parecía que todo le iba de lujo a esa mujer.

—Bueno, trabajo estresante, buen sueldo y una vida descontrolada —le contestó Ángela con una sonrisa.

—Eso me suena —y ambos se ofrecieron una sonrisa cómplice. De lo poco que recordaba de Ángela a parte de lo buena amante que había sido, es que había sido como la versión femenina de sí mismo. Recordaba que un día se había asustado al despertarse de su cama y darse cuenta de lo mucho en común que tenían. Ángela había sido la primera y única mujer en toda su vida  que lo había dejado a él antes que Noel se cansara de ella por eso, no podía evitar sentir cierta admiración y respeto por esa mujer—.¿Quieres que te invite a una copa? —le preguntó él.

—Vale —le contestó ella—.Por los viejos tiempos —y Ángela se sentó a su lado.

Paula intentó escaquearse lo antes posible de esa reunión familiar improvisada que se había terminado transformando en una cena. Sus tíos y primos habían aparecido inesperadamente esa tarde, y sus padres habían sido tan débiles, que habían terminado invitándolos a cenar.

—¡Me voy! —les gritó mientras salía disparada de su casa para coger el taxi que la estaba esperando en la puerta.

Había quedado con todos sus amigos en el Dandi, pero en ese momento solo podía pensar en Noel que lo estaba esperando también allí. Desde que había tenido que llamarlo para cancelar su cena, se había sentido muy ansiosa por verlo. Hacía una semana que no se veían, y aunque habían hablado por teléfono y Noel le había contado que estaba ocupadísimo con su trabajo, no había podido evitar sentirse un poco triste durante la semana por no poder tocarlo.

Paula se acarició la gargantilla del cuello y al notar esa “N” fría contra su piel se relajó, esa era la prueba física que ahora Noel le pertenecía y aunque sabía que eso era un estupidez porque no podía una persona pertenecerle a nadie, la hizo sentir segura. Pero toda esa seguridad, confianza y fe de poco le sirvió a Paula cuando entró en el Dandi y se encontró a su novio, a ese mismo que llevaba colgando de su cuello, riendo y abrazando a una guapa y joven mujer que parecía corresponderle.

¡No puedo creerlo! Se gritó a sí misma mientras notaba que empezaban a escocerle sus ojos. Pero lo que en realidad no podía creerse es que hubiera llegado a ser tan estúpida e imbécil,  como por haber esperado tener una relación normal con él. ¿Normal? ¿Cómo iba a ser normal con semejante veleta? Y cuanto más se reían esos dos tortolitos abrazados,  más y más humillada se sentía ella hasta que alguien chocó contra su hombro al intentar entrar en el Dandi.

—Lo siento —se disculpó una atractiva mujer de cabello corto que abrió mucho sus ojos al reconocer a su amiga—.Paula, qué bien que te encontramos —pero ella parecía no estar del mismo humor que Sofía y se arrancó con rabia el collar que llevaba en su cuello y se lo entregó a ella.

—¡Dale esto a Noel y dile que es un cerdo! —y así Paula se largó de ese local con la falsa esperanza que podría arrancar de su vida a Noel de la misma forma que había podido arrancarse ese estúpido collar de su cuello.

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Acerca de: Clover

Alma inquieta. Proyecto de creadora de mundos. Hada del país de la piruleta en mis tiempos libres. Analizo todas las series asiáticas que encuentro. Me gusta leer manga, jugar a MMORPG y aprender japonés.

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