Colores mágicos: capítulo 21 – Un mal presentimiento muy real

¡¡Feliz, feliz, feliz domingo!!

Esta semana me ha resultado verdaderamente agotadora (aunque no me quejo), y es que me encuentro inmersa en miles (creo que exagero un poquito XD) proyectos personales emocionantes que ya os iré contando. Pero como os decía, no protesto ni pongo mala cara porque todos me gustan, me apasionan y me hacen realmente feliz. Siendo así es imposible ponerles mala cara, ¿verdad? Lo positivo parece que “atrae” a lo positivo como un imán (o quizá solo sean “rachas” buenas), aunque sea como sea, ¡toca disfrutarlas a tope!

Y si hablo de disfrutar espero que vosotros lo hagáis con el capítulo de hoy. ¿Qué os puedo decir de los Colores mágicos a estas alturas que no sepáis? Adoro escribir historias de fantasía y si pudiera, creedme que me teletransportaría dentro de ellas.

¡Hasta el miércoles! Cuidaros muchísimo y acordaros siempre de seguir soñando.

 

P.d: ¿Qué os parecen los pequeños cambios que estoy haciendo en el cuaderno? Sigo trabajando para ir mejorándolo y ampliándolo poquito a poco, ¡dadme tiempo! ^0^

Colores mágicos

Capítulo 21- Un mal presentimiento muy real

¡Eres malo!¡Eres malvado! Tus ojos me dan miedo. Mi papá me ha dicho que vas a matarnos. Tus ojos son la muerte. ¡Apártate! ¡Te he dicho que no me toques!  ¡Déjame en paz! No quiero a un apestoso ónice a mi lado. ¡Dejadlo solo! Solo quiere matarnos, ¿no veis sus ojos? Nada bueno puede salir de ellos. ¡¡Te hemos dicho que no nos sigas!! LÁRGATE. ¡ASQUEROSO!

Gritos, caras de asco, empujones y murmullos. Todos dirigidos como balas hacia un pequeño niño de cabello rubio y ojos negros como el carbón. ¿Qué mal podría hacer hecho esa pequeña criatura al mundo? Ni él mismo lo sabía. Lo único que tenía claro ese niño llamado Zale es que si hubiera nacido con otro color de ojos toda su infancia hubiera resultado ser completamente distinta.

Zale abrió sus ojos sobresaltado mientras su corazón no dejaba de palpitar nervioso a causa de la pesadilla que acababa de sufrir. Una noche más las voces de su infancia lo habían estado torturando mientras parecía incapaz de acallarlas. A lo mejor haber sufrido esas burlas, insultos y desprecios había hecho que hubiera terminado creyéndoselos un poco y por eso seguían resultándole tan reales.

Desde bien pequeño Zale había entendido que no era como el resto de los terrenis y que, por algún motivo desconocido, lo consideraban peligroso. Como si fuera un apestado todos los compañeros de su escuela le habían hecho el vacío mientras ese niño asustadizo y algo tímido se había terminado encerrando aun más en sí mismo. Ahora los años habían pasado, y a pesar que todo aquello había quedado dolorosamente guardado en su cerebro, se alegró al comprobar que se encontraba en su habitación de siempre junto a…

—¿Gerald? —le preguntó cuando se lo encontró de pie rebuscando en su armario— ¿Qué haces despierto tan temprano?

—Buscar mis zapatillas de deporte.

—Creo que te las cogió prestadas Reik el otro día. ¿No puedes usar las que llevas?

—Supongo —le contestó cerrando la puerta del armario y poniéndose la chaqueta deportiva azul.

—¿Se puede saber qué te ha picado para ir a entrenar tan temprano? —le preguntó Zale mientras bostezaba y se tumbaba de nuevo en su cama al ver que aún era demasiado temprano para salir de ella.

—Sabes que necesito prepararme a tiempo —le contestó su compañero subiéndose la cremallera de su chaqueta y entonces, alguien llamó a la puerta de su habitación.

—¿¡Ya no se puede dormir en esta habitación tranquilo!? —exclamó Zale molesto. Gerald lo ignoró y fue a abrir.

—Buenos días —saludó a Lilah que se encontraba vestida con el chándal de entrenamiento de las Rosas Doradas.

—¿Vais a entrenar a estas horas? —les preguntó Zale inspeccionándolos.

—Algunos nos tomamos esto en serio —le replicó Gerald mientras cogía su mochila de entrenamiento—. Vámonos.

—¡Un momento! —lo llamó Zale antes que pudiera salir al pasillo junto a Lilah— ¿Desde cuándo eres tan hablador con las mujeres?

— ¡Vete al diablo, idiota! —le gruñó éste antes de pegar un fuerte portazo e irse a entrenar con Lilah.

Cuando Alysa y Reik se alejaron lo suficiente de las Rosas Doradas como para que cuando saltaran las alarmas fueran inalcanzables, ambos se detuvieron y ella siguió las instrucciones de Reik y se cambió de ropa.

—¿En serio? —le preguntó ella mostrándole la camiseta violeta que le iba tres tallas grande.

—No te quejes, es lo único que encontré —le respondió Reik mientras escondía en un pequeño agujero de tierra la ropa que había estado llevando Alysa—. Esto podría delatarnos.

—¿Delatarnos?

—No pretenderás llevar estas ropas con estas rosas tan obvias, ¿verdad?

—La verdad es que no lo sé —le replicó con orgullo, y como él pareció dispuesto a no seguir con su conversación lo contraatacó—. Ahora dime cómo pretendes fastidiar el plan de tu padre.

—¡No lo llames así! —le gritó deteniéndose en seco mientras se pasaba una mano por su rostro cansado—.Vamos a ir a la Primera Base y sacaremos a los terrenis que aún se encuentren allí.

—¿Crees que les habrá hecho algo? —le preguntó ella nerviosa y calculando muy bien sus palabras para no mencionar a su padre de nuevo.

—No, eran una mera tapadera.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —le insistió mientras él se abría la chaqueta de su uniforme dorado. Alysa lo contempló sorprendida porque se estuviera desnudando en medio de ese bosque con absoluta normalidad. Entonces se quedó embobada contemplando sus dedos que se iban deslizando gentilmente a través de las solapas e iban abriendo minuciosamente cada uno de sus botones dorados.

—Lo sé —le contestó Reik con seguridad mientras se desprendía de esa chaqueta negra y dorada que le sentaba tan bien y se quedaba solo con una fina camiseta de manga corta gris. La piel de sus brazos era clara, bastante blanca e inmaculada, y a pesar que Reik era un chico de complexión delgada y alta, poseía unos músculos tonificados en ellos. Entonces Alysa se fijó mejor en ellos y encontró unas marcas irregulares en su piel. ¿Qué podría haber dejado esas cicatrices tan atroces en ellos? Parecían cortes, profundos y delgados que le cruzaban sus brazos de izquierda a derecha y de arriba a abajo—. El proyecto Atenea siempre ha estado dirigido hacia vosotras.

—¿Te refieres a Lilah, Nora y a mí? —le preguntó dándose la vuelta porque ahora Reik se estaba desabrochando el botón del pantalón.

—No deberías escandalizarte por esto —se burló mientras se cambiaba en un abrir y cerrar de ojos de pantalones.

—¡Qué sabrás tú! —le contestó ella más sonrojada de lo que le hubiera gustado estar y con la voz algo débil.

—Lo que tú digas. Puedes darte la vuelta ya.

—No entiendo para qué demonios nos quieren a nosotras —le dijo Alysa mientras se tranquilizaba al darse cuenta que Reik ya se encontraba completamente vestido.

—¿No?

—Tú también eres importante para el proyecto —le recordó—. Te hicieron lo mismo que a mí.

—Sí, y supongo que Zale también lo es.

—¿Zale? —le preguntó sorprendida porque no entendía qué tenía que ver él en esto.

—No tenemos tiempo para explicaciones. Pronto empezarán a buscarnos y creeme que son rápidos.

—¡Nunca tenemos tiempo! Si quieres meterte en esa cueva de nuevo, debes confiar en mí.

—Lo mismo se aplica a ti —le contestó Reik apretando los puños.

—Yo cerré la boca, te cubrí cuando me lo pediste pero por lo visto, tú decidiste venderme. ¿Tengo que recordarte que terminé encerrada por tu culpa?

—Sabía que no te harían nada grave —le dijo mientras recordaba las marcas en las muñecas de Alysa.

—No podemos jugar al perro y al gato siempre. Esto debe terminar —lo presionó Alysa mientras Reik se preguntaba porqué se mostraba tan receloso con ella. Los argumentos de Alysa eran lógicos y racionales, necesitaba saber más para poder ayudarlo, pero había algo en su interior que le impedía ser completamente sincero con ella.

—Eres demasiado lista —le confesó.

—¡Bah! Siempre me sueltas lo mismo, como si serlo fuera un defecto.

—Quiero decir que me comprendes demasiado bien. Apenas me conoces y parece… —pero entonces él se calló al ser consciente de lo que estaba a punto de confesarle. ¿Qué podría ocurrir si Alysa descubría más de Reik? Y solo de pensar en la respuesta entró en pánico.

—Sigue hablando —lo presionó ella que podía ser implacable cuando se lo proponía.

—¿Cómo sabías que iba a ir a buscarte para que me ayudaras? —le preguntó. Alysa le sonrió satisfecha al ser consciente que iba un paso por delante. Entonces se acercó a Reik y él se tensó instintivamente cuando ella colocó una mano en su mejilla derecha que se encontraba algo manchada por la tierra donde había escondido su ropa.

—Al contrario que tú, yo lo he aceptado —le dijo. Los ojos castaños de Alysa no dejaron de brillar mientras Reik se angustiaba aún más. Alysa al contrario de Reik  parecía encontrarse tan tranquila y serena consigo misma, que él se sintió más diminuto e indefenso—. Has dejado de creer en Nathael —y de esta forma Alysa dio voz a los pensamientos más íntimos e inconfesables de Reik—. Es normal, él quiere abandonar al resto de jóvenes terrenis. ¡No le importan! Pero a ti te importan mucho.

—No es así del todo. Nathael tiene un motivo.

—Pero ni ese motivo es suficiente para ti. Sino, ¿por qué estamos ahora mismo aquí afuera?

—¿Y si fuéramos nosotros? —le preguntó Reik atormentado por las dudas— Nacimos así sin pedirlo, pero podríamos ser distintos y ser nosotros los de la Primera base.

—Lo sabía —le dijo Alysa moviendo su mano para apartarle un mechón oscuro de su oreja—. Ahora debes confiar en mí.

—¿Cómo? —le preguntó él que se estaba embriagando por un sentimiento que jamás había sentido.

—Con esto —le dijo ella bajando la mano para colocársela encima de su corazón. Reik se quedó sin habla, contemplando en silencio a esa terrenis que parecía poseer todas las respuestas del mundo cuando él no poseía ninguna. Entonces Alysa decidió retirar la mano para dejarlo reflexionar pero Reik se la sujetó para que la dejara allí donde lo estaba calmando.

—¿Y si no somos capaces de controlarlo? —le preguntó dubitativo, porque lo que le estaba pidiendo ella era verdaderamente peligroso. Utilizar sus habilidades hasta esos límites podría evocarlos al fracaso, y eso era algo que Reik no estaba dispuesto a aceptar.

—Estamos conectados —le recordó Alysa que veía el mundo con mucha más claridad. Después de todo su descontrol, las dudas y la negación, había llegado al punto de poder abrazar la aceptación—. Ahora está en nuestras manos decidir cómo. Yo voy a luchar para convertir esto que nos han hecho en algo positivo, ¿y tú?

—Quiero intentarlo —le contestó. Reik quería sentirse tan seguro de sí mismo como estaba Alysa y ver las cosas desde su perspectiva donde todo parecía simple.

—Entonces deja de mostrarte tan serio y relájate —le contestó sonriéndole despreocupadamente—. Puedes confiar en mí siempre que tú me dejes confiar en ti —le dijo. Alysa se dio la vuelta para explorar el terreno y seguir con su huida.

—Eres extraña —le dijo Reik mientras la observaba como si fuera un objeto insólito.

—Soy un diamante joven —le replicó ella con cierto orgullo.

—¡Menuda humillación! —exclamó Reik burlándose— Una jovencita dándome consejos. ¡No podía haber caído más abajo!

—A veces necesitamos que alguien nos dé un nuevo enfoque de las cosas para verlas con más claridad.

—Supongo que tú eres el “nuevo enfoque” que necesitaba.

—Supongo —le contestó ella—. Y ahora, ¿hacia donde queda la Primera Base?

—Hacia el norte —le contestó Reik.

Reik aprovechó el veloz trayecto para pensar en todo lo que le había dicho Alysa. Si bien era cierto que no podía negar la llama que había despertado entre ellos desde que le habían inyectado esa sustancia en su cuerpo, aún se sentía demasiado incómodo con ese tipo de emociones tan primarias como para tolerarlas. Alysa lo hacía sentir extraño, ajeno a lo que siempre había sido y más temperamental y pasional de lo normal. Temía que a su lado pudiera perder la perspectiva objetiva de las cosas o pudiera perder los papeles por completo. Reik siempre se había enorgullecido de ser frío, racional y lógico, pero parecía que con lo que le había hecho su padre, no podría seguir así. Ahora su descontrol era constante, palpable y expuesto, y por más que luchaba cada minuto para esconderlo, Alysa lo sentía con la misma intensidad que él. Quizá en el fondo ella tenía razón y su aparentemente tortura podía terminar convirtiéndose en su salvación, sino, ¿cómo diablos era capaz ella de soportarlo con tanta serenidad?

A pesar que Nora y Amaranta desde siempre habían sentido un afecto especial la una por la otra, ahora mismo las dos parecían encontrarse en distintos barcos. Nora no dejaba de presionar a su prima para que le contara aquello que ella parecía no querer soltar.

—¡Te he estado buscando y ahora de repente reapareces en mi habitación y eres incapaz de decirme nada! —le reprochó Nora.

—Solo quería saber si habías hablado con Alysa.

—¡No lo he hecho! —le dijo tirando el teléfono móvil contra el colchón de su cama y perdiendo toda la paciencia porque se había pasado la noche esperando una llamada que no se había producido.

—Tranquilízate, a mí esta situación tampoco me gusta. Siento que algo malo está a punto de suceder.

—¿A punto? Deja que me ría, creo que YA ha sucedido. Alysa está encerrada. ¡La habéis hecho prisionera!

—Ha sido por seguridad.

—¿De repente os habéis dado cuenta que Alysa representa un peligro? —le contestó con sarcasmo— ¿Y Reik?

—¿Qué ocurre con él? —le preguntó Amaranta sin pestañear mientras no dejaba de mover sus manos con nerviosismo.

—Nada —le contestó Nora sintiéndose incapaz de confesarle la verdad de una forma tan cruel—. ¿Qué demonios está a punto de suceder, Amaranta?

—No puedo hablar de eso —le dijo dándole la espalda.

—Dímelo —le insistió ella acercándose a la puerta para que no se fuera—. ¿Qué va a pasarnos? ¿Vamos a morir? —le preguntó Nora con la garganta seca.

—No es eso —le contestó su prima. A pesar que parecía no ser eso, Nora estuvo segura que era algo incluso peor a juzgar por el rostro pálido y asustado de Amaranta.

—¿¡Entonces qué!? —le gritó Nora desesperada— Tú antes eras mi mejor amiga —le recordó mientras se le caía una dolorosa lágrima al ser consciente de lo muy alejadas que ahora se encontraban.

—Lo siento mucho —le dijo Amaranta mirándola a los ojos mientras ese tono rosado con destellos dorados alcanzaba su alma. Nora se quedó a un palmo de la puerta estática, como si fuera un trozo de hierro, mientras su prima se alejaba de allí llorando. Amaranta jamás había utilizado sus poderes contra Nora y tener que paralizar su mente de esta forma le había causado más tristeza de la que jamás antes había sentido.

—¡Amaranta! —la llamó en ese momento Zale por el pasillo.

—¿Dónde está? —le preguntó ella recordando el mal presentimiento que había estado sintiendo durante toda la noche.

—No lo sé —fueron las únicas palabras de ese terrenis de cabello rubio despeinado. Entonces Amaranta asintió en silencio y se encerró en su habitación. Con Amaranta las conversaciones siempre eran así, solo hacía falta decir lo imprescindible porque el resto, ella lo conocía de antemano. Su mal presentimiento acababa de convertirse en una realidad y solo pudo pensar en cuánto tiempo dispondrían antes que alguien descubriera que Reik se había escapado con Alysa.

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Acerca de: Clover

Clover

Alma inquieta. Proyecto de creadora de mundos. Hada del país de la piruleta en mis tiempos libres. Analizo todas las series asiáticas que encuentro. Me gusta leer manga, jugar a MMORPG y aprender japonés.

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