Colores mágicos: capítulo 19 – Sacrificios que nos hacen mejores

¡Hola! Hoy me he propuesto empezar cada día de esta semana como si fuera sábado. ¿Qué os parece? (Queda prohibido no sonreír). 

Algo que me encanta cuando conozco a alguien es descubrir todos sus matices. Adoro que me hable sobre sus manías, sus tics nerviosos, sus cosas estrambóticas y “rarunas”. ¡No puedo evitarlo! Automáticamente se me ilumina el rostro, empiezo a reírme, el cuerpo se me relaja y noto que toda la tensión por estar ante un desconocido se desvanece.

Creo que en lo más banal de cada uno se encuentra lo más maravilloso (mensaje que dista bastante del que constantemente nos bombardean). Por eso, me habréis leído alguna que otra vez que encuentro lo imperfecto lo más perfecto del mundo. Sencillamente para mí no hay tal “imperfección”. Me aburre lo monótono, lo encorsetado y esquematizado. Parece como si un ente malvado y sin rostro nos estuviera robando los “y si…” del mundo. Y si no llevara tacones porque los odio, y si me pintara el cabello de colores porque me gusta, y si viera estas películas porque son las que me apasionan… Que nadie os robe vuestros “y si…”, todos son posibles e igual de válidos.

Nos leemos el domingo, bye.

Colores mágicos

Capítulo 19- Sacrificios que nos hacen mejores

 Una llama que prende en medio de la oscuridad, una pequeña flama que va extendiéndose por toda la sala y como un anzuelo atado a un lazo, termina atrapándote.

El fuego devastador te acorrala, te intimida y empiezas a notar su fuerza purgándote por dentro.

Puro fuego gravándose en tu piel, clavándose a través de tus poros que te quema.

Llamas, caos y destrucción que tú no logras comprender hasta que caes abatida por ese mal llamado muerte y te das cuenta que estás en el infierno, ¡en el maldito infierno!

Alysa abrió los ojos bruscamente y empezó a gritar tan fuerte que le pareció que su voz acababa de romperse en un agónico chillido infernal. Se encontraba presa de la más absoluta locura porque acababa de experimentar un fuego tan potente y corrosivo en su cuerpo, que había estado a punto de terminar con ella. ¿Cómo podía afrontar la muerte si no era gritando? En ese punto de inflexión en el que había caído presa de lo inevitable, a Alysa solo le había quedado su voz temblorosa y rota para seguir mostrándole al mundo que seguía deseando vivir. En la muerte no importaba quién habías sido o qué habías hecho con tu vida en el pasado. Tampoco importaban los muy poderosos poderes que hubieras podido ostentar a lo largo de tu vida ni lo muy joven que fueras aún. Precisamente por eso, Alysa se había sentido contagiada por el mayor miedo que jamás hubiera sentido ante el temor que ella pudiera convertirse en su siguiente víctima.

Entre las llamas del infierno solo había lugar para el fuego y el dolor, una tortura feroz que había empezado a drenar la vida de Alysa  y que la había dejado a solas con sus gritos. Pero todo ese momento de enajenación macabra y de caos sin rostro donde solo se había escuchado sus aullidos intentando sortear a la muerte parecieron repentinamente cortarse cuando Alysa había abierto sus ojos y se había encontrado tumbada en medio de una habitación. Silencio sin más. Ni llamas, ni fuego ni dolor, solo una habitación desértica donde se escuchaba su respiración arrítmica y sus lágrimas descendían a través de sus mejillas. Estoy viva, estoy viva, estoy… Fue en lo único que logró pensar su cerebro, como si la mente privilegiada de esa terrenis se hubiera visto reducida al único impulso primario y elemental de la supervivencia. Entonces solo alcanzó a respirar con grandes bocanadas para recuperar todo el aire vital que le había estado faltando y demostrarse una vez tras otra que estaba a salvo.

Después de unos minutos otros instintos más propios de una terrenis diamante empezaron a aflorar en ella. Primero Alysa exploró y analizó el lugar minuciosamente utilizando sus capacidades cognitivas para extraer toda la información posible de la sala en la que parecía estar encerrada. Alysa se encontraba metida en una habitación rectangular, de unos diez metros de largo, con las paredes pintadas de un gris azulado donde destacaba una puerta de madera oscura. En la habitación también había una cama encajonada en una de sus esquinas cubierta por otro de los antiestéticos edredones marrones. Justo en la otra esquina se encontraba una pequeña mesa de madera a conjunto de un par de sillas plegadas que se apoyaban contra la pared. Sencilla, allí dentro no había nada más, solo unos pequeños agujeros y surcos en las paredes grises y una desagradable luz amarillenta que la hacía parecer más tétrica. ¿Cómo demonios he llegado hasta aquí?, se preguntó mientras alcanzaba el pomo de la puerta e intentaba girarlo sin que la puerta se abriera. Entonces intentó recordar qué le había sucedido, y otra vez las terroríficas visiones de llamas empezaron a paralizarla.

—¡Otra vez no! —gritó con la esperanza que alguien pudiera ayudarla. Alysa se cayó al suelo y se sumergió de nuevo en el mismísimo infierno.

Nora no sabía dónde mirar, se había recorrido todas las estancias del lugar desde la cafetería pasando por sus habitaciones hasta lugares a los que no debería haber entrado y seguía sin dar con Alysa. Su amiga no le había explicado nada que la pudiera mantener tan ocupada y desaparecida, y de hecho, le parecía sumamente sospechoso cuando apenas unas horas atrás Alysa le había prometido hacerla partícipe de todos sus planes.

Por eso, a estas alturas Nora no podía fingir estar tranquila ni fingir que nada ocurría. Estaba asustada, cabreada e histérica. Alysa había desaparecido sin motivo alguno y no solo eso, sino que parecía habérsela tragado la tierra. ¿Cómo era eso posible en un lugar permanentemente vigilado? Y su enfado no hizo otra cosa más que crecer cuando se topó con un terrenis rubio sonriéndole despreocupadamente acompañado por una Rosa Dorada de cabello violeta.

—¿¡Se puede saber dónde está!? —le exigió Nora gritando tanto que la chica del cabello violeta se fue corriendo.

—¿Quién? —le preguntó Zale mientras se subía la cremallera de su chaqueta gris.

—No te hagas el gracioso conmigo —le contestó aún más furiosa.

—No sé de qué me hablas.

—¡Lo sabes! —le gritó poniéndose delante de él y levantando su rostro con chulería— ¡Alysa! —le dijo mientras notaba cada una de las letras del nombre de su amiga clavándosele en su corazón. Entonces Zale respiró hondo como si considerase el asunto de la desaparición de Alysa poco importante.

—Aquí no corre ningún peligro.

—No has contestado mi pregunta —le advirtió Nora en un tono ronco que Zale jamás le había escuchado.

—No puedo hacerlo.

—¡Entonces apártate de mi vista! —le dijo fulminándolo con la mirada mientras él veía un coraje insólito en los ojos de Nora. Jamás la había visto tan furiosa ni amenazante, parecía dispuesta a pelear contra cualquiera si así podía descubrir dónde se encontraba su amiga— ¡Dímelo tú! —gritó Nora corriendo por el pasillo— Dime dónde está Alysa —le exigió a Reik que acababa de llegar

—No…

—¡Ni se te ocurra decirme que no puedes! —le dijo apretando los puños porque estaba a punto de golpearlo si no empezaba a hablar.

—Creo que hay que contárselo —le aconsejó  Zale que los había seguido.

—¿Estás seguro? —le preguntó Reik ignorando a Nora.

—Si no se lo dices va a poner esto patas arriba —le aconsejó Zale. Reik guardó silencio unos instantes mientras Nora chasqueaba la lengua.

—¡Suéltalo! —le exigió ella mientras Zale empezaba a reírse y se ganaba de esta forma todas las papeletas para recibir un buen golpe.

—Alysa está en una sala aislada —le explicó Reik bajando la voz.

—¿¡Qué demonios dices!? —preguntó Nora horrorizada. Reik no la dejó continuar porque la cogió rápidamente por el brazo y se la llevó a la habitación más cercana. Mientras él la sujetaba con fuerza y notaba la respiración de ese terrenis contra su rostro, Nora no apartó la vista de los oscuros ojos de Reik mientras le hablaba en un tono bajo pero firme.

—A Alysa le hicieron un experimento en la Primera Base.

—Lo sé —le contestó sin pestañear mientras Reik se sorprendía y aflojaba un poco la mano con la que la había estado sujetando.

—¿Lo sabes? Creo que no es lo que crees.

—Le pusieron una inyección para que se descontrolara, y a ti también.

—¡Le dije que mantuviera la boca cerrada!

—Ya me lo había contado antes —le dijo en tono de disculpa por tener que confesar uno de los tantos secretos de Alysa.

—¿A caso os lo contáis todo?

—Claro —le replicó ella con orgullo mientras a Reik le costaba comprender la estrecha relación entre Alysa y Nora. Si bien él era fiel y leal a Zale, era algo completamente normal entre miembros de la Rosa Dorada.

—Si ya lo sabes, supongo que puedo decirte la verdad. Tuve que decirle a Nathael lo que le sucedía.

—¿QUÉ? —le preguntó Nora—¿Por qué harías algo tan estúpido?

—Era cuestión de tiempo que me descubriera.

—¿Me estás diciendo que la has delatado para salvar tu culo? —le preguntó enfadada. Reik se calló y no abrió la boca, entonces sus mejillas empezaron a ponerse rojas a la vez que las de la Nora pero por motivos distintos—. ¡La has traicionado! ¡Eres un cerdo asqueroso! —le escupió, y a punto estuvo de mandarle un buen golpe en el rostro si no se hubiera apartado.

—Necesitaba distraerlos, si me apartan de esto… —sería mi fin, pensó él sin atreverse a confesárselo.

—¡Lo harán! Van a descubrirte y después verás lo estúpido que has sido. Creía que los Rosas Doradas eran gente más noble y con principios, ¡no malditas ratas de alcantarillas!

—Tenemos principios, ¡por eso lo he hecho!

—Ella jamás te hubiera delatado —le contestó Nora dolida— ¡La conozco! Cuando promete algo lo hace para siempre, ¡estúpido! —le gritó mientras le golpeaba el pecho y salía de la habitación.

Nora estaba a punto de llorar y el único motivo por el que no lo hacía era porque necesitaba ir a salvar a su amiga de esos asqueroso y despreciables. Jamás en toda su vida se había sentido tan furiosa y descubrir que lo que más la había enfadando era que había confiado como una estúpida en las personas incorrectas, no la estaba ayudando.

—¿Se puede saber dónde vas? —le preguntó Zale que se había quedado en el pasillo custodiando la puerta para que pudieran hablar con tranquilidad.

—¡Apártate de mi camino! No quiero hablar con nadie.

—Pero, ¿qué te pasa?

—¡Cállate! —le gritó Nora— ¿Es de esta forma cómo actuáis las Rosas Doradas?

—A Reik no le quedó más remedio. Fue por supervivencia.

—Ahora lo llamáis así. Os habéis aprovechado de nosotras —le dijo Nora dolida—. Pero a partir de ahora no seremos tan idiotas.

—Nadie se ha aprovechado de nadie —le contestó—. Vosotras no conocéis todas las implicaciones de esto.

—Dime dónde está Alysa antes que encuentre a Nathael y le cuente que deberían encerrar a Reik también.

—No serias capaz.

—Ponme a prueba —le contestó. Los ojos azules de Nora no dejaban de brillarle mientras mantenía la mandíbula apretada.

—Está en una zona restringida. Ni yo tengo acceso.

—Estoy segura que se te puede ocurrir algo —le contestó en un tono cortante—. Habla con Reik y encontrad la manera para que pueda verla.

—¿Estás loca? ¡No podemos hacer eso!

—Lo haréis o lo cuento todo.

—Si lo haces, condenarías a Alysa más de lo que ya está.

—Entonces mejor prender todo el fuego y que ardamos todos en el infierno de una vez por todas.

—Lo que estás diciendo es una estupidez, Nora.

—Encontrad la manera para que pueda verla y asegurarme que está bien —le ordenó Nora sin escuchar sus excusas, pero como Zale pareció vacilar se acercó a él para insistirle—. Hazlo, mi paciencia no es infinita.

—Está bien —se rindió mientras sentía que su conversación había llegado a un punto muerto. En realidad, Zale estaba francamente asustado por si Nora se iba de la lengua e incriminaba a Reik y los metía en más problemas de los que ya tenían.

—Espero que esta vez cumpláis con vuestra palabra —fueron las últimas palabras de Nora mientras se alejaba del pasillo que apestaba a traición.

Zale se quedó observando el pasillo sin saber muy bien cómo llevaría a cabo las exigencias de Nora y entonces, se giró para ir a buscar a su amigo.

—Estamos en problemas —le advirtió a Reik que acababa de salir de la habitación donde había estado discutiendo con Nora.

—No me importa.

—¿Qué dices? Me ha amenazado con contárselo a Nathael.

—Quizá debería saberlo de una vez —le contestó Reik con la vista perdida.

—¿Estás de broma? Sabes que te apartará de esto.

—Pero meterla a ella en nuestros problemas… Nora tiene razón, he sido un cobarde.

—No, ellas no saben cómo son las cosas aquí. ¡No teníamos opción!

—¿Y nosotros sabemos hacerlo mejor? —le preguntó Reik— Tengo la sensación que estamos en el bando equivocado.

—¡Somos Rosas Doradas! —le recordó Zale mientras se preocupaba por las palabras de su amigo.

—Ahora mismo no me siento así.

—Necesito que me ayudes a colarme en el sótano.

—¿Vas a llevarte a Nora allí?

—¡Imposible! Pero puedo hacer que Alysa se comunique con ella. Le daré esto —le dijo Zale mostrándole su teléfono móvil.

—Muy ingenioso —le contestó Reik con sarcasmo porque no le importaba lo más mínimo ese teléfono.

—¿Qué te pasa? Tampoco es que estén torturando a Alysa. Solo la mantienen allí por seguridad. Sabes que están cuidándola.

—Lo sé… pero hay algo que me ha dicho Nora que tiene razón.

—¿El qué?

—Que ella jamás me hubiera delatado.

—Vamos a darle el teléfono y verás como todo se soluciona.

—Ojalá fuera tan fácil —le dijo Reik mientras Zale tiraba de él y se lo llevaba para que lo ayudara con su plan.

En realidad, la fe de Reik con los Rosas Doradas siempre se había visto teñida por algún color oscuro y traicionero. Jamás había podio ser puro ni completamente transparente con ellos. A él le costaba más que al resto sacrificarlo todo por sus ideales, y a pesar que sus sacrificios habían sido mucho mayores que los de los demás, parecía que nunca eran suficientes.

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Acerca de: Clover

Clover

Alma inquieta. Proyecto de creadora de mundos. Hada del país de la piruleta en mis tiempos libres. Analizo todas las series asiáticas que encuentro. Me gusta leer manga, jugar a MMORPG y aprender japonés.

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