Colores mágicos: capítulo 17 – Vencer está en tu cabeza.

¡Bienvenido a todo el mundo! (o al menos a todo aquél que desee visitarme XD).

Como ya estaba tardando en mandaros un mensaje motivador, aquí va mi ración del día: vencer está en vuestra cabeza. Y sí, ya sé que he sido cero original (porque ese es el título del capitulo), pero para lo que os quería decir, sirve igualmente. De la misma forma que la derrota está en la cabeza de uno, vamos a pensar que también está el éxito (porque los mismos argumentos son aplicables en ambos casos) así que si uno piensa en ganar, ya sea en unas Olimpiadas -que últimamente están tan de moda- o en conseguir alguno de sus humildes propósitos personales (esos menos avariciosas, en los que nadie te da una medalla ni están retransmitidos por televisión), estoy segura que lo conseguiréis. El poder de la mente es alucinante (y no hablo aquí de poderes mágicos, aunque también podría hacerlo que bien sabéis que soy una excelente conocedora de ellos :P). Y hasta aquí la cutre-moraleja del día, espero que los terrenis de los Colores mágicos os sean un poco más inspiradores que una servidora sino, ¡vamos mal!

Cuidaros mucho estéis donde estéis y recordad ser felices. A veces con muy poquito se puede ser muy feliz. ¡Miento! ¿Qué digo a veces? ¡Siempre se puede ser feliz con muy poco! (Y ale, esto creo que sí ha quedado más inspirador XD). Hasta el domingo. Besos.

Colores mágicos

Capítulo 17- Vencer está en tu cabeza.

Zale acababa de dejar a Nora delante de la puerta de su habitación y había salido como alma que lleva el diablo cuando de los labios de Nora se había escapado un «lo siento». Entonces Nora había detectado rigidez en su rostro y se había encerrado en sí mismo. ¿Cómo era de profundo el pozo misteriosos de Zale? Y mientras seguía preguntándoselo sin obtener respuesta, se fijó en la chica esbelta, de mirada confiada y melena castaña que se estaba acercando a ella.

—¡Por fin! —le dijo Nora poniendo los ojos en blanco—. Creía que no ibas a aparecer nunca, sabes que… —pero cerró la boca cuando se fijó en el hombre que la estaba acompañando.

 —¡Deja de ser una gruñona! —le replicó Alysa aprovechando que Nora parecía haberse quedado sin voz al ver a Reik.

—¿Se puede saber qué le has hecho? —le preguntó cuando se fijó en la venda que llevaba él alrededor de la cabeza.

—¿Yo? Nada —pero se lo dijo con un hilo de voz que a su amiga le pareció falso.

—Un pequeño accidente —matizó Reik riéndose como si encontrase la situación la mar de divertida, y por el rostro avergonzado y algo sonrojado de Alysa, estaba claro que ella sí había tenido algo que ver—. Veo que Zale ya te ha mostrado donde dormiréis —le dijo cambiando de tema. Nora asintió contemplando la puerta de madera oscura—. ¿Sabes dónde está ahora?

—No lo sé —le contestó nerviosa—. Me ha llevado hasta aquí y se ha ido. Parecía tener algo de prisa.

—¿Prisa? —le preguntó Reik tocándose la venda blanca de la cabeza— Pero si ya es muy tarde. ¿Dónde demonios estará?

—Quizá se ha ido a dormir —le dijo Alysa.

—Pero si nuestra habitación es esta —le dijo señalando la puerta que se encontraba a su lado.

—¿Dormís aquí? —le preguntó Alysa visiblemente sorprendida porque no esperaba tenerlos tan cerca.

—Claro —le contestó Reik—. Esto no es muy grande. ¿Dónde os creéis que estáis? Nos vemos mañana.

—¿Seguro que vas a estar bien? —le preguntó Alysa.

—Esto ya está curado —le contestó Reik guiñándole un ojo mientras se encerraba en su habitación para descansar. Alysa entonces se quedó apoyada contra la puerta de la habitación de Reik mientras intentaba tranquilizarse por todo lo que había estado sintiendo durante la última hora.

—¿Vamos a dormir o no? —le preguntó Nora algo impaciente girando el pomo de la puerta.

Cuando Alysa y Nora entraron en la que a partir de ahora sería su habitación, se encontraron con un dormitorio modesto, con tres camas y un pequeño armario que difícilmente hubiera podido acoger toda la ropa de las tres terrenis de La Cruz del Sur. Las paredes de allí dentro se encontraban pintadas con un apagado tono gris y los edredones eran de un color marrón tan triste, que daban ganas de largarse de allí.

—Podría ser peor —le dijo Nora mientras se sentaba en una de las incómodas camas.

—¿Cómo en una cárcel? —le preguntó Alysa con sarcasmo porque no lograba pensar en nada peor que esta diminuta habitación con una iluminación tan lamentable.

—¡Chicas! —las llamó en ese momento Lilah entrando por la puerta.

—¡Dios! —jadeó Nora— Me has dado un susto de muerte. ¡Aprende a llamar la puerta!

—Lo siento —le dijo Lilah entrando con unas bolsas de plástico—. Traigo ropa.

—¿Ropa? —le preguntó Alysa acercándose.

—Para cambiarnos —le explicó—.Mirad.

Lilah tiró el contenido de las bolsas encima de la cama donde se encontraba Nora. Mientras ésta extendía cada una de las prendas para ver qué eran, Alysa se acercó y cogió una camiseta negra que poseía una gran rosa blanca dibujada en su espalda.

—Esto es para dormir —le explicó Lilah mientras le daba el pantalón negro a conjunto—. Y esto es para entrenar.

—¿Entrenar? —le preguntó Nora algo asustada.

—Es broma, es solo ropa de repuesto.

—¿Serán las sobras? —les preguntó Alysa examinando las piezas de algodón que no se parecía para nada a los elegantes uniformes del resto.

—¡No te quejes! Nosotras no somos Rosas Doradas —le reprochó Nora.

—Tampoco te lo tomes así —le dijo Alysa que no lograba entender por qué Nora se mostraba tan susceptible con el tema.

—Dejaros de tonterías —las cortó Lilah—. Y tú —le dijo señalando a Alysa—. Cuéntanos de qué te has enterado.

—De poco —se disculpó ella—. El mapa que encontrasteis con Zale es importante, pero desconozco el motivo.

—¿Reik no te ha dicho nada más? —le pregunto Nora.

—Solo sé que ese mapa estaba en las visiones de Amaranta y que por algún motivo creen que si nosotras tres estamos aquí, nada malo sucederá.

—Cuesta creer que todo esté arreglado cuando sigue existiendo la Primera Base y nuestras compañeras están allí dentro —meditó Lilah dando voz a los pensamientos de las tres—. ¿Y a ti Zale no te ha contado nada?

—Apenas me hablo con él —le contestó Nora levantando los hombros en señal de derrota.

—Entonces parece que debemos pasar a la acción, chicas —les dijo Lilah con un brillo especial en sus ojos mientras tiraba nerviosamente de uno de sus rizos.

—¿Por qué vamos a hacer nada? —le preguntó Nora que era partidaria de quedarse encerrada en la habitación y esperar a que los expertos hicieran su trabajo.

—Porque si no hacemos algo, ¡no nos enteraremos de nada! —se exhasperó Lilah.

—Deja que siga con mis métodos —intentó convencerla Alysa.

—¡No! —se negó Lilah— No hay necesidad que uses tu poder, podemos hacerlo todo más fácil.

—¿De qué estás hablando? —le preguntó Alysa sorprendida porque su amiga parecía haber pensado en algo que a ella se le había pasado por alto.

—¡Hay que seducirlo! —gritó en ese momento Lilah con dramatismo poniéndose de pie encima de la cama.

—¿A quién?

—A Reik.

—¿¡Tú vas a seducir a Reik!? —le preguntó Alysa mientras empezaba a sospechar que Lilah se había dado un fuerte golpe en la cabeza que la había dejado loca.

—No, ¡boba! Tú lo harás —le dijo con orgullo. Lilah empezó a reírse por lo maravilloso de su plan.

—¡Estás loca! ¿¡Como voy a seducirlo!? Además, está prometido con su prima —le gritó señalando a Nora la cual, estaba con el rostro muy serio.

—¡Es cierto! —se maldijo Lilah que parecía que hasta ahora no se había percatado del gran fallo de su estrategia—. Lo siento Nora, pero era una opción que necesitaba poner sobre la mesa.

—¿Opción? —le replicó Alysa—. Esta es la mayor estupidez que jamás has dicho y eso que las tres sabemos que has soltado verdaderas perlas a lo largo de tu vida.

—¡No te pases! —se quejó Lilah.

—Seduce tú a Gerald si tan empeñada estás en seducir a alguien —le lanzó Alysa con amargura.

—Entre nosotros no hay nada.

—Pues bienvenida al club —le contestó Alysa con ironía.

—De las tres —le dijo Nora que aún se sentía cierta camaradería con su prima—. Tú eres la que está más interesada en encontrar un prometido.

—Eso no tiene nada que ver —le contestó Lilah—. Aquí es imposible encontrar un candidato decente.

—Creo que cualquiera de aquí sería mejor que… —la quiso picar Alysa.

—¡Cállate! —la amenazó Lilah—. No quiero escuchar su nombre. Solo de hacerlo me da escalofríos. Entonces si no eres tú ni soy yo —le dijo Lilah a Alysa—. La afortunada será Nora.

—Yo no quiero seducir a nadie —murmuró Nora.

—En realidad quieres, pero no puedes. Aprovecha la atención momentánea de Zale y descubre más cosas sobre su plan.

—¡No puedo hacer tal cosa! —se quejó Nora mientras cogía uno de los pijamas del montón— Será mejor olvidarse de este asunto y pensar en otro plan.

—Yo también creo que es mejor pensar en otra cosa —le dijo Alysa—. Nosotras no pintamos nada con las Rosa Dorada.

—¡Sois un fastidio! —se quejó Lilah tumbándose en una de las camas—. Yo dormiré en esta —les dijo.

Reik ya llevaba más de un par de horas metido en su cama durmiendo plácidamente pero gracias a su entrenamiento exhaustivo y a sus poderes de rubí, abrió sus oscuros ojos cuando escuchó el chasquido de la puerta de su habitación.

—Sabía que estarías despierto —lo saludó Zale metiéndose en su cama.

—¿Se puede saber dónde estabas?

—Dando una vuelta.

—¿Qué ocurre? —le preguntó sin demasiados rodeos saltando hacia su cama. Nada, estuvo a punto de contestarle Zale, pero cuando vio el rostro serio de su amigo, decidió confesárselo.

—Estoy asustado.

—Ya sabes que no va a pasarnos nada —le dijo Reik poniéndole una mano en el hombro—. Amaranta no ha vuelto a tener visiones.

—No lo entiendes. No me refiero a eso.

—¿Entonces de qué hablas? —porque Reik no recordaba un peligro peor y más amenazador que el que había predicho Amaranta.

—Desde que Nora está aquí, me siento inquieto.

—¿En serio me estás diciendo esto? —le preguntó Reik soltando una carcajada— Ahora no empieces a hablarme de mariposas en el estómago o vomitaré.

—¡No te rías! Me burlaba de ella porque me parecía inocente.

—¿De verdad? ¿Y ahora has descubierto que no lo es? —le preguntó cerrando sus ojos y tumbándose a su lado para descansar .Ambos sabemos porqué te metías con ella. Ahora duérmete.

—Antes de ser una Rosa Dorada, soy un hombre —le dijo Zale que no lograba detener la agitación que sentía en su pecho.

—Te olvidas que ahora mismo eres una Rosa Dorada antes de ser nada más.

—¡Un poco de diversión no hace daño! ¡No seas tan estricto!

—Pronto empezará su iniciación —le recordó Reik, y esa palabra, “iniciación”, le recordó a Zale el motivo por el que debía apartarse de ella y dejar de divertirse a su costa.

—¿De verdad crees que Nathael le propondrá ser una Rosa Dorada?

—Sí —le dijo Reik masajeándose las sienes porque su amigo con tantas  preguntas le estaba dando dolor de cabeza—. Y estoy prácticamente seguro que Nora aceptará sin pensárselo ahora que sabe que Amaranta está aquí. Así que apártate o puede complicarse.

—En realidad creo que ella no confía demasiado en mí.

—¡Vaya! Así que la pequeña de la que te has estado burlando resulta no ser una tonta como creías.

—¡Jamás pensé eso de ella! —le contestó Zale bastante ofendido e indignado— Ella obviamente es lista.

—Y si tan fantástica es, ¿no crees que será buena su incorporación al cuerpo? —le preguntó. Zale se quedó en silencio y Reik se incorporó de la cama para ver su rostro— El único que considera esto un problema eres tú. ¡Peor para ti!

—Eres el peor amigo del mundo —le dijo él—. Al menos dime algunas sabias palabras.

—Aléjate de ella antes que sea demasiado tarde o terminarás en verdaderos problemas. Si Nora acepta, sabes que no podrás estar con ella.

—Eso ya lo sé. De momento Nathael no le ha dicho nada y llegados el momento quizá Nora lo rechace.

—Entonces no tienes nada de qué preocuparte —le dijo Reik volviendo a su cama—. Venga, ahora acuéstate que mañana tenemos un largo día.

—¡No me lo recuerdes! —se quejó su amigo tumbándose por fin.

—Hasta mañana.

A Nora le había resultado imposible conciliar el sueño. De hecho, se había pasado toda la noche con los ojos cerrados y dando vueltas en su incómoda cama sin lograr dormirse. Parecía que cuanto más silencioso y tranquilo se encontraba su entorno, más ruidoso era su cerebro.

—Tranquila —le susurró en ese momento una voz masculina desconocida. Nora notaba su boca cubierta por una mano mientras un hombre encapuchado de ojos marrones la contemplaban—. ¿Tú quién eres? —le preguntó nada más ver sus ojos azules y entonces, retiró la mano de su boca rápidamente mientras Nora jadeaba porque se había estado quedando sin aire. Pero antes que Nora pudiera replicarle, se escuchó un fuerte golpe en la habitación y las luces de la habitación se encendieron mientras se fijaba que Alysa acababa de saltar encima de ese hombre.

—¿¡Quién eres!? —le preguntó esa terrenis con los ojos blancos.

—Lo siento —se disculpó él bajándose la capucha de su sudadera roja mientras ella se daban cuenta que era Gerald visiblemente avergonzado.

—¿Qué haces tú aquí? —le preguntó Alysa manteniéndolo encarcelado al lado de la cama de su amiga y entonces, él buscó algo en la habitación y sonrió.

—Vengo a buscarte —le dijo a Lilah la cual se había quedado acurrucada en su cama contemplando la escena.

—¡Ni en sueños! —le gritó cubriéndose con su edredón marrón y entonces, Gerald aprovechó que Alysa lo había soltado para acercarse a la cama de Lilah. Él tiró de ese espantoso edredón con fuerza mientras Lilah chillaba y se la cargó a los hombros como si fuera un saco de patatas.

—¡Bájame, estúpido! —le gritó ella mientras los rizos se le esparramaban por la espalda de Gerald e intentaba tirar de su sudadera roja para que la soltara— ¡Estaba durmiendo!

—Ya es hora de despertarse —le contestó burlonamente dirigiéndose hacia la puerta donde Lilah clavó sus uñas en el marco de madera.

—Me la llevo a entrenar —les explicó a Alysa y Nora—. Es una orden de Nathael, podéis preguntárselo.

De esta forma Gerald arrancó a Lilah del marco de la puerta y se la llevó mientras ésta intentaba peinarse sobre la marcha y tiraba de su camiseta para que no se le viera nada.

—¿Sabes que voy en pijama? —le preguntó Lilah malhumorada— Podrías haberme dejado cambiar.

—Tonterías, ¿qué importa la ropa que lleves?

—¡¡A mí me importa!! —le gritó molesta e irritada.

—Aquí no estamos en un desfile de moda —le dijo mientras Lilah se fijaba en todos los terrenis uniformados con los que se iban cruzando. La verdad es que allí dentro tampoco importaba demasiado si entrenaba con un maldito chándal puesto o un pijama porque ninguno de esos terrenis podría ser su prometido jamás.

—Hoy vamos a intentar hacer otra cosa —le explicó Gerald llamando a la puerta donde habían entrenado la vez anterior.

—¿Qué estás tramando? —le preguntó. Gerald le sonrió mientras la dejaba en el suelo y entraban. Dos hombres vestidos con el chándal dorado y blanco de las Rosas Doradas la saludaron mientras ella no podía creerse que ese psicópata de su lado hubiera planeado esto— ¡Dios mío! —exclamó Lilah.

—No pongas esta cara de pánico, es lamentable —la provocó Gerald para ridiculizarla—. Ellos lucharán contra ti.

—¿Los dos? —le preguntó asustada.

—Nosotros contra ellos —le dijo Gerald mientras se acercaba a sus adversarios y los saludaba con una masculina palmada en la espalda.

—Hoy me apetecería más pelear contigo —le dijo Lilah fulminándolo con la mirada y cambiando sus ojos al naranja—. Te mereces más de un golpe por lo que me estás haciendo.

—Eso está bien —le dijo Gerald quitándose la sudadera y quedándose con una camiseta roja sin mangas que se le ceñía al pecho—. Ahora utiliza tu furia —le dijo mientras los ojos de sus adversarios cambiaban al verde.

—¡Son dos jades! —se quejó Lilah— ¿Estás loco? —pero nada más preguntárselo Gerald la miró y sus ojos marrones y apagados, cambiaron a una multitud de colores. Una explosión de arcoíris apareció en ellos y Lilah no pudo hacer otra cosa que asombrarse y reírse por haber sido tan estúpida— ¡Eres un topacio místico! —le dijo ella sin apartar sus naranjas ojos de los de él.

—¿No crees que es la mejor pareja para un topacio imperial?

Gerald se lo preguntó con tanta chulería y prepotencia, que a Lilah le arrancó una sonora carcajada. Sin duda que fuera un topacio místico lo cambiaba todo. Gerald era capaz de concentrar distintos poderes en sí mismo, cada uno de los colores de sus ojos así lo reflejaba y si bien no podía especializarse en ninguno, eso lo hacía sumamente versátil en la lucha. Así que si ambos eran topacios no era tan descabellado que él pudiera terminar convirtiéndose en su Escolta. En ese momento Lilah se descubrió a sí misma riéndose tontamente por semejante descubrimiento y fantaseando con él. ¿Cómo sería cederle su poder a él? Realmente un topacio místico podría hacer cosas asombrosas y además…

—¡LILAH! ¡Por dios! ¿Qué haces plantada allí sin moverte? —le gritó Gerald.

—Lo siento —se disculpó con el rostro enrojecido.

—¿Tan impresionante te parezco?

Un par de topacios empezaron a pelear contra dos jades los cuales, parecían mellizos por lo bien sincronizados que estaban. Sus movimientos eran tan fluidos que a Lilah y Gerald les resultó prácticamente imposible golpearlos. Cada vez que habían intentado atacarlos ellos se habían apartado elegantemente detectando sin ningún tipo de dificultad su puntos débiles.

—Eso es lo que necesito hacer contigo —le dijo Gerald a Lilah limpiándose el sudor de su rostro con la camiseta mientras ella contemplaba disimuladamente sus abdominales como si fueran un cuadro.

—Solo necesitas mi poder —le dijo ella quitándole importancia al asunto, porque estaba segura si Gerald lograba convertirse en su Escolta, los ganaría.

—¡No es así! —le contestó rabioso mientras la sujetaba por la muñeca— ¿Crees que estamos bromeando?

—Lo siento. Yo no soy como vosotros —se disculpó abochornada.

—No lo eres —le dijo Gerald mirándola seriamente y entonces, ese hombre brusco que siempre se metía con ella y que parecía un maldito antipático le sonrió mostrándole sus resplandecientes dientes—. Tú serás mejor que todos nosotros, Lilah —le dijo Gerald abrazándola mientras a ella se le escapaban unas lágrimas—. El entrenamiento se ha terminado por hoy —les dijo Gerald a sus compañeros mientras Lilah no dejaba de llorar contra la camiseta de ese terrenis—.Es normal sentir miedo —le susurró cuando se quedaron a solas. Ella apartó su cabeza de su pecho y lo miró al rostro. Gerald era un chico tan alto y grande que en sus brazos no podía evitar sentirse menuda y  terriblemente segura—. Los más valientes son los que sienten el miedo y lo vencen —le dijo tirando juguetonamente de uno de los despeinados rizos de Lilah mientras ella le sonreía aún con las lágrimas en su mejilla—. Ahora vete a dar una ducha y come algo.

Lilah cumplió la orden de Gerald mientras sentía que el entrenamiento de la mañana había sido más mental que físico. Que Gerald quisiera ser su Escolta no era un mero capricho como tampoco lo era lo que estaban haciendo allí dentro las Rosas Doradas. Tampoco era casualidad que ella hubiera terminado dando con él y que justamente de entre todos, hubiera sido Gerald el que le hubiera dicho aquellas reveladoras palabras. Tengo miedo, pensó Lilah mientras se peinaba sus rizos y tocaba el que Gerald había acariciado, ¡pero voy a vencerlo!

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Acerca de: Clover

Clover

Alma inquieta. Proyecto de creadora de mundos. Hada del país de la piruleta en mis tiempos libres. Analizo todas las series asiáticas que encuentro. Me gusta leer manga, jugar a MMORPG y aprender japonés.

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