Colores mágicos: capítulo 14 – Hombres de piedra

¡Feliz domingo! Sin darme cuenta ya estamos de vuelta por aquí (¡si parece que fue ayer que aún estaba escribiendo los Desconocidos!).

No sé si os ha ocurrido alguna vez pero yo hay veces que me enfado tanto con el mundo en general, que me encantaría poder meterme en una burbujita de aire y no salir de allí. Poder volar apaciblemente metida en esa pompa por el cielo en silencio y disfrutar de sus vistas (soy así de “rara” y me imagino este tipo de cosas XD). Pero después lo pienso con detenimiento (cuando ya se me ha pasado el “calentón”) y me doy cuenta que son precisamente estas situaciones desesperantes (por no llamarlas de otra manera más malsonante) las que nos dan una lección de vida. Cuando el mundo parece encontrarse más patas arriba, cuando parece que se encuentra más oscuro y perdido, creo que es el momento idóneo para darnos la mano y demostrarle que en realidad, estamos allí y que nada, absolutamente nada, está completamente perdido. Por mí parte seguiré velando por ello, para que la libertad, la solidaridad y la felicidad sean más que simples palabras. Rellenar su significado es lo complicado, mimarlas y cuidarlas para que no rebosen, pero como alguien dijo sabiamente una vez, ¿quién dijo que fuera fácil?

Os dejo con lo más nuevo de los Colores mágicos, ya sabéis que me encontrareis de vuelta el miércoles. ¡Millones de gracias por apoyarme tanto!

Colores mágicos

Capítulo 14- Hombres de pierda.

Nora corría lo más rápido que podía para atrapar a su amiga Alysa antes que ésta pudiera llegara al despacho de Nathael. Y al menos por un instante, pareció ser su día de suerte porque gracias a una terrenis uniformada que se encontraba obstaculizando el pasillo, pudo llegar a tiempo y detenerla.

—¿Se puede saber qué te ocurre? —le exigió Nora nada más atraparla.

—¡Nada! —le contestó, pero el rostro compungido de Alysa le decía todo lo contrario.

—¡Venga ya! —exclamó chasqueando la lengua.

—¿No te parece una locura todo esto, Nora? ¡Son de la Rosa Dorada!

—Lo es, pero debemos estar más juntas que nunca —le dijo, porque Nora necesitaba sentir a su mejor amiga más cerca que nunca y saber qué estaba pensando—. ¿Por qué te has puesto a la defensiva antes?

—Por nada —le dijo Alysa apartando el rostro para no mirarla.

—¿Es por qué te gusta? —la provocó con la esperanza de desentrañar la verdad.

—¿Quién?

—¡Reik! —le gritó Nora tan alto que Alysa deseó ponerle una mano en la boca para que se callara.

—¡Estás loca! ¿Qué demonios os ocurre a todos hoy? ¡Por supuesto que no!

—¿A todos?

—¡No tengo tiempo para tus tonterías! —le gritó deshaciéndose de su mano. Nora se quedó sola en el pasillo mientras Alysa alcanzaba la puerta y se metía dentro del despacho de Nathael.

—¡Espérame! —le gritó en ese momento Lilah que acababa de llegar corriendo—. Yo también quiero estar en la reunión.

—Pues démonos prisa o Alysa empezará sin nosotras.

Un despacho de paredes verdes decorado con muebles de madera clara. Con unas floreadas cortinas y unas vulgares estanterías con libros donde encima de un modesto escrito se encontraba un jarrón lleno de rosas. Si no fuera por esas flores ese era sin duda el despacho menos elegante y sofisticado que pudiera existir y más, si se trataba del de un general.

—Cuéntanoslo todo —le exigió Alysa.

—Supongo que entenderéis que no puedo hacerlo —le contestó Nathael mientras contemplaba a las tres terrenis que se encontraban sentadas en el sofá gris de la esquina—. No sois miembros de la Rosa Dorada —les recordó por si no se habían dado cuenta de la diferencia de su indumentaria.

—¡Ya empezamos! —resopló Lilah.

—Amaranta vio algo —siguió explicándoles Nathael—. Por eso estáis hoy aquí.

—¿Y qué vio? —le preguntó Alysa con la mosca detrás de la oreja porque apenas llevaban allí dentro unos minutos y todo el mundo no dejaba de hablar de la tal Amaranta como si fuera una divinidad.

—Queríamos que vieras con tus propios ojos lo que estaban haciendo con Vanir. Así todo podía resultar más sencillo.

—Querrás decir que así nos podías manipular —le corrigió Alysa.

—El resultado es el mismo —le dijo con un tono de indiferencia. Las tres notaron entonces un escalofrío helado yque les atravesó la columna vertebral porque ese hombre parecía acostumbrado a muchas cosas retorcidas.

—¿Y por qué yo? —le insistió Alysa.

—Porque sabíamos que si lo veías tú, ellas te seguirían.

—Así que nosotras somos la que la seguimos —le dijo Lilah con sarcasmo.

—Creo que no solo eres eso, ¿no? Un topacio imperial es raro, muy único diría yo.

—¿Cómo sabe que yo soy? —le preguntó asombrada porque rara vez se lo había contado a alguien.

—Aquí sabemos muchas cosas —le contestó. Alysa resopló para mostrar su desacuerdo.

—Así que de las tres —habló por primera vez Nora—. Yo soy la menos importante —le dijo sintiéndose fuera de lugar.

—Aquí dentro trabaja mucha gente, Nora. No todos poseen poderes del estilo de los de Alysa y Lilah. El tuyo es sencillamente otro, no debes cerrarte a él.

—Claro —le respondió con sarcasmo—. Pero estoy segura que si pudiera hacer lo que hacen ellas…—le susurró porque volvía a sentirse inferior a ellas.

—Sigues comparándote y viendo lo que te falta —le dijo Nathael poniéndole una mano en el hombro—. ¿Por qué no te fijas en lo que sí tienes? —Nora se quedó observando los ojos del general mientras pensaba en sus sabias palabras.

—¿Y qué os importamos nosotras? —le preguntó Alysa que no deseaba desviarse más del tema. Nathael le sonrió por su implacable insistencia.

—Amaranta.

—¡Otra vez ella! —exclamó Lilah— Parece que es el centro del mundo.

—No nos gusta hablar sobre sus predicciones, pueden acarrear fatídicas consecuencias para todos. Por eso nos mostramos tan cerrados con este tema. No es algo que hagamos con gusto sino por necesidad.

—¿Y Vanir? —le preguntó Alysa— ¿Qué ocurre con él si no es una Rosa Dorada?

—Lo es.

—¡Imposible! —gritó Alysa levantándose del sofá— ¡Si él no quería que fuera a la Primera base!

—Digamos que Vanir cree que evitar las predicciones de Amaranta nos traerá un futuro peor.

—¿Peor que, qué?

—Buen intento, Alysa, pero no voy a decírtelo.

—Entonces explícanos todo lo que sí puedes decirnos —le exigió Lilah.

—Estáis en una pequeña base de la Rosa Dorada, apenas somos una treintena. Podríamos decir que ahora estamos en una misión bastante extraoficial aunque tenemos consentimiento para actuar.

—¿Actuar? —le preguntó Nora.

—Queremos detener el Proyecto Atenea como sea, y a pesar que es un proyecto aparentemente legal y subvencionado por el estado…

—Entonces, ¿por qué la Rosa Dorada se inmiscuye? —lo interrumpió Alysa porque su cerebro siempre iba un paso por delante.

—Porque la teoría y la practica son dos cosas distintas. Sois jóvenes, pero pronto descubriréis que no todo es cómo se supone que debe ser. El Proyecto Atenea debía ceñirse a límites, ser un avance científico para todos los terrenis pero está llegando a un punto de descontrol. En la Primera Base se están cometiendo flagrantes irregularidades que no podemos permitirnos.

—Querrás decir torturas —le corrigió Alysa recordando a Vanir.

—Exacto, y ahora debemos actuar, pero no podemos hacerlo públicamente, al menos sin que nuestra reputación y la del gobierno estén en juego.

—Así que el gobierno espera que limpiéis el desastre que ellos mismos crearon aprobando esta locura de proyecto —le dijo Nora.

—Más o menos. Si no lo hacemos silenciosamente, las consecuencias podrían ser incluso peores de las que son ahora —les dijo. Y aunque Alysa no se creyó sus palabras del todo porque nada podía ser peor a lo que ya había visto, estuvo de acuerdo, al menos parcialmente, con su discurso. Ahora entendía porqué todos se mostraban tan herméticos y porqué apenas hablaban del tema. Esto era algo complicado, que se escapaba de ellas y llegaba hasta ni nada más ni nada menos que al gobierno y las Rosas Doradas. Entonces intentó pensar qué demonios pensarían sus padres si se enteraban de esto y se estremeció.

—Por supuesto, sobra decir que nada de hablar con nadie, eso incluye a vuestra familia. ¿De acuerdo?

Las tres asintieron mientras notaban que les costaba respirar. ¿Qué podría haber visto Amaranta que pudiera implicarlas a ellas tres? Tres jóvenes terrenis que no habían ni terminado sus estudios metidas en temas de la Rosa Dorada y del gobierno. ¡Menuda locura!, pensó Lilah mientras salía del despacho junto a Nora.

—¡Alysa! —la llamó disimuladamente Nathael antes que pudiera irse con el resto.

—¿Si?

—¿Te gustaría ver a Vanir? —ella asintió mientras notaba un dolor agudo en el pecho.

Lilah salió del despacho sin comprenderlo, ¿qué tenía ella que ver con el gobierno? Solo era una terrenis bocazas más preocupada por encontrar marido antes que sus padres la casaran con un terrenis feo, gordo y tonto. Entonces suspiró porque allí dentro le sería imposible encontrar un candidato. Las Rosas Doradas eran hombres fieles a sus propios principios y tanto la familia como un matrimonio estable, no entraba en sus planes.

—Voy a ir a buscar a Zale —le dijo Nora.

—¿Estás bien? —le preguntó porque se la veía bastante afectada.

—Sí, solo un poco cansada —le dijo su amiga alejándose.

Lilah puso sus ojos en blanco mientras pensaba en su mala suerte y en su prometido. Entonces notó como algo tiraba de ella con fuerza hacia el suelo y se caía. El pequeño y delgado cuerpo de Lilah terminó estampado contra una roca de casi dos metros de altura y al levantar la cabeza vio que se trataba del cuerpo de Gerald.

—¿Empezamos nuestro entrenamiento? —le preguntó ese chico que se había cambiado de ropa e iba con pantalones deportivos y camiseta de manga corta negra.

—¿¡Estás loco!? ¿Qué haces?

—Te lo dije—le dijo Gerald ayudándola a levantarse—. Necesito que hagas eso que hacen los imperiales conmigo —Lilah resopló porque tenía cosas más importantes en las que pensar que en satisfacer los deseos de ese hombre caprichoso y con pocos modales.

—Ya te lo expliqué, no funciona así. Si te abalanzas encima de mí, ¿cómo voy a confiar en ti? ¡Ni siquiera me lo planteo!

—¿Por qué?

—No puedo creerme que me lo estés preguntando enserio —le dijo a Gerald mientras éste pestañeaba sin comprenderlo—. Eres un chico raro.

—¿Eso significa que vas a entrenar conmigo?

—Bueno, en realidad no tengo nada mejor que hacer y encerrarme en mi habitación me parece una tortura.

—¡Empecemos! —le contestó él con un brillo renovado en la mirada.

Lilah se asustó un poco al encontrarse encerrada en la sala de entrenamiento con Gerald porque quizá pelear con un hombre tan alto y grande no era la decisión más acertada. ¡Soy una boscazas!, se lamentó mientras Gerald empezaba a atacarla y ella corría por la sala como un cervatillo asustado.

Una pequeña habitación llena de aparatos, cables y sábanas. Toda ella parecía encontrarse quirurgicamente bien equipada, o al menos lo suficiente para poder salvar a cualquier terrenis de la muerte. Darse cuenta de ello tranquilizó a Alysa porque a pesar que Nathael le había dicho que esa era una base más bien modesta, no habían escatimado en recursos y atenciones médicas para salvarlo. En ese momento Vanir se encontraba tumbado en su cama y tapado hasta el cuello con unas sábanas de un tono turquesa. A esa distancia ella no logró ver cómo se encontraba y antes que pudiera acercarse, una mujer vestida con una bata blanca la asustó.

—Ahora se encuentra descansando —le dijo mientras dejaba unos papeles encima de una repisa y los dejaba a solas. Entonces Alysa aprovechó para acercarse a Vanir y lo encontró durmiendo. Esta vez parecía algo más relajado y tranquilo pero su piel seguía siendo más pálida de lo que Alysa recordaba. Ella sintió el impulso de apartarle un largo mechón de su mejilla y de asegurarse que se encontraba respirando y vivo.

—Lo siento tanto —le susurró mientras notaba cierta calidez en su rostro que le sabía a gloria. ¡Está vivo!, se maravilló sin apartar la mano de su mejilla mientras la respiración de Vanir se hacía cada vez más y más profunda.

—¿Alysa? —le preguntó él sin abrir los ojos y con una voz muy ronca. A ella la mano le tembló un poco y notó como él se removía—. Hola —le sonrió tímidamente abriendo sus ojos mientras ella se quedaba congelada acariciándole la mejilla.

—Estás… —le dijo asombrándose porque sus ojos volvían a ser tan verdes como siempre. Un par de piedras parecidas al jade la miraban a ella mientras Alysa solo podía alegrarse porque no hubiera perdido toda su vitalidad—. Entonces eso significa que sigues siendo un rubí —le dijo soltando todo el aire que había estado manteniendo en sus pulmones porque esa, junto a su lucha contra la muerte, eran las dos cosas que más la habían estado preocupando.

—No soy tan débil —le dijo Vanir incorporándose. Alysa apartó disimuladamente sus ojos de él porque su pecho se encontraba desnudo pero no pudo mantenerlos muy alejados porque un tatuaje negro como el carbón despertó su curiosidad—. Es nuestro emblema —le explicó Vanir mostrándole la rosa negra que se encontraba tatuada justo donde se encontraba su corazón.

—Pero no es Dorada —le dijo ella.

—No, a nosotros no nos está permitido llevarla dorada. La nuestra es negra, la que nos recuerda la oscuridad del alma.

—Suena escalofriante —le contestó mientras se fijaba que en realidad, ahora Vanir le parecía un poco distinto. Si bien seguía siendo bajito y más menudo que el resto, también era musculoso y había en él una seguridad y determinación, que lo hacían verse más maduro y adulto—. Nos engañasteis bien —le dijo sintiéndose dolida con él.

—Demasiado bien, por desgracia. ¿Cómo lograsteis llegar hasta aquí?

—Ni yo misma lo sé, Amaranta vio algo y sucedieron así las cosas.

—Amaranta —repitió su nombre como si fuera una burla—.Con Amaranta todo son silencios y secretos.

—Creo que empiezo a darme cuenta de eso —le dijo Alysa acercándose a su cama—. Siento tanto lo que te ha ocurrido. Si te hubiera hecho caso desde el principio.

—¿Crees que no me hubiera ocurrido esto igualmente?

—No lo sé —le contestó Alysa que apenas sabía nada—. Pero es una posibilidad.

—Me gusta tu forma de pensar. Es una novedad aquí dentro —le dijo Vanir sujetando la mano de Alysa—. Ahora estoy recuperado.

—Sí —le contestó ella sin apartar sus ojos de los ojos verdes de él mientras la puerta de su habitación se abría.

—¿¡Se puede saber qué haces tú aquí!? —le preguntó Reik con un tono acusativo mientras Zale murmuraba por lo bajo que estaba claro lo que esos dos hacían.

—Nathael me ha dado permiso —le contestó Alysa molesta porque él la estuviera tratando como a una estúpida. Entonces Reik se fijó en la mano de Vanir que seguía agarrando la de Alysa

—¿Permiso para qué? —le preguntó. Ella apartó su mano mientras enrojecía.

—Creo que vendré a verte más tarde —le susurró Alysa a Vanir—.Cuando todo esté más tranquilo.

—Me gusta más cuando estamos a solas —le dijo él con cierto brillo en su mirada mientras Reik fingía no prestarles atención y tomaba ciertos productos de la estantería.

—¡Alysa! —la llamó Zael antes que se fuera—. ¿Sabes dónde se encuentra Nora?

—No, pero creo que dijo que quería ir a verte.

—¿A mí? No la he visto —le contestó antes que Alysa se largaba—. Reik, supongo que puedes encargarte de esto tú solo, ¿verdad?

—Claro —le contestó mientras su amigo salía de la habitación a toda prisa.

Nora se encontraba nostálgica mientras pensaba en todo lo que les había contado Nathael; desde la implicación involuntaria del gobierno, lo de la Rosa Dorada hasta el motivo por el cual ellas habían terminado allí dentro metidas. De las tres, ella era la menos especial, pero tal y como le había recordado Nathael, era igualmente valiosa. Esa revelación tan absoluta la había impactado mucho y más, por la forma en que se lo había dicho ese general tan seguro y autoritario.

Zale se encontró a Nora sentada en una de las mesas de la cafetería sola y con la mirada perdida, entonces no quiso molestarla y se sentó en otra mesa permaneciendo en silencio contemplándola. Seguramente ella tenía mucha información que asimilar y muchos datos confusos y contradictorios que la estarían agobiando. Él en el pasado también había pasado por su misma situación a causa de sus inseguridades y solo deseaba que ahora Nora pensara en todo lo que acababa de ganar y en todo lo que podría encontrar si se quedaba con ellos. La Rosa Dorada podría llenar sus huecos, vacíos y carencias además, aquí estaba Amaranta y egoístamente también pensó que aquí estaba él y que solo por eso debía quedarse.

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Acerca de: Clover

Alma inquieta. Proyecto de creadora de mundos. Hada del país de la piruleta en mis tiempos libres. Analizo todas las series asiáticas que encuentro. Me gusta leer manga, jugar a MMORPG y aprender japonés.

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