El soldado invencible: capítulo 2 – Victoria

¡¡Muy buenos días!! ¿Qué tal la semana? Espero que haya sido excelente. Hoy os traigo algo bastante predecible, la segunda parte ;). De verdad, es una historia que he disfrutado muchísimo, me entristece un poco despedirme de Ceres pero ya vendrán muchas otras nuevas historias. Nos vemos la próxima semana con cosas interesantes. Os deseo,¡feliz lectura!

**Nota: ¡Buenas! Soy la Clover del 2017, solo aparezco por aquí para informar que este capítulo voló por los aires y en su ausencia, apareció otro. ¿Eso qué quiere decir? Que modifiqué la historia porque era demasiado apresurada y así la he dejado (gracias a todos los comentarios que día a día me ayudan a mejorar. ¡Os quiero!).


EL SOLDADO INVENCIBLE

ÍNDICE CAPÍTULOS

Capítulo- 2: Victoria.

La atmósfera se ennegreció de repente, los árboles dejaron de moverse y el rostro de Lean se endureció. Ceres supo que lo que estaba viendo detrás de ella no eran buenas noticias. Todo a su alrededor se quedó en un silencio escalofriante que conocía demasiado bien.

–Prepara tu espada –le ordenó Lean. Ceres palpó el mango y asintió mientras él se alejaba para preparar el contraataque. Entonces Ceres se dio la vuelta y se alivió porque no eran demasiados.

—¿Tienes miedo? —le preguntó el hombre que se encontraba a su lado atándose el casco. Ella lo observó sin titubear.

—Yo ya he luchado contra ellos —le recordó. El hombre asintió y le sonrió con tristeza.

—Saliste con vida —le dijo. Ceres entonces no se atrevió a confesarle que había sido de las pocas supervivientes, que habían masacrado a soldados mejor preparados que él y que esa mano temblorosa que intentaba atarse el casco, de poco le serviría contra ellos.

El silencio y la impaciencia entre las filas ordenadas de soldados dejaron paso a los gritos y al dolor. Hombres blandiendo sus armas con desesperación ante un enemigo atroz. Ceres vio a su enemigo y se impacientó, en otras circunstancias hubiera sido una mala decisión romper filas, pero anhelaba tanto llevarse a esos monstruos por delante, que arrancó a correr como un vendaval. Estocada a estocada empezó a sentirse más liviana, el dolor remitió y le dejó un sabor amargo pero gratificante. La ira la hizo sentir más viva que nunca y a medida que fue acabando con cada uno de ellos, se sintió más limpia. Entonces, cuando ya lo había dado todo por ganado, Ceres se dio la vuelta y horrorizada, encontró varios cuerpos de soldados muertos. Uno de esos era el hombre con la mano temblorosa y algo dentro de ella le recriminó el hecho que se hubiera alejado de su lazo.

–Ceres, ¿estás bien? —le preguntó Lean cuando la encontró contemplando a Hedgar. Ceres no contestó a ninguna de sus preguntas. No las escuchó. Su alma se encontraba lejos, con los suyos, y por un momento deseó ser ella el cuerpo frío y desangrado para dejar de sentir la culpa.

—¡¡CERES!! —la llama una última vez Lean. Paulatinamente ella recuperó el color en el rostro— Te prohíbo que te vayas —le dijo con ese tono autoritario que solo un comandante posee. Ceres bajó su rostro avergonzada por lo inútil que resultaba— ¡Así no! —exclamó Lean levantándoselo con orgullo— ¡Lucha cómo te hemos enseñado! —le ordenó entregándole su espada del suelo. Ceres observó el metal manchado de sangre y lo comprendió. Repitió mentalmente su juramento y recordó que con él había renunciado a muchas decisiones. Ceres luchó sin titubear esa tarde con la mente más nítida que nunca hasta que el enemigo desapareció de este mundo.

Ceres contemplaba a Lean sin pestañear. Él se encontraba sentado en la mesa de su tienda aún con sangre en sus brazos y manchado de barro.

–Todos poseemos sueños y esperanzas –le dijo Lean– ¿Crees que quiero morir? ¿Crees que soy indiferente ante la muerte de cualquiera de mis hombres? Hoy han muerto muchos de mis hombres —le confesó con un atisbo de humanidad y compasión que sorprendió a Ceres–¿Qué quieres tú? ¿Cuáles son tus esperanzas? –le preguntó. Entonces Ceres vio algo extraño en él como si sus debilidades lo hicieran más fuerte— ¿Qué quieres? —le insistió.

Ceres se acercó a él y deseó reconfortarlo, decirle que cada uno de sus hombres había acudido a él por voluntad propia y que ésta era una carga que podían llevar entre todos. Entonces colocó una mano encima de esa mejilla quemada donde la carne era algo más oscura e irregular. Lean no se apartó, se quedó expectante ante el repentino acercamiento de ella. Un brillo se encendió en sus magníficos ojos esmeralda y Ceres le sonrió. Para Lean en ese momento ella parecía una diosa, tan pausada y etérea como si fuera un espejismo.

–No estás solo –le recordó ella.

–Soy responsable de este fracaso –le contestó Lean.

Ceres se avergonzó por haberse quejado de su carga cuando la de él era mucho más pesada. ¿De cuántas muertes se habría hecho responsable? Entonces Ceres se acercó a Lean y le demostró que ambos estaban compuestos por la misma carne y hueso. Ceres besó a Lean para consolarlo desesperadamente y ambos fueron cómplices de los remordimientos del otro.

Para Lean ella acababa de romper con su soga, la de un hombre obligado a ser perfecto cuando estaba cargado de imperfecciones. Ceres en un momento del beso dudó, su conciencia de soldado aún le gritaba que lo que estaba haciendo era una locura y que besar a un comandante estaba mal, pero entonces recordó las palabras de ese comandante, la forma en que le había hablado de sueños y esperanzas cuando él no podía hablar de esas cosas y se dio cuenta que Lean no era como el resto. Ceres se apartó sin decirle nada con el corazón acelerado. Lean le sonrió con tristeza y lo que le dijo fue peor que la muerte.

—Acabas de hacerme débil, Ceres. ¿Cómo voy a poder separarme de ti?

Una noche oscura y pesada en la cual Ceres recordó más de su pasado de lo que le hubiera gustado. Con ella aparecieron las palabras de un mal presagio que creía ya olvidadas: la debilidad significa la muerte.

—Si no desayunas ya —le dijo Lean al percatarse que Ceres no había tocado la comida—. Vas a quedarte sin la comida más importante del día.

—No tengo hambre –le contestó ella.

—¿Qué te preocupa? —le insistió él metiéndose un trozo de pan en la boca— Bueno, qué más te preocupa —le dijo mandando una mirada al mapa que descansaba a su lado. Un dibujo a carboncillo lleno de marcas rojas y negras que auguraba el color de la batalla.

—Lo sabes —le susurró Ceres para que el guardia de la puerta no los escuchara.

—¿Piensas en mí? —le preguntó Lean con diversión.

—¡Deja de bromear! No deberías estar pensando en nada de esto ahora mismo —lo regañó mientras cogía el mapa y se lo ponía delante—. ¡Esta es nuestra prioridad!

—Jamás ha dejado de serlo —le dijo Lean serio y con la mandíbula apretada—. Son cosas distintas.

—Por supuesto —le contestó ella avergonzada porque acababa de colocar sus asuntos personales al mismo nivel que los del Rey.

—No hay vergüenza en nada de lo que hemos hecho —le dijo Lean al percatarse del color de sus mejillas. Ceres enmudeció, se fijó en los felinos ojos de jade de Lean y se ruborizó al recordar lo que había sucedido el día anterior.

—¡Señor! —los interrumpió en ese momento el soldado que había estado haciendo guardia en la puerta de la tienda— Es urgente, debe ver esto cuanto antes.

Lean dejó su desayuno a medio terminar y salió corriendo de la tienda. Otro mal día, pensó Ceres cuando ante sus ojos se abrió un estremecedor paisaje. Cuatro de los hombres que habían estado de guardia nocturna yacían muertos con el rostro parcialmente desfigurado.

—¡Son unos monstruos cobardes! –exclamó un soldado. Ceres se fijó en todos los hombres que rodeaban a Lean; nerviosos, ansiosos y armados hasta los dientes, pero sin un trozo de carne al que cortar para aliviar su rabia.

—¡Estoy harto! —estalló Lean empujando a sus hombres para que le dejaran espacio mientras esos cadáveres se le clavaban en el orgullo— Saldremos hoy mismo hacia las montañas y los masacraremos.

—Pero señor… —lo interrumpió su mano derecha— El Rey aún no ha dado la orden —le recordó.

—¡No me importa! —le gritó Lean enfurecido— Nosotros no somos unos cobardes, estamos aquí para luchar y eso es lo que haremos—le dijo señalando a los soldados muertos—. ¿Estáis aquí para luchar conmigo? —les preguntó a sus hombres.

Todos los hombres asintieron con fiereza mientras levantaban sus armas con emoción y orgullo. Ceres se mantuvo muda mientras los observaba con escepticismo y recelo. Ella también había estado en ese lado llamado venganza, donde todo se teñía de rojo y sonaba el metalizado de la espada marcando la cuenta atrás, un lado estúpido y temerario que podría llevarlos a la muerte.

—¿No estás contenta, Ceres? —le preguntó Germi sacándola de sus reflexiones— Por fin vas a tener tu anhelada justicia.

—He aprendido que la venganza te vuelve torpe —le contestó Ceres mirando sus ojos demasiado jóvenes y puros.

—¡Qué curioso! Esas mismas palabras me las dijo mi tío una vez.

Ceres se fijó entonces en Lean que acababa de arrodillarse al lado de sus hombres caídos. Les susurró unas palabras y a Ceres se le encogió el corazón por la forma en que los estaba tratando.

—¡En marcha! —ordenó Lean a sus hombres poniéndose de pie.

La caminata de ese día fue tal y como Ceres había esperado, a marchas forzadas y sin apenas pausas para comer porque su comandante estaba decidido a encontrarse con su enemigo. Cuando cayó la noche en las montañas y Lean dejó claro que no reposarían, Ceres no lo aguantó más y decidió saltarse otra de sus normas de oro, la obediencia.

—No puedes seguir presionando así a tus hombres —le dijo Ceres a Lean con la esperanza que los dejara descansar unas horas—. Los llevarás a la extenuación.

—Descansaremos cuando muramos —le contestó Lea con la voz helada.

—Moriremos todos si seguimos así —le recriminó, y como él no le contestó Ceres se vio obligada a seguir hablándole— Lean, escúchame.

—Tengo mucho en lo que pensar —le dijo para dar por concluida la conversación.

—¿Se puede saber por qué no paramos? —le preguntó Germi.

—Pregúntaselo a tu tío —le contestó Ceres con sarcasmo.

En ese momento el segundo al mando se acercó a Lean para persuadirlo. Por su expresión facial estaba claro que había fracasado así que Ceres decidió intentarlo una última vez con la esperanza de salvar a todos sus hombres.

—¡Mañana lucharemos! —le gritó Ceres— Pero hoy, danos esto al menos, una noche de descanso digno. ¡Mira a tus hombres! —le imploró.

Lean pestañeó un par de veces y después recorrió con sus ojos el escuadrón. Se fijó en el rostro decidido de sus hombres, pero también en su suciedad y cansancio acumulado.

—Está bien —claudicó mientras todos respiraban aliviados.

El escuadrón se resguardó en un pequeño claro donde montaron un campamento provisional mientras comían las pocas provisiones que les quedaban y se tumbaban al ras para dormir.

Ceres intentaba dormir con el resto, pero le resultaba imposible. No le importaba dormir al aire libre sin comodidades, pero había un hombre que le preocupaba. Lean seguía alejado, apoyado contra el tronco de un árbol mientras observaba la oscuridad del bosque.

—Ellos no esperan nada, solo son tus deseos —le dijo Ceres acercándose a Lean. Él la miró sorprendido—. Yo también los veo, a los fantasmas de la guerra.

—No los llames así, son nuestros hermanos muertos.

—Lo eran —le recordó Ceres—. Las voces que escuchas no son reales.

—¿Qué importa? —le preguntó Lean— No sé qué hacemos aquí parados cuando deberíamos estar vengándolos.

—Mañana honraremos a los nuestros —le recordó Ceres. Lean apretó las manos en un puño impaciente—. Sé que quieres deshacerte de mí —le dijo Ceres sentándose a su lado—. Tú me enseñaste que la ira no es buena, nos hace torpes.

—Yo jamás te enseñé nada de eso, me estás confundiendo con otro.

—¡Imposible! Has sido el primero que me ha hablado de estas cosas. Me has hablado de la esperanza, sueños e incluso de un matrimonio absurdo, ¿recuerdas?

—Cierto.

—Quién sabe, quizá mañana salgamos con vida y sea yo la absurda.

—Lo haremos por ellos —le dijo Lean señalando la espesura donde veía el rostro de sus hombres muertos.

—Me prometiste justicia, ¿te acuerdas? Dales algo mejor a tus hombres que la torpeza.

—No tengo…

—Si te funcionó conmigo, ¿por qué sería distinto para ellos? —le preguntó Ceres acercándose a él— Lograste que confiara en ti cuando no te conocía de nada.

—Eres mi soldado —le dijo Lean como si el deber lo justificara todo.

—Para ti no es suficiente —le contestó ella.

—Tienes razón —le dijo Lean—. Nunca ha sido suficiente tenerte como un soldado.

Ceres ladeo la cabeza y se fijó en la silenciosa silueta de Lean.  Él seguía con la vista fija en el horizonte nocturno esperando para darle la bienvenida a la madrugada y a su ansiada batalla. Ceres deseó arrancarlo por un instante de sus fantasmas, y como en un ritual, tocó la cicatriz de su rostro. Él se sorprendió y salió de su trance vengativo acaparando toda su atención. Ceres entonces lo besó dulcemente sin pensar en nada más que en Lean y en los fantasmas que deseaba destruir en su nombre.

—Te lo dije, me haces débil —le dijo Lean con la voz ronca.

—La debilidad es nuestra fuerza —le respondió Ceres porque acababa de comprender que su mayor temor era a la vez su mayor fuerza. Lean sonrió por primera vez en dos días—. Ganaremos porque eres el comandante más extraño que jamás he conocido —le dijo Ceres esperanzada.

—Y tú eres el soldado más franco que tengo.

Ceres le sonrió con picardía y se besaron de nuevo. Lean tiró del peto de cuero de Ceres mientras ella hacía lo mismo con el de él. Ambos se abrazaron sin sus corazas mientras Ceres se sacaba su espada y la dejaba al lado de la de Lean.

—Eres preciosa —le dijo Lean mientras tocaba la melena de Ceres. Ella se incomodó un poco ante esas nuevas emociones que la hacían sentir extremadamente femenina.

—Nadie me lo había dicho como lo haces tú —le confesó en voz baja.

Lean se quitó su fina camisa y la abrazó. Entonces esperó que Ceres se quitara la suya y siguieron acariciándose bajo el manto de la noche. Lean recorrió cada parte del cuerpo de Ceres y ella exploró el suyo. Dos cuerpos igual de desgarrados, heridos y a la vez curtidos que anhelaban lo mismo. Ambos se fusionaros en uno y a Ceres se le escapó una lágrima al darse cuenta lo muy unida emocionalmente que estaba a Lean. Jamás en toda su vida había encontrado ese vínculo con nadie y, de hecho, era un milagro que hubiera sucedido cuando la habían preparado para lo contrario. Entonces se sorprendió cuando vio a Lean encima de ella llorando.

—No llores —le suplicó Ceres mientras le acunaba el rostro. Lean expulsó todas sus emociones entre los brazos de ella mientras el resto de hombres dormía.

—Por primera vez en mi vida hay algo más que lucha y muerte —le dijo Lean.

—Lo sé —le contestó Ceres mientras se le hacía un nudo en la garganta porque sentía que él era su espejo.

—No quiero perderte —le confesó Lean con tanta franqueza que Ceres deseó empujarlo lejos para volver a aclarar su mente.

—Mañana…

—Deja eso para mañana, Ceres, hoy solo somos tú y yo.

—Como en un sueño —le dijo ella con melancolía.

—Exacto —le contestó Lean.

—¿Qué te pasó en el rostro? —le preguntó Ceres mientras seguía sosteniéndoselo.

—Fue cuando aún era un simple soldado —le contestó—. Me encontraba de guardia nocturna y entonces me dormí —Lean enmudeció repentinamente como si estuviera rememorando ese momento.

—¿El enemigo os tendió una emboscada? —le preguntó Ceres alentándolo a seguir.

—Nada de eso, mi comandante me encontró durmiendo.

—¿Me estás diciendo que te lo hizo él? —le preguntó con incredulidad.

—Dormirse en una guardia nocturna es algo terrible, tú mejor que nadie deberías saberlo.

—Pero un castigo así… —susurró. A Ceres se le apagó la voz, ella había conocido comandantes feroces y estrictos, algunos incluso algo crueles, pero jamás habían llegado a tal extremo. Una cosa era infligir un castigo corporal soportable, pero quemarle el rostro, ese era un estigma de por vida.

—¿Tan feo te parezco? —le preguntó Lean con una sonrisa para quitarle importancia.

—Nunca —le contestó ella acariciándole la fea marca. Desde que lo había conocido esa cicatriz era parte de Lean y no podía concebirlo sin ella. Volvió a besarlo con el único cómplice que la noche y a medida que el alba fue acercándose el corazón de Ceres fue agitándose.

—Me encanta cuando luchas —le susurró Lean–. Pero esta vez…

—Será distinto —le dijo Ceres.

—¿Estás asustada? —le preguntó Lean. Lo estaba, pero confiaba en Lean y en su forma de comandarlos lo suficiente como para anteponerse a ello.

—Claro que no —le contestó Ceres. Lean le sujetó la mano y ella fingió no darse cuenta que se encontraba temblando. No quiero hacerte débil, deseó gritarle. Pero ya era tarde para semejante deseo, porque una parte del alma de cada uno se había filtrado en el otro y ya no podrían despegarse por muy cruel y dolorosa que al final resultara la guerra.

—No te pasará nada —le dijo Lean. Ella le mostró una triste sonrisa y se mantuvo en silencio porque eso era lo que menos le importaba. Para Ceres ya había llegado su hora hacía unas semanas atrás, solo esperaba poder protegerlo a él por encima de todo.

El aire alrededor de Ceres se ralentizó, por un momento dejó de notar el viento en su mejilla y ni los gritos y tambores enemigos llegaron a su oído. Un manto del ejército enemigo se desplegaba a lo largo de la colina mientras los hombres de Lean empezaban a desplegarse para ocupar sus puestos. Ceres estaba lista, empuñando su espada y con los puñales donde siempre habían estado como guardia real. Pero esta vez notó una nueva emoción que iba más allá de su propia vida y que le brindó más coraje del que nunca había poseído. ¿A caso esto era lo que llamaban amor?

—Prométeme que tendrás cuidado —le susurró Lean acercándose a ella con el casco aún sin poner. Ella le acarició el rostro justo donde el fuego le había quemado.

—Prométemelo tú a mí —le dijo.

Con una silenciosa mirada se despidieron. Lean partió junto a la primera fila para empezar la guerra mientras Ceres se quedaba en su puesto para defender el flanco derecho. Ceres observó con impaciencia el enemigo abalanzarse sobre los escudos y por primera vez se sintió como una espectadora. Los hombres luchaban encarnizadamente unos con otros y rápidamente el enemigo logró romper sus filas. Lean, pensó con furor. Ceres blandió su espada y por primera vez también lo hizo a la desesperada, sentía un pánico tan arrebatador que la hacía temblar. Nada más recibir el primer corte en su brazo izquierdo supo que estaba siendo torpe. Entonces gritó de dolor y frustración mientras observaba su brazo que le escocia horrores y su fina espada temblaba. Se tocó con el guante la herida y vio como éste se manchaba de sangre, otra vez no. Todos los recuerdos de la anterior batalla regresaron a Ceres. El sonido entrechocando del acero, los gritos desgarradores, el río de sangre, los cuerpos sin vida yaciendo amontonados. Absolutamente todo, la misma pesadilla de nuevo llamada muerte.

Ceres volvió afijarse en sus guantes, esos guantes teñidos de negro no eran los mismos del pasado. Se percató del fino grabado y lo entendió, Lean no permitiría que aquello ocurriera de nuevo. Ceres blandió su espada con fuerza y luchó, no lo hizo por ella ni por sus hermanos, sino que por primera vez lo hizo por alguien más allá de su Rey.

Los hombres de Lean siguieron luchando toda la tarde sin descanso alguno y poco a poco fueron cayendo en número. Por fortuna, eran superiores en número a su enemigo y de esta forma tan racional como aterradora lograron desgastarlos. Seguramente el factor sorpresa había jugado a su favor, y más cuando apenas unas semanas antes los habían masacrado.

Ceres disfrutó cada una de las muertes que ejecutó mientras recordaba mentalmente a cada uno de sus hermanos fallecidos. A su amigo Frank le dedicó cinco muertes, cinco eran las normas básicas que le había enseñado que un buen soldado debía cumplir. Pasaron el resto de la tarde luchando sin descanso entre choques de acero y gritos. A esas alturas Ceres se encontraba empapada en sudor y sangre, sangre de sus enemigos, pero también de amigos. La tarde empezó a caer en ese remoto bosque trayendo consigo una fría helada. Entre el sudor y el ejercicio el frío empezó a colarse poco a poco entre sus huesos. Se sentían hambrientos, sedientos y agotados, pero se animaron cuando pareció que esa matanza terminaría. Ceres levantó la vista y no observó a más enemigos, no al menos de pie. Un gran número de sus soldados habían caído, eso era inevitable, pero por fin habían ganado. Los soldados que aún se encontraban vivos empezaron a chillar de alegría o rabia, abrazándose, consolándose mutuamente por su victoria. Ese era el sabor agridulce de las batallas, uno jamás ganaba completamente cuando a su lado yacía muerto un amigo. El primer pensamiento de Ceres fue buscar a Lean, para ella esa batalla no significaba nada si no podía abrazarlo.

—¡Lean! —gritó desesperada sin encontrarlo. A sus pies se encontraban decenas de hombres sin vida extendidos grotescamente observándola. Para ella Lean no estaba entre ellos por eso se negó a bajar la vista—¡Lean! —gritó más fuerte.

—Creo que está por allí —le advirtió un soldado que cojeaba. Ceres corrió a través de esos cuerpos como si no significasen absolutamente nada. Cada vez que corría más su corazón palpitaba agitado, presentía que algo no iba del todo bien hasta que finalmente lo encontró. Se había quitado su casco dorado y se encontraba felizmente hablando con su segundo al mando.

—¡Lean! —gritó ella horrorizada, él pareció no entender su tono y la observó, primero con felicidad y después con sorpresa—¡Lean! —gritó Ceres tan fuerte como pudo.

Con horror contempló a través de sus pupilas como Lean recibía un espadazo en su lado derecho, directo a sus costillas. Para Ceres el tiempo se detuvo y dejó de existir, tan solo chilló horrorizada, otra vez no, pensó, él no. Ceres salió a la carrera a por él, pero tropezó con una pierna de algún muerto y se cayó al suelo. El mundo se volvió borroso y quebradizo para Ceres, todo perdió su color rompiéndose con la misma facilidad con la que se rompe una pequeña pompa de jabón. Entonces levantó la cabeza desesperada y se paralizó al ver la auténtica muerte al lado de su querido Lean sonriéndole. Un tipo fuerte y ancho, no demasiado alto, con su rostro manchado de sangre como si ese líquido fluyera naturalmente a través de su cuerpo y cubierto íntegramente por una oscura armadura digna del mismísimo diablo. Entre sus manos sujetaba con fuerza una brillante y afilada espada con gotitas de sangre incrustadas, Ceres las observó en trance, esa era la sangre de Lean. El diablo volvió a subir su arma para rematarlo, su mirada era de puro gozo. Desde el suelo Ceres no alcanzaba a ver a Lean retorciéndose de dolor. Solo pudo rezar a todos sus dioses, llevadme a mí, pero dejadlo a él, pidió desesperada.

Cuando al fin Lean pudo reaccionar logró incorporarse un poco para esquivar el último golpe fatal. Se arrancó algo atado alrededor del brazo y se lo lanzó a las piernas de ese diablo para inmovilizarlo. En ese momento el segundo al mando le lanzó su espada y Lean la agarró con fuerza clavándosela en el cuello mientras el hombre se desgarraba. El hombre pareció aturdido al principio, sin pronunciar palabra y después empezó a gorgotear por la boca hasta caerse de bruces al suelo. Tras ese golpe Lean dejó que la espada le resbalara despacio a través de sus manos cayendo él mismo al suelo desfallecido. Al final habían ganado, su comandante podía descansar en paz.

 

Epílogo 

Ceres recogió la espada de madera del suelo con enfado. Ya era la cuarta vez que lo hacía esa mañana y eso que se lo había repetido innumerables veces a Cadai.

—¿Se puede saber a qué se debe tu enfado? —le preguntó Lean que acababa de regresar del despacho del Rey.

—¡Cadai no deja de desordenarlo todo!

—No es el único de esta casa —le contestó Lean entregándole su casco de plata—. Creo que se parece a su madre.

—¡Ni hablar! Si cree que con esta actitud podrá ser comandante lo lleva claro —resopló Ceres.

—Tiene diez años, solo quiere ser como su madre.

—O su padre —le recordó Ceres.

—Tú eres la mejor con la espada y es lo único que le importa.

—A veces me entran ganar de largarme, ¿desde cuándo nuestras vidas se reducen a recoger espadas de madera?

—¿Abandonarías a tu marido? —le preguntó Lean con una sonrisa.

—No estamos casados —le contestó Ceres.

—No lo necesitamos —le dijo Lean—. Nosotros creemos en algo más profundo que eso.

—A nuestra manera —le dijo Ceres con una sonrisa mientras se fijaba que Cadai acababa de llegar a casa. Lean abrazó a Ceres y la besó mientras su hijo reclamaba su atención.

—¿Crees que esta vez tendremos una niña? —le preguntó Lean frotándole la barriga.

—Eso espero —le dijo Ceres.

FIN

*Gracias por vuestro apoyo, ¡besos!

 

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Acerca de: Clover

¡Bienvenida a mi mundo plagado de soñadoras! Llámame CLOVER, soy la autora de este cuaderno, una ovejita más del rebaño, #cloveradicta, escribo historias románticas sin parar, atípica por convicción y amante de la libertad por fanatismo. ¿Te unes al rebaño de las que soñamos despiertas? (¡Desde este lado el mundo es un poquito más bonito!).

4 thoughts on “El soldado invencible: capítulo 2 – Victoria”

  1. Fátima dice:

    ¡madre mía! Este capítulo ha sido muy emocionante. Empecé de los nervios con la batalla, me temia lo peor como la pobre Ceres, pero finalmente ha sido maravilloso. ¡Lean es un amor! ❤ me pido uno jaja
    ¡¡un abrazo guapa!! Sigo leyendo por aqui…

  2. Clover dice:

    ¡Fátima yo también me pido uno! ¿Sabes qué? Mejor que me pongas dos como él :P. La batalla ha sido un poco dura, ¿pero qué batalla no lo es cuando se trata de matar? Gracias por pasarte, leerme y comentarme. Siempre me hace mucha ilusión que me visiten y comenten ^^¡Besos!

  3. Rut dice:

    Y se acabó!!!! Aiaiaiaiaiaia ke emosion dioh mio ^^ Si es que esto tenía que scabar bien, Lean NO podía morir. Cuando leí que le clavaron la espada, fue como: “YO LO MATO ._.”
    En mi opinión, Clover, Ceres se enamora muy rápido de Lean y no se… me ha gustado pero es ese punto en el que dices: “que rápido todo” Pero bueno, da igual, porque la historia es FANTÁSTICA :DDD Me ha encantado *-* Se quieren tanto… YO TAMBIÉN QUIERO UN LEAN! ;))
    Una abrazo

  4. Clover dice:

    ¡Muchas gracias por todo! Por tus palabras, por animarte a comentarme y especialmente, por leerme xd. Tienes toda la razón con la rapidez y los tiempo, por eso ahora solo escribo historias largas (porque necesito matizar muchísimas cosas y con dos capítulos no me me llega para nada xd). Muchos besos.

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