El soldado invencible: capítulo 1 – Derrota

¡¡Buenos días a todos!! Hoy os traigo una nueva aventura romántica y la llamo aventura porque es lo que es, una grandiosa aventura para Ceres (¡cómo me gustan esta clase de personas guerreras!). Creo que todos deberíamos intentar ser un poco más como la protagonista (sin una espada, ¡claro!). Hoy a parte de dejaros mi humilde relato, os animo a luchar por vuestros sueños y lo más importante, a no dejar de hacerlo frente a las adversidades. Quizá alguna encuentre su Lean particular en su vida (y no me refiero solo al amor). Os deseo una feliz lectura ^o^ 


EL SOLDADO INVENCIBLE

ÍNDICE CAPÍTULOS

SINOPSIS

Ceres es un miembro de la guardia real, daría su propia vida para proteger a su rey, por eso no dudará en lanzarse en una batalla suicida. En medio de esa masacre, con el enemigo superior en número y a punto de ser derrotada, ¿se rendirá tan fácilmente nuestra heroína?

Capítulo- 1: Derrota.

Ceres se encontraba al borde de la fatiga, llevaba demasiadas horas blandiendo su espada sin cesar y sabía que si pronto no descansaba terminaría desfalleciendo. ¿¡Por qué no llegaban los refuerzos!? Su rey ya debería haberlos mandando. Ceres resopló, se pasó una mano enguantada por la frente y entonces observó el guante manchado del color rojo carmesí y siguió luchando por su vida.

—¡A tu derecha, Ceres! —le advirtió uno de sus compañeros de armas. Ella rápidamente rodó hacia su izquierda esquivando el ataque de un hombre mucho más grande que ella. En realidad, ya estaba acostumbrada, Ceres apenas media metro cincuenta y era de complexión delgada lo cual le había granjeado más de una burla en la Guardia Real. Jamás había sido excesivamente fuerte pero era rápida y ágil, y con ello podía resultar letal. Para Ceres matar consistía en una completa cuestión de habilidad, conocía el cuerpo humano a la perfección y conocía la posición exacta de las venas para desangrar a su adversario en cuestión de segundos. Con este método había alcanzado ser un soldado de la guardia real con apenas veintidós años, una hazaña muy admirable especialmente para una mujer tan menuda.

Ceres fijó su vista en el adversario gigante, poseía unos ojos color avellana y una mueca entre el dolor y el éxtasis. Rápidamente estableció un patrón en sus lentos movimientos, potentes pero demasiado imprecisos. Ceres saltó hacia el gigante dispuesta a tirar esa torre. Antes que su adversario pudiera darse cuenta de nada, el hombre murió desangrado por el corte de la fina pero afilada espada de Ceres. En ese momento Ceres tomó una bocanada de aire, el ambiente apestaba a óxido, el olor de la muerte. Las hojas ya no conservaban el tono metalizado y habían sido teñidas de rojo. Ceres rezó para que alguien viniera a ayudarlos, ella ya se daba por muerta, pero al menos deberían salvarse algunos de sus valientes hermanos de armas. Desde su posición, pudo observar como más refuerzos enemigos se acercaban por las montañas, eso la enfureció aún más, si ellos ya habían llegado qué se suponía que estaba haciendo su rey, ¿a caso los había abandonado?

Ceres observó atentamente a sus compañeros que yacían muertos en el suelo, desparramados grotescamente en un espeso lago de sangre con hojas. Hacía tan solo unas horas esos hombres habían blandido sus armas con fuerza, con una energía que les habían arrancado de raíz. Ceres se quitó su capa y cubrió el rostro de uno de sus amigos, Frank, del cual había aprendido tanto.

Como si se tratase de una premonición, en ese momento Ceres se vio reflejada en el charco de sangre de su amigo, en él vio horrorizada como un tipo detrás suya levantaba una hacha tan grande como su propia cabeza. Sabía que había llegado su hora, se dijo, se despidió de el mundo observando el cielo, adiós susurró despacio. Al instante un golpe seco y agudo la tiró al suelo, cayó de bruces en un lago de espesa agua y horrorizada se dio cuenta que aquello era su propia sangre, sonrió, al menos moriría al lado de su amigo Frank. Entonces un dolor intenso y agudo le hizo perder el conocimiento y Ceres esperó impaciente que la muerte se la llevase de ese espantoso lugar.

—Despierta —escuchó una voz susurrarle, sin duda esa sería el sonido de la muerte. Ceres abrió los ojos despacio y vio a un hombre con un casco resplandeciente de acero frente a ella. No pudo decirle nada más y volvió a dormirse muy agotada, por fin podría descansar. Notó débilmente como la muerte la cargaba y se la llevaba, ella rezó para encontrar algo de paz, la paz que no había encontrado durante toda su vida.

Ceres despertó rodeada por la más estricta oscuridad. Intentó levantarse pero le resultó imposible pues la cabeza no dejaba de darle vuelta y sentía nauseas.

—Así que has despertado —escuchó que alguien le decía cuando ella intentaba vomitar sin lograrlo—. Tómate esto, frenará tus nauseas.

Ceres observó un pequeño frasco ante ella y lo bebió. Si ya estaba muerta, ¿por qué seguía sufriendo tanto? Seguramente sería su condena por todas las personas que había matado. Se tocó la cabeza y notó unos puntos en su cabeza, le habían cosido la herida. Jamás se hubiera imaginado que en el más allá esas cosas fueran necesarias. Entonces una pequeña luz se prendió tras ella y Ceres se asustó. Giró su cabeza despacio ya que aún se sentía algo mareada y observó al ser que le había hablado, aquello no era el más allá ni ese era el dios destructor. Una vela iluminaba el rostro de un hombre con barba vestido con una armadura que Ceres conocía a la perfección.

—Te encontramos cerca del resto de hombres, te habían dado por muerta —le explicó—. Descansa esta noche, mañana el comandante querrá interrogarte.

Ceres conocía sus interrogatorios, seguramente era de los pocos supervivientes que podían darle información útil al comandante. En eso consistía la justicia de los suyos, nada divino ni místico, tan solo sangre y muerte. Gustosamente desempeñaría ese papel que se le había encomendado porque estaba segura que fuera quien fuera el dios que le había permitido seguir con vida, solamente podía ser para esto.

A la mañana siguiente a Ceres le costó despertar, no es porque hubiera dormido plácidamente, en realidad, no había descansado nada porque toda la noche se la había pasado gritando y luchando. No había dejado de ver una y otra vez el rostro de sus antiguos hermanos, veía cómo sus cuerpos desfallecían hasta que volvían a la vida de nuevo para volver a desfallecerse. Así que esa mañana Ceres se sentía horrible, intentó levantarse despacio sorprendiéndose al no notar ya ni rastro alguno de nauseas. La cabeza aún le dolía pero no era nada que no pudiera aguantar.

—Acompáñame —le ordenó un soldado.

Nada más echar un vistazo al campamento supo que la llevaría a la tienda más lujosa. Primero entró el soldado, saludó a los hombres de dentro y llamó a Ceres. A ella la tienda le resultaba familiar, todas las tiendas de la guardia real eran iguales excepto que esta no era de su comandante porque se encontraba muerto. Ceres carraspeó, el nuevo comandante se encontraba dándole la espalda y muy pendiente de unos mapas colocados minuciosamente encima de la mesa.

—Soy Ceres Geaden de la guardia… —el comandante levantó el rostro pero siguió dándole la espalda.

—Sé quién eres, siéntate.

Ceres se sentó en la silla de madera que le había señalado. Después de un incómodo silencio el comandante pareció acordarse de ella y se levantó.

—Así que tú eres la pequeña Ceres, puedes llamarme Lean —se presentó. Ceres no supo qué contestarle, era la primera vez que un comandante le permitía llamarlo por su nombre. No solo eso, era realmente joven o al menos lo parecía, ¿llegaría a los treinta? Su cabello era corto y negro con unos profundos ojos verde esmeralda. Tenía unos rasgos algo felinos, unos ojos rasgados con unas bonitas y tupidas pestañas. Su tez también era peculiar, bastante más oscura y morena que la del resto. Entonces se fijó en un detalle alarmante de su rostro, su bonita cara se veía brutalmente alterada por una quemadura que le desfiguraba un poco la mejilla. Para los guerreros las cicatrices eran algo usual, ella misma tenía muchas cicatrices a lo largo de todo su cuerpo, pero una marca como esa en su rostro, seguramente le había dolido muchísimo. El comandante se acercó a Ceres en silencio, tampoco era demasiado alto. Su cuerpo sutilmente tonificado siendo más ágil que fuerte. Ella lo observó atentamente mientras se acercaba a ella como si fuera una pantera, iba vestido con un peto de cuero que dejaba al descubierto sus brazos y en ellos llevaba distintas tiras de cuero atadas. Ni rastro de su armadura, solo unos pantalones marrones con unas botas de piel hasta las rodillas.

—Levántate —le ordenó Lean apenas a unos pasos de ella. Ceres se levantó y se sintió desnuda ante su escrutinio. Ella aún llevaba su blusa color caqui ajustada a la cintura y los pantalones negros entallados que siempre le habían resultado cómodos. Lean tendió sus manos y por sorpresa de Ceres le agarró una mano, entonces ella  se percató que aún llevaba sus guantes puestos. Lean los observó, normalmente eran marrones pero en ese momento se encontraban empapados de sangre seca llegando a ser casi negros. Él se los sacó dejándole las manos completamente desnudas.

—Cuéntame qué pasó —le insistió su comandante.

Ceres empezó a relatarle todo su infierno y él la escuchó con atención. Lean no apartó sus ojos verdes de ella y tan solo la interrumpió para formularle alguna pregunta técnica para después volver a quedarse en silencio. Ceres se sentía tan analizada por él, cada movimiento, pausa o afirmación que hacía, que le estaba costando centrarse en su propio relato. Cuando terminó su informe se sintió nerviosa, no sabía qué pensaría Lean de ella. Había intentado evitar los trozos más penosos de lo sucedido ciñéndose a los datos más relevantes para un contraataque. Lean se movió por la tienda como si estuviera asimilando toda la información.

—Debes ir a descansar, has pasado unos duros días. Come algo, date una ducha y duerme.

—Gracias, señor —le contestó Ceres. Ella abrió la puerta de la tienda para salir pero Lean se lo impidió.

—Ceres.

—¿Si, señor?

—Voy a vengarme, te lo prometo.

Ella le sonrió, esperaba lo mismo, venganza por toda la sangre derramada en ese maldito bosque.

Después de comer, darse una ducha en el río y dormir un poco, Ceres se encontraba mucho mejor. Ahora tan solo sentía sed de venganza, una sed que Lean le había prometido saciar. Mientras pulía su espada Ceres intentaba tranquilizarse para volver a ser un témpano de hielo en la batalla.

—Vaya, vaya —la llamó uno de los soldados acercándose a ella—. Si tenemos aquí a una niña.

Ella ignoró las risas del resto de hombres. En otras circunstancias los hubiera golpeado con fuerza para demostrarle que era capaz de matar como ellos pero había hecho un juramente a su rey y estaba dispuesta a cumplirlo. El tipo grande y tosco se acercó a ella dándole una patada en los pies.

—¡Ei, tú! Te estoy hablando —la llamó. Ceres no levantó la vista y siguió con su labor— ¡Zorra! —le gritó el soldado mientras le empujaba las piernas—. Ábrete de piernas —le ordenó mientras le clavaba las uñas en los tobillos. El tipo se rió de su broma junto a su grupo. Ceres se levantó rápidamente de un salto, tan rápida, que lo asustó, entonces colocó su fina espada en el ancho cuello del hombretón maleducado.

—¡Atrévete! —lo amenazó Ceres. El tipo se rió para impresionar al resto, pero en el fondo ella sabía que estaba asustado. Ceres podía olerlo a través de sus poros. Que ese hombretón quisiera satisfacer su ego frente a todos a ella no le importaba, pero había límites para ello, límites que no dejaría pasar.

—Vamos a ver qué sabes hacer, zorra —le dijo agarrándola por la camisa y arrancándole algunos botones. Todos se rieron y aplaudieron, suerte que ella ya estaba acostumbrada y debajo llevaba un peto de cuero pegado a sus pechos. Por un lado lo hacía para protegerse de semejantes idiotas y por otro, le resultaba más cómodo moverse con él. Todos parecieron decepcionados al verla y ella aprovechó el momento para blandir su espada. Ceres empezó a moverse ágilmente en círculos atacando a ese hombre embriagado por su orgullo. Ella era tan rápida que se rió burlonamente. Entonces su adversario empezó a impacientarse y cuanto más nervioso se ponía, Ceres más satisfecha se sentía.

—¿Nadie te ha enseñado a luchar? —le preguntó ella tocándolo suavemente con la espada. A esas alturas ya lo habría matado de veinte formas distintas si lo hubiera atacado con  ganas.

—Voy a pisotearte como una rata —le contestó. El resto de sus compañeros parecían haberse cambiado de bando por la forman en la que se reían. Ceres decidió finalizar su venganza y se quedó completamente quieta esperando que la atacara.

—Te mataré —la amenazó el hombre mientras se lanzaba hacia ella. Ceres ladeó el cuerpo y se colocó en su espada, entonces lo atacó dándole un golpe con su arma. Antes que él pudiera alcanzarla ya había saltado hacia el lado contrario y lo tomaba de nuevo con la guardia baja.

—Yo gano —le dijo Ceres colocándole la punta de su espada en su garganta. El perdedor furioso le agarró la espada con la mano y la tiró bien lejos. Ceres no esperaba semejante comportamiento de un miembro de la guardia real así que no supo cómo responder a aquello. Entre ellos era común desafiarse para limar asperezas pero siempre dentro de un código de honor. Ahora que el duelo ya se había terminado su conducta podía ser considerada traición.

—A ver qué haces ahora, mocosa —le susurró el hombre atacándola con su espada. Ceres contempló a sus compañeros y esperó que alguno le ofreciera su arma. Todos apartaron la vista avergonzados. ¡Malditos cobardes! Si aquellos hubieran sido sus verdaderos hermanos de armas estaba segura que no hubieran dudado ni un segundo en darle un arma para defenderse.

—¡Acepta que Ceres te ha ganado! —se escuchó entre la multitud. Todos los hombres se irguieron al escuchar esa voz masculina y le dejaron paso—. Espera, Kiev —le dijo Lean al hombre que aún sujetaba la espada que hacía unos segundos había estado a punto de matar a Ceres—. Discúlpate con ella.

—Sí, señor —le contestó mirando a Ceres con odio—. Te pido disculpas —le soltó sin atisbo de remordimiento. Ella no le contestó y Kiev se fue hecho una furia empujando al círculo de hombres allí reunido.

—Ven conmigo —le dijo Lean tomando a Ceres por el brazo. Ceres se sorprendió tanto que la tratara con esa familiaridad que no fue consciente de ello hasta que llegaron a su tienda—. Hoy dormirás aquí conmigo, no me fío de Kiev —le explicó con franqueza. Ella lo contempló con sorpresa y vergüenza, a caso ese hombre pretendía… antes que pudiera pensar en algo más, Lean le señaló unos cojines en el suelo—. Tu cama.

Ceres se tranquilizó y dejó todas las fantasías que se le habían pasado por la cabeza atrás. Un montón de cojines en semejante tienda lujosa era un privilegio que no había tenido jamás.

—Debe haber sido horrible —le dijo Lean cuando Ceres se recostó en los cojines.

—¿Perdone? —le preguntó con incomodidad por lo muy cercano que parecía su comandante.

—Vivir entre tantos idiotas.

Ceres emitió una risilla, su vida había sido dura en un mundo gobernado por hombres pero normalmente una vez la conocían la respetaban como a una más. Estaba acostumbrada a ser infravalorada en un principio pero se alegraba y enorgullecía cuando después la consideraba un buen soldado. Ceres entonces recordó algo y dejó de reírse.

—Horrible fue lo que vivimos el día anterior, señor.

Lean no le dijo nada más aquella noche y Ceres cayó de lleno en su recurrente pesadilla donde sus compañeros no dejaban de morir a su lado pero esta vez todo se encontró embriagado por un olor a sábanas limpias y tacto de seda.

Por la mañana Ceres despertó con el apetitoso aroma de un desayuno caliente. Era admirable lo que esos hombres podían preparar en semejantes circunstancias adversas aunque ya se imaginaba que el suyo era un desayuno excepcional dado que se encontraba en la tienda del comandante.

—Toma —le dijo Lean en un momento del desayuno con la misma autoridad como si le estuviera dando una orden de combate—. Es un pequeño obsequio, espero que te sirva.

Ceres observó el pequeño paquete envuelto en papel marrón. No supo qué contestarle. Tragó el trozo de pan que se le había quedado atascado en la garganta y lo abrió.

—Gracias —le contestó aliviada al darse cuenta que eran un par de guantes. A Ceres jamás le habían gustado demasiado los regalos y menos los de un superior, por eso se sintió alegrada cuando comprendió que aquello era sencillamente la responsabilidad de un comandante con uno de sus hombres—Gracias —le repitió tocando el tacto del cuero. Lean la miró un instante y le sonrió. Sus ojos verdes brillaron y su piel pareció oscurecerse un poco. Ceres cogió un vaso de agua y apartó la mirada.

—Hoy nos moveremos —le informó Lean poniéndose de pie—. Recoge tus cosas.

¿Qué cosas?, se preguntó Ceres. Ella no poseía nada en ese campamento, sus amigos y hermanos de armas habían muerto y jamás había sido muy apegada a lo material. Quizá porque desde su infancia había poseído más bien poco o porque pocos se habían tomado las suficientes molestias como para amarla. ¿Amor?, se burló saliendo de la tienda del comandante. Todos esos hombres la despreciaban, por ser mujer, joven o por haber sobrevivido a una muerte segura. Quizá la odiaban por envidia o la detestaban por lo que representaba, pero fuere como fuere, Ceres estaba sola en esto.

Cuando terminaron de empaquetar y recoger el campamento, todos partieron hacia el norte. A Ceres ese trayecto le traía amargos recuerdos pues apenas unas semanas atrás había pasado por allí con la esperanza que esa batalla los llevara a la victoria. Pero la gloria se les había escurrido de entre los dedos y había dejado unas manos demasiado manchas de sangre y sufrimiento que ahora a Ceres le dolía recordar. Andar durante toda la mañana en silencio la reconfortó. Poco a poco el silencio dejó paso a una especie de trance y con él, llegó casi a la oración. Ceres jamás había sido demasiado religiosa, lo suficiente dentro de una orden del rey pero sin llegar a ser una fanática.

—¿Siempre eres tan callada? —la sorprendió un chico joven colocándose a su lado. Por su aspecto parecía extranjero con un cabello pelirrojo y ojos azules.

—Aquí nadie quiere hablar conmigo.

—¡Somos muchos! ¿Se lo has preguntado a todos? —Ceres sonrió con tristeza porque aún le costaba asimilar su nueva posición—. Tú comandante debía de ser magnífico.

—Lo era —le contestó ella con orgullo.

—No fue tu culpa —le dijo entonces ese chico joven mientras le colocaba una mano en el hombro. Ceres se sintió incómoda por esa muestra de afecto repentina. ¿Qué sabía él de ella y sus hermanos muertos?

—¿Se puede saber qué le estás haciendo a Ceres? —los interrumpió Lean. El chico pelirrojo empezó a reírse despreocupadamente mientras Ceres adoptaba una postura erguida.

—Nada, solo hablábamos. Ya sabes que tus hombres no son muy amables.

—Kiev es un bruto al que le cuesta adaptarse a los cambios pero estoy seguro que en el futuro la aceptará —le contestó Lean. Ceres se tensó. No esperaba ser aceptada por ellos, solo huir de ese comandante y empezar de nuevo en un lugar más placentero. Quizá no lo necesitaría porque moriría en el mismo lugar que sus hermanos.

—Me has mentido —la acusó entonces el joven pelirrojo—. Yo te estoy dando conversación pero sigues sin abrir boca. Eres una chica callada —Ceres lo contempló sorprendida por la falta de modales que poseía ese soldado en presencia de su comandante.

—¡Germi! —lo regañó Lean— Cuando le cuente a tu madre el comportamiento que estás teniendo, estoy seguro que te obligará a quedarte en la ciudad.

—Está bien, ya me largo —le dijo él dejándolos a solas.

—Es el hijo de mi hermana —le explicó Lean—. Ella no quiere que sea soldado y espera que conmigo se le pasen las ganas.

—¿¡Estás loco!? —le preguntó Ceres horrorizada. Lean cambió su expresión y sus facciones se endurecieron— Vas a llevar a ese chico a una muerte segura.

—No si puedo evitarlo —le contestó. Ceres entonces chasqueó la lengua y se burló de un comandante que era incapaz de respetar a su enemigo.

—No tienes ni idea de nada —le dijo ella con rabia contenida porque estaba infravalorando a sus compañeros muertos. Grandes guerreros y estrategas habían perdido, ¿quién se creía que era él para poder ganarlos?

—Te recuerdo que soy tu comandante —le contestó Lean. Ella observó su rostro y encontró ese brillo especial que todos los comandantes poseían. Estaba claro que creía en su palabra y en sus hombres.

—Hoy lo eres —le contestó Ceres para dejarle claro que si salía con vida de esta le pediría al rey cambiar de escuadrón.

—Conócenos antes de juzgarnos —le dijo Lean. Ceres quiso golpearlo para apartarlo pero como era su comandante se quedó quieta—. ¿Qué sabes tú de mí? —le preguntó Lean al oído. Ceres guardó la respiración mientras Lean se apartaba con unos ojos divertidos.

—Tú tampoco sabes nada de mí.

—Eres demasiado callada —le espetó su comandante antes de apartarse para seguir dirigiendo a sus hombres.

Hasta llegada bien entrada la noche no acamparon de nuevo. Lean volvió a invitar a Ceres a su tienda para dormir o más  bien a ordenárselo. Ella ya no sabía si Kiev suponía realmente una amenaza o no pero en su tienda podía descansar  mejor y eso era algo que necesitaba si pretendía llevarse por delante a decenas de sus enemigos. Esa noches Ceres volvió a dormirse entre los cojines de seda y soñó cosas espantosas hasta que por la mañana, el murmullo de un par de voces hablando la despertó.

—Los hombres empiezan a perder la paciencia, señor.

—Deberían preocuparse por el enemigo que encontraremos en el norte y no por una chica —le contestó Lean.

—Pero señor, desde que está aquí duerme con vos.

—Duerme en mi tienda, no conmigo —le aclaró su comandante.

—Ellos no creen eso —le contestó el soldado avergonzado.

—No me importa lo que piensen —le dijo Lean con frialdad.

—Si le asigna un puesto junto al resto, se sentirán menos irritados —intentó explicarle.

—Ella seguirá durmiendo en mi tienda —le dijo Lean.

—Acaba de llegar y le da un trato preferente, es normal que se sientan incómodos.

—Ella va a casarse conmigo —le aclaró Lean como si eso lo explicara todo.

—Señor…que… quiere …decir… —tartamudeó el soldado.

—Silencio, no hay nada más que hablar —le contestó Lean dando por finalizada la conversación. Ceres cogió un cojín y se cubrió el rostro para no gritar. ¿De qué estaba hablando ese comandante loco? ¿Casarse? ¿Con él? Entonces escuchó que Lean entraba de nuevo en la tienda.

—Sé que piensas que soy un mal comandante —le soltó Lean.

—Yo no…  —empezó a decirle Ceres mientras las últimas palabras pronunciadas por él aún resonaban en su cabeza.

—No lo niegues, se te ve en la cara —le dijo Lean. Ceres apartó el cojín del rostro y se puso de pie. Él la contempló con una expresión serena y en la mente de Ceres apareció la palabra matrimonio.

—Tenemos puntos de vista distintos —le aclaró Ceres sin olvidar que él era ahora su comandante. Lean se rió.

—Tú sentido del humor es pésimo —le dijo Lean con sinceridad. Ella lo observó con asombro porque le costaba ver a un verdadero comandante.  ¿Qué hazaña habría realizado para llegar a ese puesto en tan poco tiempo?—. Crees que vamos a morir todos —le aclaró Lean—. Que tú morirás.

—Si es mi destino —le contestó Ceres sin miedo.

—Un destino que todos aquí hemos aceptado —le dijo Lean señalando la puerta de su tienda—. ¿Confías en mí?

—Claro —le contestó sin dudarlo.

—No como tu comandante sino como Lean.

—No lo entiendo —le dijo Ceres. Sus últimos años se habían visto regidos por rangos y normas incuestionables así que no comprendía dónde quería ir a parar ese comandante con semejantes preguntas.

—Quiero que me prometas algo.

—¿El qué? —le preguntó Ceres.

—Si sobrevivimos, prométeme lo que has escuchado hace unos minutos.

—Yo no he escuchado nada —le dijo Ceres recordando esa palabra maldita, matrimonio.

—Te casarás conmigo —le dijo Lean en un tono entre la duda y la afirmación.

—No.

—¿Por qué? —le insistió él.

—¡No quiero casarme! —estalló Ceres— No debías estar pensando en tonterías cuando estamos a punto…

—¿De morir? —le contestó Lean con sarcasmo— ¿Qué valor le das a la vida, Ceres?

—El mismo que todos, supongo.

—¿Te permites alguna vez pensar en el mañana? —le preguntó él. Ceres entonces se fijó en la armadura de Lean y se preguntó porqué le estaba preguntado eso precisamente él. Como comandante sabía que el mañana podía ser imposible para un guardia real y que eran adiestrados para pensar en el hoy y ahora—Nada de lo que me digas saldrá de esta tienda —le prometió él.

—La verdad es que desde lo sucedido, me cuesta imaginarme un futuro.

—Tienes los pies en el suelo y no puedo reprochártelo. ¿Al menos te lo pensarás?

—No hay nada que pensar —le dijo Ceres.

—Si me conoces lo suficiente y te gusto, quizá entonces podrías cambiar de opinión.

—Si sobrevivimos a esto, si tú me gustas y yo te gusto, si… ¡cuántos impedimentos para un matrimonio absurdo!

—Deberías empezar a conocerme, soy un comandante poco usual.

—Ya me he dado cuenta —le dijo Ceres con una pequeña sonrisa porque empezaba a pensar que Lean no estaba del todo loco. Quizá él no hacía las cosas como el resto de los comandantes y quizá por eso, tenían una posibilidad de ganar.

—¿Ahora crees que podríamos salir con vida?

—Quien sabe.

—Ese ya es un requisito menos en tu larga lista para el matrimonio.

—Para cuando la termines te entregaré otra —le contestó Ceres. Lean no le dijo nada más, salió de la tienda y su rostro cambió. A partir de ahora los días serían duros y las noches sin tregua. Luchar con un brillo de esperanza ofrecía una posibilidad, solo esperaba que para Ceres un matrimonio absurdo fuera suficiente para no darse por vencida.

 

CAPÍTULO SIGUIENTE

Tags

Acerca de: Clover

¡Bienvenida a mi mundo plagado de soñadoras! Llámame CLOVER, soy la autora de este cuaderno, una ovejita más del rebaño, #cloveradicta, escribo historias románticas sin parar, atípica por convicción y amante de la libertad por fanatismo. ¿Te unes al rebaño de las que soñamos despiertas? (¡Desde este lado el mundo es un poquito más bonito!).

5 thoughts on “El soldado invencible: capítulo 1 – Derrota”

  1. Fátima dice:

    ¡Hola! Vaya con Lian.. ^^
    Que emocionante este relato, he leído este capítulo sin pausas ensimismada en lo que iba a ocurrir, ¡voy a por el 2º capítulo!
    Un beso.

  2. Clover dice:

    ¡¡Buenas!! La verdad es que es una historia bastante intensa con unos personajes muy particulares xd. Tambien espero que les hayas cogido cariño. Gracias por tus palabras, besos

  3. Rut dice:

    Hola, Cloveeeer!! ^^
    He llegado aquí gracias a la recomendación de Fátima del blog Dreams Paper http://librosrecomendados132.blogspot.com.es/?m=1 (es la chica que te ha dejado un comentario antes que yo jeje *-*).
    Me intrigó mucho la sinopsis y quise averiguar más. E hice muy bien!! Me está encantando ×.× Al igual que Fátima, ahora mismo me voy a por el capítulo 2 😉
    En mi opinión, la protagonista es un chica luchadora y fuerte, pero no fuerte en plan “es fuerte porque pasa del tio” porque en ese caso no sería fuerte, si no independiente, y el adjetivo iría en referencia al chico y no a las propias cualidades de la prota. No sé, it’s my point of view (?)
    Creo que Ceres se enamora muy rápido de Lean en este capítulo, no? ._. I’M NOT SURE jeje
    De todos modos, tienes a una nueva Cloveradict 😉
    Un besazo <3

  4. Clover dice:

    ¡Holaaaa Rut!Fátima es estupenda, desde aquí le doy las gracias por su recomendación.
    Me encanta escribir sobre protagonistas fuertes (entiendo el sentido y a lo que te refieres). Sabes que estás invitada a pasarte por aquí cuando te apetezca. Actualmente escribo historias mucho más largas (ahora estoy con una paranormal: Los lazos del destino, y otra contemporánea: Desconocidos) así que de cloveradicta a cloveradicta (esto ya parece una secta jajjajaa) te recibo con los brazos abiertos. ¡Abrazos!

  5. Roxana dice:

    ¡Hola! ¡Qué interesante el capítulo! Ceres es una mujer con los pantalones bien puesto, mira que tan chiquitita y qué caracter. Me gusta que aunque intente ser fría, aun se sienta atormentada por todo lo que pasa por la guerra, sus batallas y los caídos. Lean me gusta, muy directo, demasiado diría yo XD
    Me ha gustado mucho, como que ya tienes otra seguidora de esta historia.

    ¡Un abrazo!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

CLOVER, la oveja más romántica te saluda

¿Cansada de buscar doramas románticos? ¿Buscas una mangaka shojo en concreto? ¿Te interesa un buen videojuego y no sabes por dónde empezar? La oveja Clover te lo pone fácil.




Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies