La fascinación de un hombre: capítulo 8 – Compromiso

¡Feliz domingo! Hoy es un día algo agridulce, irremediablemente todo en la vida termina y en esta ocasión ha llegado el último capítulo de La fascinación de un hombre. Vamos a decirle adiós por todo lo grande (si visteis ayer mi twitter tendréis una pista), espero que su historia os haya gustado y que guardéis de Juliet y Sebastian (también de Eduard) un precioso recuerdo. Estoy segura que ellos os querrán mucho a todos y que se quedarán en el cuaderno para todo aquél que desee disfrutar su historia. Feliz último capítulo y disfrutadlo. Besos ♥♥♥


LA FASCINACIÓN DE UN HOMBRE

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Capítulo- 8: Compromiso.

—¿¡Comprometernos!? —le gritó escandalizada Juliet.

—Sh…baja el tono, prima —le pidió Eduard mientras se servía otra taza de té para desayunar.

—¿Estás loco? —le preguntó ella con los ojos abiertos como platos—.Si se hace oficial no habrá vuelta atrás.

—Tienes razón, es algo peligroso pero si lo hacemos bien puede tener resultado.

—Es una locura, definitivamente, ¡NO!

Ya hacía más de una semana que ambos habían empezado su farsa y a juzgar por los resultados parecía que no habían progresado absolutamente nada. Si bien era cierto que Sebastian se mostraba más esquivo y receloso que nunca, eso no era prueba suficiente que su plan tuviera éxito. A esas alturas, Juliet ya albergaba serias dudas respecto a su alocada estratagema, porque eso es lo que le parecía ahora, una completa locura. Y para empeorarlo todo, ahora su primo pretendía fingir un compromiso con la esperanza que ese canalla le…

—¡No,no y no! —gritó Juliet en voz alta para acallar sus pensamientos—.Me rindo, Sebastian no desea casarse conmigo y yo ya tuve suficiente.

—No puedes abandonar ahora.

—¿Abandonar? Pero si desde que empezamos esto él apenas me mira.

—Está celoso.

—Lo que siente es indiferencia.

—¿Entonces nada de compromiso? —Juliet puso los ojos en blanco antes de tomarse el último sorbo de su té. Ya no había posibilidad alguna, se dijo, aquel disparate había llegado a su fin.

Eduard era consciente que su plan parecía una locura pero no podía soportarlo. El idiota de su amigo lo ponía enfermo, cada vez resultaba más cobarde y en su contra, cada vez Juliet perdía más las esperanzas para seguir luchando. No podía aceptar ese final para ambos, no cuando los conocía tan bien desde pequeños y siempre le habían parecido una pareja entrañable. Así que aunque no gozara del consentimiento de su prima seguiría con su plan, porque él conocía la lamentable verdad desde hacía demasiados años.

Sebastian amaba a su prima desde hacía tanto tiempo que se había autoengañado con ello, pero él mejor que nadie sabía que en el fondo jamás se lo perdonaría si terminaba perdiéndola. Lo sabía por la forma en que la buscaba a escondidas casi inconscientemente, por sus ojos inyectados de celos cada vez que un joven noble conversaba con ella y por la manera fría y aburrida que parecía tratar al resto de las mujeres. Así que ese sería su regalo para sus preciados amigos, al menos ellos alcanzarían aquello tan inalcanzable para muchos: el verdadero amor.

Eduard entró a altas horas de la noche en el club para caballeros que normalmente frecuentaba Sebastian al cual últimamente parecía particularmente asiduo.

—Buenas noches —lo saludó mientras lo contemplaba sentado de malas formas en una elegante silla de caoba.

—Vete al infierno —le soltó como única respuesta mientras seguía bebiendo de su copa de whisky.

—¿Un mal día? —lo martirizó su amigo con una sonrisa burlona.

—En cambio el tuyo parece que resultó espléndido —le dijo observando esa sonrisa del rostro que lo estaba poniendo de peor humor.

—Hoy es un día excelente. De hecho, creo que deberíamos brindar.

—¿Brindar? ¿Y qué celebramos si se puede saber?

—Que voy a casarme —Sebastian empezó a reiré mientras se le caía su vaso de whisky al suelo.

—¿Tú? Imposible.

—Es cierto —le contestó haciendo señales al camarero para que le sirviera dos copas.

—¿Y con quién demonios vas a casarte tú? —Eduard tomó aire, allí va, se dijo antes de soltar la noticia con la máxima naturalidad posible.

—Con Juliet, por supuesto.

Eduard tomó lascopas que le entregó el camarero y observó a su amigo que no había pronunciado palabra. Sebastian se quedó literalmente mudo y no dejó de observarlo fijamente como si así pudiera descubrir la verdad. Finalmente, pareció encontrar respuesta en su rostro y se levantó con tanta fuerza que tiró la silla caoba al suelo. Eduard lo observó con una sonrisa de satisfacción en sus labios mientras le entregaba una de esas finas copas para brindar. Pero Sebastian se acercó rápidamente a él tomando algo de impulso para pegarle un fuerte puñetazo justo en su mandíbula derecha que lo dejó K.O al momento. Eduard se cayó al suelo perdiendo la noción del mundo.

 No sabía exactamente cuánto tiempo llevaba inconsciente cuando despertó en una de las habitaciones privadas del club.

—Milord, ¿se encuentra bien? —le preguntó preocupada una de las empleadas del club.

—Perfectamente, lo peor ya ha pasado —le contestó mientras se tocaba el labio partido que no dejaba de sangrarle. Juro que cuando todo esto termine me deberás un gran favor, estúpido.

Unos golpes a altas horas de la noche despertaron a Juliet. Alguien no dejaba de llamar a su puerta y eso que ya eran pasadas las doce. Alarmada, se puso su bata color melocotón y salió disparada de su habitación.

—¡Padre! —lo llamó asustada desde arriba de las escaleras.

—¡Hija! Quédate en la habitación —le ordenó mientras abría la puerta para echar a quien estuviera ocasionando tal escandalo a esas horas de la noche.

Desde las escaleras ella escuchó a su padre abrir la puerta y que empezaba a conversar. Por el tono, parecía una conversación bastante calmada, más de lo que se hubiese esperado a esas horas. Pero las voces eran tan lejanas y susurrantes que Juliet apenas logró entenderlas.

Después de unos minutos intentando escuchar su conversación, las voces cesaron y su padre cerró la puerta para entrar en casa. Entonces ella lo esperó en las escaleras inquieta.

—¿Quién era? —le preguntó, pero la interrogación se quedó suspendida en el aire al encontrarse con Sebastian.

—Hija, desea hablar contigo.

—¿Ahora? —preguntó escandalizada intentando taparse mejor con su fina bata color melocotón.

—Podéis conversar en la biblioteca, nada de escándalos, por favor —le advirtió su padre a Sebastian.

Mientras ella bajaba las escaleras para encontrarse con Sebastian empezaron a surgirle miles de preguntas. ¿Qué demonios querría a esas horas? Por su aspecto, parecía que estuviera algo borracho y que se hubiera pasado la noche en algún club nocturno. Eso a ella no le importaba, de hecho prefería no saberlo porque solo de imaginárselo allí dentro se le removían las tripas.

—Espero que seas breve —le dijo cuando se aseguró que su padre se había ido—.Solo lo hago por mi padre —le aclaró ella con altivez. Pero ni con ese ataque directo logró efecto alguno en él.

Juliet entonces empezó a preocuparse mientras lo seguía hasta llegar a la biblioteca. ¿Qué le ocurría? Ese no era el Sebastian que conocía, normalmente no se hubiese callado. Ambos entraron en silencio en la biblioteca y nada más cerrar la puerta Sebastian le clavó sus claros ojos y le preguntó sin formalidades.

—¿Es cierto que vas a casarte? —a ella esa pregunta la dejó asombrada.

—¿Para eso te presentas a altas horas de la noche en mi casa? ¡Eso a ti qué te importa!

—Más de lo que crees —le contestó con fiereza e intentó calmarse.

—No voy a casarme. Puede estar tranquilo milord, todo los rumores resultarán certeros —le dijo. Ella ya lo había aceptado hacía unos días, terminaría soltera para toda su vida porque su tonto corazón se negaba a aceptar a otro.

—Llámame Sebastian, odio que seas tan formal conmigo—le dijo—.Lo siento tanto—y esa disculpa tan repentina la cogió por sorpresa y no logró comprenderla—.Por todo, soy un maldito cobarde.

—Puedes ser muchas cosas pero no creo que seas un cobarde—y él se rio sin gracia en señal de respuesta.

—Lo soy, si tu supieras —y se le apagó la voz, entonces él rebuscó un pequeño bulto que llevaba escondido en su traje—.Esto, ¿ves esto? —pero ella desde esa distancia no pudo identificar qué era—.Llevo semanas cargando con esto y no he sido capaz de entregártelo—a Juliet le saltó una alarma y se le paralizó el corazón, no puede ser, se dijo, eso no puede ser.

Pero ante su más absoluta incredibilidad Sebastian abrió esa pequeña cajita de terciopelo granate y le mostró un exquisito y costoso anillo de oro rematado con un intenso rubí en el centro.

—Juliet —le dijo él como si le costara pronunciar su nombre—.Todos estos días he llevado conmigo esta pesada carga preguntándome por qué no podía entregártelo, ahora lo entiendo, es porque te quiero demasiado— hizo una pausa y miró el anillo con una pequeña sonrisa en sus labios—.Te quiero desde que éramos pequeños y trepaba los árboles para entregarte las mejores manzanas o corría por el bosque para atrapar un conejo que pudieras acariciar. Volvería a hacer todo eso por ti, Juliet, lo haría un millón de veces si me lo pidieras pero me asusta tanto este sentimiento.

—Sebastian —lo cortó ella emocionada.

— Perdóname por favor, por ser un maldito cobarde que solo te traerá desgracias.

—Ponme el anillo —le soltó ella a punto de estallar de felicidad.

—¿Entonces aceptas a un inútil por esposo?

—Te acepto como esposo si me besas de una vez.

Sebastian se acercó a ella rápidamente y le colocó el anillo que le quedaba algo grande, al día siguiente debería llevarlo a arreglar sin falta. Aunque al mirarla a ella pareció que no le importaba en absoluto pues Juliet no dejó de sonreírle mientras se besaban y abrazaban.

—Te quiero Sebastian —le dijo ella entre sus brazos—.Eduard tenía razón, creo que le debemos una disculpa —le contestó sin terminar de creerse que eso le estuviera pasando. Quizá todo fuera aún un sueño, un sueño en una perfecta noche del que no deseaba despertar jamás.

—Creo que le debo más que una simple disculpa —le contestó al recordar el fuerte puñetazo que le había dado en el rostro.

En ese momento alguien llamó a la puerta de la biblioteca y ante ellos apareció el dueño de la casa cargado con una botella de champagne y algunas copas.

—¡Papá! —le dijo Juliet aceptando una de las copas.

—Creo que esta vez sí tendremos una boda—sentenció el conde mientras felicitaba a los recién prometidos.

Los tres levantaron sus copas para brindar y Sebastián sonrió contemplando a Juliet. Esa sería su esposa a partir de ahora, la copa alzada de Eduard en ese club nocturno se lo demostró, que solo sería capaz de aceptar un brindis para celebrar su propia boda con Juliet.

FIN

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P.d: Oh my god, ¡ha terminado! Creo que me voy a llorar por alguna esquina de la habitación…No os preocupéis, el miércoles ya estaré recuperada X_x.

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Acerca de: Clover

Clover

Alma inquieta. Proyecto de creadora de mundos. Hada del país de la piruleta en mis tiempos libres. Analizo todas las series asiáticas que encuentro. Me gusta leer manga, jugar a MMORPG y aprender japonés.

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