La fascinación de un hombre: capítulo 2 – Tácticas delicadas para una princesa

Hola, de nuevo ya miércoles (qué rápido me pasan los días). Os traigo otro capítulo más de la historia romántica entre Juliet y Sebastian. Espero que la disfrutéis, me apetecía escribir una historia algo más corta e intensa, centrándome exclusivamente en aspectos muy concretos. Me da la sensación que a veces me alargo  tanto que termino dispersándome demasiado. Ojalá alguien termine leyéndose esta historia aunque sea para decir, menuda mierda (oh my god lo que acabo de escribir). Con mis tonterías os dejo, hasta el domingo, sed buenos. Aah…feliz lectura.


LA FASCINACIÓN DE UN HOMBRE

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Capítulo- 2: Tácticas delicadas para una princesa.

Para fortuna de Juliet, Sebastian no volvió a aparecer ante ella en toda la semana. Su encuentro en ese claro había resultado bochornoso y para frustración de ella, él se había mostrado de lo más jocoso ante sus habilidades en la arquería. Ella no era boba, sabía mejor que nadie que en cualquier momento se toparía con Sebastian de nuevo. Seguramente se lo encontraría en el teatro o en un baile, abarrotado de gente y lo peor de todo, lleno de cotillas deseosos de novedades. Sin duda, ella representaba una novedad, no sólo por el hecho de ser la única hija de un conde sino porqué ya hacía unos años que se encontraba en edad de casarse. Cualquier hecho o dato de ella siempre terminaba exagerándose hasta rozar lo absurdo, por los deseos de todos en verla ya casada. Juliet emitió un pequeño quejido.

—Lo siento, señorita — contestó Clarins dejando de tirar del corpiño.

—No se preocupe por dejarlo apretado, prefiero poder respirar —su criada se rió con disimulo y le aflojó un poco ese instrumento de tortura, por supuesto, no lo suficiente para ella.

Sabía que debería llevarlo apretado o en caso contrario, no le entraría el dichoso vestido que su padre se había obcecado en que llevara. La modista asesoró al conde diciéndole que era la moda llevarlo entallado y ajustado, una dama debería mostrar su cintura, le había dicho, especialmente una tan estrecha como la suya. Ella se preguntaba por qué entonces debería llevarlo así de apretado si su cintura era ya estrecha de por si, a ese paso terminaría evaporándose con el aire.

—Perfecto —le dijo Claris satisfecha, contemplándola a través del espejo y se fue directa a buscar el voluminoso vestido de seda. Era un vestido exquisito de un pálido color azul cosido con hilo plateado. El cuerpo mostraba un bajo escote abierto, rematado con filigranas y flores. Un vestido de mangas cortas y abombadas. Se ceñía deliciosamente a su cintura para abrirse en una voluminosa y grácil falda. Parecía un vestido de un ángel, de un color pálido y brillante, como si con él pudiese emprender el vuelo. Toda la falda se encontraba decorada con hermosas flores azules, de un color intenso bordeadas con infinidad de preciosas piedras brillantes. Juliet terminó de calzarse unos zapatos a juego y esperó para que Clarins le colocara una gargantilla plateada con un zafiro en el centro.

—Está preciosa.

—Gracias, Clarins —Juliet se observó ante el espejo y no se reconoció. Siempre que acudía a un baile le ocurría lo mismo. Ella no se identificaba con esas ropas, todas esas joyas y ese tipo de recogidos. A ella le gustaban los tonos tierra y poco ostentosos, y por supuesto, odiaba usar ese corsé y todas esas absurdas parafernalias. Tampoco le parecía cómodo su peinado, la pobre Clarins se había pasado buena parte de la tarde haciéndole un trabajado moño lleno de pequeñas piedras preciosas, pero lo que más la incomodaba era la imagen que con ese vestido proyectaba, quizá podría ser hermosa con él, pero sabía que cualquier hombre que la viese percibiría a una Juliet falsa. Ella jamás se adaptaría por completo a las normas de etiqueta, era algo que a su edad, con veinte años, tenía absolutamente claro. Ya podría tenerlo completamente claro, en caso que lograse encontrarlo, su futuro marido.

Juliet se encontraba aguantando el traqueteo del carruaje cuando por fin éste se detuvo ante la mansión de los duques de Wellington.

—Buenas noches, querida —la saludó efusivamente la condesa despampanantemente vestida.

Esos eran los peores momentos de los bailes, cuando su padre se escabullía silenciosamente junto a los hombres y ella caía presa de las mujeres casamenteras.

—Está preciosa —no dejaban de decirle, lo cual significaba en realidad, “deberías encontrar un esposo, ya”. Ella sonreía a todos como una tonta, rezando para que pronto empezara la música.

—Juliet —escuchó que la llamaba una voz familiar. A ella se acercó una chica joven, de negra melena y ataviada en un vaporoso y costoso vestido púrpura.

—¿Ángela? —hacía tantos años que no la veía, desde que se había mudado a Francia junto a su familia, que le costó reconocerla.

—La misma —le sonrió.

—Menuda sorpresa, creía que seguiríais en Francia.

—Logré convencer a mi madre para pasar esta temporada en Londres.

Seguramente su madre se preocupaba por la edad de su hija, Ángela y Juliet eran de la misma edad y por la forma de hablarle entendió que seguía soltera. Demasiado franca y bocazas para señoritos estirados, exactamente su mismo problema.

—Estás preciosa —le dijo abrazándola.

—Mira quién habla —le contestó su amiga poniendo los ojos en blanco. Con ella, la velada no resultaría tan monótona ni aburrida.

—¿Vamos a tomar algo?

—Claro —le contestó Juliet.

Ambas se encontraban aún tomando sus copas cuando Juliet se cruzó con unos ojos oscuros, conocía a la perfección esa mirada tan profunda, al fin se encontraban de nuevo. El muy sin vergüenza le sonrió sin apartar la mirada de ella y a punto estuvo de caérsele a Juliet su copa al suelo.

—Juliet —escuchó que la llamaba su amiga.

—¿Perdona? —no había escuchado nada de lo que acaba de decirle. Su amiga observaba a ese hombre de  cabello marrón, ataviado en un impecable traje negro. ¿Por qué le quedaba tan bien toda la ropa, es que a caso habría algo que lo hiciera verse ridículo¿

—¿Quién es? —ella supo perfectamente a quién se refería.

—Sebastian —le contestó mirándolo.

—¡Dios mío! —contestó su amiga en una exclamación ahogada–.No puedo creérmelo.

Definitivamente había cambiado mucho, siempre había sido un niño guapo y entrañable pero ahora resultaba un hombre atractivo y excitante. Ambas pasaron una velada bastante entretenida, entre ponche, bailes y música, apartadas de Sebastian y de todos sus amigos. Habían bailado con algunos caballeros pero eso no las había privado para ponerse al corriente de todo. Juliet había recuperado a su vieja amiga y se alegró gratamente al descubrir que aunque ambas habían crecido separadas continuaban conservando su espíritu indomable.

—Lo siento Juliet, tengo que irme con mi madre.

—No te preocupes —ambas se abrazaron para despedirse.

Juliet aprovechó su soledad para escabullirse por uno de esos balcones que comunicaba con el jardín. Esa era la suerte de esas mansiones, repletas de escondites para perderse. Observó el oscuro jardín en silencio y se preguntó cuántas personas podrían perderse en él sin ser descubiertas jamás. Se apoyó en la baranda de mármol que a esas horas resultaba fría y húmeda. A ella llegó la música algo débil escondida bajo las risas de los invitados. Parecía que se lo pasaban en grande y entonces, levantó la vista al cielo y se sorprendió al ver una noche tan oscura, a penas lograba captar alguna estrella. Desde pequeña la habían fascinado, verlas tan estáticas e inquebrantables en el cielo, le infundían valor. A veces, se imaginaba que ella era una estrella, tan constante y resistente como ellas.

—Así que aquí es dónde se esconde —Juliet se sorprendió emitiendo un pequeño jadeo.

—¿Qué hace usted aquí? —le preguntó al perfecto hombre de traje negro. Él cerró la puerta del balcón y cambió su tono.

—Siempre me pregunta lo mismo —le dijo desabrochándose la chaqueta del traje—.Eso mismo me dijo en el claro.

—¡Cállese! —le dijo bajando la voz. No era momento de hablar de esos temas, en medio de un baile repleto de la alta sociedad.

—Conozco una forma excelente para callarme, preciosa.

—No estoy de humor.

—Vamos, Juliet. —le dijo en el mismo tono que cuando era pequeño usaba para lograr todo lo que quisiera.

—No deberían encontrarnos a solas —le dijo intentando volver al baile de nuevo.

En ese momento Sebastian se interpuso en frente de ella cortándole el paso. Juliet dio un pequeño paso hacia atrás asustada y se enganchó su voluminoso vestido con uno de sus zapatos. Perdió levemente el equilibrio sin poder mantenerse en pie y notó como algo inquebrantable, como una estrella, la sujetaba. Él la mantenía firmemente por la cintura para impedir que se cayera, entonces ella levantó sus ojos y se topó con los de Sebastian a escasos centímetros. No dejó de observarla en silencio, se le veía serio, sin atisbo de burla, quizá algo preocupado y responsable. Eso a ella le mandó un mensaje que ignoró por completo pero a Sebastian no le importó su mutismo, se acercó naturalmente a ella afianzándola mejor y muy lentamente se aproximó a su rostro. Juliet sólo pudo observarlo sin lograr moverse.

La besó en medio de ese balcón, a la luz de infinidad de estrellas secretas y a escasos metros de un salón repleto de gente bailando. Ella se dejó llevar impulsada por todas las emociones que lograba experimentar a su lado, notando un delicioso aroma a recién afeitado. Seguramente se había preparado concienzudamente para esa velada. También notó su piel tersa y suave, una mandíbula bien perfilada que encajaba en un rostro hermoso. Sus labios sabían a algo intenso, imaginó que había tomado algún tipo de licor o quizá whisky. Él aprovechó la embriaguez de ella para introducir su lengua y Juliet comprendió que había sido un error demasiado tarde, sin poder rechazarlo. Él siguió besándola y ella le correspondió por completo, rendida a sus pasiones. En ese momento les alcanzaron unas carcajadas del salón principal y ese fue el momento en que Juliet logró volver a su realidad. Bajó de ese paraíso inexistente y entendió lo que acababa de ocurrir, empujó a Sebastian con fuerza y se apartó de él perdiendo un poco el equilibrio, se alegró que ese balcón tuviera una baranda de mármol.

—Eres insufrible —le dijo con rabia y él se sintió dolido.

—Por la forma en que me miraste me pareció que esperabas un beso.

—¿De ti? —le contestó como insultada—.Jamás —salió casi a la carrera de ese balcón dejándolo sólo.

En realidad necesitaba exagerarlo para lograr creérselo. Le había gustado demasiado ese beso y lo peor de todo es que lo había esperado con ganas. Hacía ya algunas noches, desde que se habían encontrado a solas en el claro, que se había preguntado cómo sería besarlo. Ahora que lo había logrado, esperaba poder olvidarse definitivamente de él.

—Creo que deberías cambiar tus formas, amigo —le dijo tendiéndole un vaso de whisky a Sebastian.

—Cállate Eduard.

—Mi prima es complicada.

—La conozco perfectamente.

—Entonces entenderás que a la princesa del reino no se la conquista siendo arrogante.

—No voy a convertirme en otra de sus marionetas.

—Claro que no, pero debes aprender a seducirla por dentro —le dijo su amigo.

Sebastian tomó un sorbo de su whisky y se apoyó en la barandilla observando el oscuro jardín que se abría ante él. Ese jardín era justo como ella, hermoso y fascinante por el día pero tremendamente oscuro y misterioso por la noche. Él conocía mejor que nadie a Juliet y aunque hubiera crecido seguía exactamente igual, con la misma personalidad desafiante y guerrera. Precisamente por eso, sabía que ella era su mujer ideal. No sólo le resultaba atractiva, se atrevía a ir contra todo sin miedo. Él había buscado alguien así, valiente, sin miedo y aventurera. Juliet no sólo montaba a caballo estupendamente, sino que encima era una excelente arquera, necesitaba conocer mucho más de esos secretos, desvelarlos por completo y lo que especialmente deseaba era quedárselos para él. Ella sería su esposa, recordó la frase de su amigo, seducirla por dentro. Aunque no sabía muy bien cómo lograrlo, lo haría, cambiaría su táctica para lograrlo pues para él ya sólo existía un camino y se llamaba Juliet.

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Acerca de: Clover

¡Bienvenida a mi mundo plagado de soñadoras! Llámame CLOVER, soy la autora de este cuaderno, una ovejita más del rebaño, #cloveradicta, escribo historias románticas sin parar, atípica por convicción y amante de la libertad por fanatismo. ¿Te unes al rebaño de las que soñamos despiertas? (¡Desde este lado el mundo es un poquito más bonito!).

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