La fascinación de un hombre: capítulo 1 – Una auténtica amazona

Buenos días, hoy estreno una nueva historia y para ello he decidido hacerlo con una pequeña historia de época. A veces hay talentos que las mujeres esconden por vergüenza, por culpa de prejuicios estúpidos de la sociedad y escribo estúpidos porque los prejuicios son precisamente eso. Por ello, me gusta escribir historias en las cuales esas cosas que algunos ven absurdamente malas o con malos ojos, enamoran a otros. Esta es la historia que ideé entre Juliet y Sebastian, dos hijos de aristócratas amigos en su infancia pero separados cuando él tuvo que ir a estudiar para ser aquello que en el siglo XIX se suponía que era ser un hombre y ella en cambio, se quedó en su casa esperando para ser lo que se suponía era una mujer. El paso de los años los separó pero llega un momento en sus vidas de inflexión, él vuelve a su tierra natal para afrontar su futuro como conde y se encuentra a una inusual amiga de la infancia llena de nuevos valores. Su encuentro es eléctrico y arrasa, hasta entonces, pacíficas vidas pero es que ellos son precisamente todo lo que supuestamente no deberían ser en su sociedad. Esta es una pequeña escena dónde se descubren y se enamoran casi al instante sin poder detenerlo, no por lo que se supone que deberían ser sino por lo que realmente son.


LA FASCINACIÓN DE UN HOMBRE

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Capítulo- 1: Una auténtica amazona.

Juliet se despertó calmada y feliz, algo bastante inusual últimamente en ella, y su estado perduró al descubrir que fuera el clima era cálido y soleado. Abrió la ventana de su habitación y respiró ese reconfortante aroma a flores que invadía toda su habitación, ¡qué sensación más reconfortante! pensó, una mañana fantástica para practicar con el arco.

Se enfundó en su modesto vestido color chocolate para montar y como no esperaba visitas hasta la hora del té decidió sujetarse su espesa melena rubia en una trenza floja. Odiaba esos moños tan tensos, le dolía el cuero cabelludo al llevarlos y se tardaba demasiado en atarlos, una pérdida de tiempo para un día tan maravilloso. Almorzó rápidamente un par de tostadas con té que Claris le había subido a sus aposentos y se dirigió casi a la carrera a los establos, hoy se encontraba en perfecto estado de forma.

—Vaya, hoy has madrugado hija.

—Buenos días, padre —Juliet le brindó un sonoro beso en la mejilla. Su padre era un hombre serio y responsable en su posición de conde pero sumamente afectuoso con su única hija. Un hombre alto, de corte regio con una mirada directa y sin temores, así lo había visto siempre ella. Su padre le recordaba a una roca, una inquebrantable, consistente y estricta roca, en ausencia de su fallecida madre.

—Veo que vas a salir a montar.

—Sí, también practicaré un poco con el arco.

—Ten cuidado —le advirtió su padre. Todo su condado conocía a esas alturas que Juliet era una excelente amazona, pero lo que ambos intentaban ocultar eran sus dotes para la arquería. Que una mujer fuera tan buena o incluso mejor que muchos hombres en una actividad física no estaba bien visto, por eso, agradecía que las tierras de su padre fueran tan extensas. Cuando el padre de Juliet descubrió la pasión de su hija con tan solo trece años, decidió construirle un campo de tiro escondido tras una de sus colinas con el pretexto que a él le encantaba practicar el tiro. Ella sabía que eso era falso, nunca había visto a su padre con un arco, prefería la caza con escopeta así que ambos fingían lo que no era para lograr que Juliet pudiera seguir con sus actividades.

Primero se dirigió a los establos en busca de Cleo, su Cleopatra. Adoraba a su yegua negra, con su brillante y sedoso pelaje, y como era una hembra con carácter le había caído tan bien nada más conocerla. Juliet aborrecía a la gente sin carácter, como si les faltase algo. Se montó encima de Cleo y ambas se dirigieron hacia su refugio mágico por una ruta casi escondida que conocían a la perfección. Después de seguir por ese escondido sendero ambas llegaron a su paraíso, un pequeño claro tras la colina con algunas dianas y arcos. Desmontó y dejó a Cleo pastando mientras Juliet se acercó a un pequeño baúl de madera escondido por algunas hojas. Las apartó con sus manos enguantadas para abrirlo y entonces, sacó despacio su arco junto al carcaj. Lo observó maravillada, solo con notarlo a través de sus dedos la hacía sentir tan segura. Se preparó para practicar un rato atándose una gruesa tira de cuero en su muñeca. Esa actividad tan monótona y calculada le transmitía serenidad. Se alejó despacio de la diana hasta ocupar el lugar de tiro. Juliet empezó a tensar la cuerda con calma y cuando la notó bien tensada se fijó en el objetivo. Ella lanzó su primera flecha saliendo disparada directa y sin vacilar al blanco, exactamente en la diana. Juliet sonrió sin perder la postura y se dispuso a lanzar una segunda flecha cuando el ruido de unos cascos de caballo la advirtieron. Maldijo su suerte, alguien había entrado en sus tierras y se estaba acercando peligrosamente a ese claro.

Poco tardó Juliet en vislumbrar por el camino a un caballo, iba rápido, demasiado rápido en un camino muy cerrado. En pocos minutos el jinete se encontró entrando en el claro y Juliet se dio cuenta que aún seguía bloqueada y con el arco entre sus manos. Resultaba extraño que alguien siguiera ese camino cuando la ruta hacia su casa era claramente visible en la dirección opuesta. Ella sabía que ya era tarde, no tendría tiempo de esconder el arco en el baúl y era demasiado obvio lo que ella estaba haciendo. Así que decidió afrontar esa situación y disimular como siempre hacía ante los nobles. A veces, cuando ella misma se colocaba en un apuro, cosa que le ocurría constantemente sin remedio, eludía a su situación de mujer tonta frente a los hombres, alabándoles y haciéndose pasar por inútil, hasta que ellos se sentían satisfechos y dejaban de prestarle atención. Al principio, se ganó bastantes desaires y riñas con varias familias importantes, antes que Juliet comprendiese cómo funcionaba la mente de esa retorcida sociedad. Solo era necesario aparentar que era estúpida, mientras ella no se lo creyera, todo estaría bien.

El caballo de ese extraño siguió avanzando pero ella no recordaba a nadie con semejante montura. Desde esa escasa distancia pudo observarlo, era un purasangre negro por su forma vigorosa de cabalgar y una gruesa línea blanca en su frente destacaba en un caballo absolutamente oscuro. Era un animal enérgico e impetuoso, puro nervio, pensó. Juliet hubiera jurado que los ojos de aquel caballo eran rojos como las llamas y entonces lo entendió, ese no podía ser otro que el caballo de Sebastian. Nadie en su sano juicio montaría a esa bestia tan salvaje y agresiva, nadie a excepción del mismísimo diablo. No necesitó apenas desmontar de su montura cuando casi saltó literalmente de ella.

—Buenos días milady.

—Buenos días, si está buscando a mi padre acaba de marcharse a la ciudad —lo despachó con la esperanza que así la dejara sola. Iba elegantemente vestido con su traje de montar azul marino y le sentaba como un auténtico guante; entallado allí donde debería y suelto para resultarle cómodo en sus movimientos. Ese pañuelo tan bien anudado en el cuello, le causó curiosidad. Nunca se hubiera imaginado a Sebastian usando un pañuelo para montar, demasiado recatado y estirado para él. Juliet se fijó que llevaba el cabello sutilmente despeinado por el ejercicio con sus pequeñas ondas color caramelo que le caían descontroladas en su frente. Sus ojos color ámbar la apresaron nada más desmontar, así era Sebastian desde que lo conocía, un hombre absolutamente desafiante. Realmente resultaba atractivo pensó, él siempre lo era, cautivaba a las mujeres que deseaba hasta que terminaban cayendo.

–Lo sé, precisamente ha sido él quien me ha revelado dónde podría encontrarla –mentía. Su padre jamás le hubiera dicho dónde se encontraba practicando con el arco. No cuando él pertenecía a una de las familias más influyentes de Londres. Así que ese caradura le estaba mintiendo descaradamente.

–Como puede ver, milord, ahora mismo me encuentro algo ocupada.

–¿Le gusta el arco? –preguntó Sebastian como si no la hubiera escuchado.

–¿Perdone?

–El arco –dijo señalando sus manos como si fuera obvio.

–Ah, sí… un poco –maldita sea, debería mostrarse firme y sin titubear. Ese hombre lograba fastidiarla demasiado y sacarla por completo de su zona de confort. En unos segundos intentó retomar el control de la conversación, debería fingir como siempre si esperaba salir airosa de ésta.

–Ya veo –Sebastian se rió mirándola fijamente a los ojos. Se aflojó el pañuelo del cuello. Le molestaba, Juliet lo notaba, no estaba cómodo con él y no le pegaba para nada.

–¿Qué tiene tanta gracia?  –si ese hombre se atrevía a reírse de ella al menos podría compartir la broma.

–Nada, es sólo que usted con arco…es difícil de explicar –Juliet se enfadó, ella siempre había tenido carácter y Sebastian sabía sacárselo a la perfección, aún después de tantos años. El carácter era una virtud bien vista en un hombre, en cambio en una mujer resultaba molesta. Nunca entendió el motivo de tal diferencia, sencillamente las cosas eran así desde que el mundo era mundo.

–¿Le parece ridículo? –le preguntó abiertamente. Ella también podría ser directa y franca, nadie la ganaba en una batalla dialéctica.

–No, me parece fascinante –le dijo mirándola directamente a los ojos mientras se desabrochaba el primer botón de su camisa y Juliet empezaba a notar que le faltaba el aire. Dios, ese hombre era pura provocación ardiente. Se sentía inquieta observando esa clavícula expuesta y él no dejó de observarla en silencio, finalmente le dijo:

–Muéstreme.

–¿Como?

–Muéstreme cómo tira.

–¿Para qué?

–Quiero ver si en realidad es tan buena como finge ser o son todo habladurías.

–Milord, yo no finjo nada. No debería hacerle estas propuestas a una dama.

–Hay tantas propuestas que no debería hacérselas a una dama, pero siempre termino haciéndoselas, no tengo remedio –le dijo con falsa modestia. Juliet sabía que esas propuestas de las que hablaba nada tendrían que ver con un arco y una flecha aún así aceptó en silencio el desafío. Tensó su arco como hacía años había aprendido y lanzó la flecha clavándose directamente en la diana. Claro, pensó, ella era una auténtica amazona.

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Acerca de: Clover

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Alma inquieta. Proyecto de creadora de mundos. Hada del país de la piruleta en mis tiempos libres. Analizo todas las series asiáticas que encuentro. Me gusta leer manga, jugar a MMORPG y aprender japonés.

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