Los lazos del destino: capítulo 13 – Huir por la ventana

¡Bienvenidos a vuestro cuaderno! Y escribo “vuestro” porque así es, aquí no solo se trata de leer lo que escribo, sino de imaginarlo (y en eso no os voy a quitar ni un poquito de mérito). Y hablando de soñar, hoy nos tocará ir bastante lejos, ¿estáis preparados? Creo que este es uno de los capítulo que más deseaba publicar desde que Claudia y Aarón se cruzaron en mi vida. Que no supiéramos nada del protagonista me ha resultado muy duro, yo igual que vosotros soy una curiosa nata, no soporto las series que me dejan con intriga capítulo tras capítulo, y darle credibilidad a un ser tan misterioso, me ha resultado prácticamente una odisea. En más de una ocasión me he imaginado a Claudia cogiéndolo por el cuello en plan psicópata total: “¡Cuéntame quién eres! ¡QUÉ DIABLOS ERES!”. Pero calma, que todo en la vida cae por su propio peso, y aunque estos dos hayan subido casi hasta las estrellas con su viajecito, ahora les tocará poner los pies en la…¡Esperad! ¿La tierra? Creo que Aarón no vive en ella, ¿o sí? Abrazos para todos y hasta el miércoles.


LOS LAZOS DEL DESTINO

ÍNDICE


Capítulo- 13: Huir por la ventana.

Pedro entró en la habitación de Claudia y se encontró con su cama perfectamente hecha, entonces sacó su móvil de su pantalón y la llamó. El tono habitual de su móvil empezó a resonar a través de la habitación mientras intentaba seguirle el rastro. Intentó ir siguiendo ese sonido familiar hasta que finalmente lo encontró escondido en el último cajón de su escritorio y comprendió lo que había ocurrida esa misma noche entre esas cuatro paredes.

Por eso Pedro no vaciló ni un segundo al abrir la puerta del armario de Claudia para corroborar lo que ya se estaba imaginando ni tampoco se sorprendió lo más mínimo cuando se encontró con un armario medio vacío. Pedro examinó las fotos que Claudia tenía pegadas en una pizarra de corcho y arrancó una en la que salía Claudia sonriéndole a la cámara.

—¡Ai, Claudia! —suspiró mientras marcaba un número de teléfono en su móvil—.¡Pero qué has hecho! —se lamentó mientras se colocaba el teléfono en su oreja—.Soy Pedro, acaba de llevársela. ¡Manda a los hombres ya!

Claudia llevaba bastantes horas sobrevolando el cielo con Aarón sin saber a ciencia cierta hacia dónde se dirigían. Su cabecita acurrucada en el hombro de Aarón era incapaz de imaginárselo cuando se trataba de un mundo donde todos podían volar.

—¿Falta mucho? —le preguntó ella preocupada.

Desde que habían salido de su casa, Aarón se había equipado la mochila de Claudia en su espalda y se había limitado a abrazarla para saltar por su ventana. Ella sabía que Aarón era especial en muchos aspectos pero estaba claro, que en algún momento de ese largo trayecto terminaría cansándose.

—No te preocupes, llegaremos pronto.

—Estoy un poco nerviosa, lo siento.

—Shhh…recuerda que yo estoy contigo —le contestó en un tono bajo y calmado mientras le besaba la cabeza.

Juntos, suspiró ella encantada, porque solo estando a su lado Claudia podía sentirse tan segura y reconfortada incluso, después de haber abandonado a sus padres de esa forma tan cruel. De hecho, eso era lo que más lamentaba de todo, el haber tenido que irse de esa forma tan precipitada y sin poder haberles explicado una situación difícilmente explicable. Seguramente Pedro e Isa se enfadarían con toda la razón del mundo con ella, solo esperaba que en el fondo, aunque fuera muy en el fondo, la comprendieran.

—Vamos a descansar un rato —le anunció Aarón—.¿Te apetece tomar algo?

—Vale —le contestó ella, porque sospechaba que de los dos, el que se encontraba más agotado físicamente era él.

—Voy a ir a buscar un par de refrescos, espérame aquí, Claudia —le dijo mientras se perdía en un supermercado abierto las 24 horas.

Claudia se quedó sentada en el escalón de un viejo edificio mientras lo esperaba. Era una noche fresca y tranquila, y nadie en ese instante circulaba por la calle. Seguramente eso era lo normal, eran las tantas de la madrugada de un día cualquiera en un lugar cualquiera y precisamente eso, lo hacía el mejor momento de todos. Porque lo que estaba haciendo ella en ese instante con el chico que se encontraba comprándole un refresco era escapar, huir para salvarlo a él y así egoístamente, salvarse a sí misma.

—Estás muy seria —la sorprendió Aarón mientras ella contemplaba la luna.

—No, solo un poquito triste —y él le sonrió un poco mientras le entregaba su refresco.

—Toma, no sé si este te gusta.

—Me encanta, gracias —y ambos empezaron a beberse sus respectivos refrescos sentados en esa escalera del viejo edificio.

Claudia pegó un gran sorbo de su refresco son sabor a frutas y se gratificó por lo dulce que estaba. Pasaron varios minutos en silencio y de repente, empezó a asustarse cuando notó que su vista le estaba jugando una mala pasada.

—Creo que me encuentro un poco rara, Aarón.Es como si viera borroso —y entonces, su mano dejó de obedecerla y se le cayó el refresco—.Lo… —pero su frase quedó inconclusa cuando Claudia cerró sus ojos.

—Lo siento —le susurró Aarón mientras cargaba a Claudia como a un saco de patatas para llevársela.

Porque allí donde ambos necesitaban huir era un lugar único, uno donde los humanos no siempre eran bienvenidos.

Claudia despertó con un fuerte dolor de cabeza por la mañana aunque en realidad, no sabía si era de día o de noche. Por alguna razón en ese momento se sentía muy desorientada y no era capaz de recordar cuánto tiempo se había pasado durmiendo. Lo último que recordaba era ese refresco dulzón que le había entregado Aarón y que después, había empezado a sentirse mareada. ¿A caso la había drogado? Alarmada, Claudia se levantó de un salto del cómodo sofá donde había descansado y examinó su entorno.

En un principio no logró reconocer nada de lo que se encontraba allí dentro ni tampoco encontró nada familiar en ella porque ese lugar parecía un ¡maldito palacio! Sin duda, si no lo era se parecía muchísimo a esos salones antiguos de las películas de época. Entonces, se observó la ropa y se dio cuenta que ya no llevaba sus cómodos jeans ni su camiseta básica, y que en su lugar lucía un vestido blanco que le cubría los pies. Era muy delicado y vaporoso, y estaba decorado elegantemente con un hilo plateado ribeteando los bordes. Claudia también se observó las muñecas y se dio cuenta que llevaba una gruesas pulseras plateadas en cada una de ellas con un rojo rubí incrustado en el centro. Ella no era una experta en esas cosas, y mucho menos en piedras preciosas, pero no le cabía la menor duda que aquellos pedruscos eran auténticos y que costaban una fortuna.

Claudia intentó buscar unos zapatos para caminar por la habitación pero no fue capaz de hallarlos así que empezó a pasearse por esa habitación vacía con los pies desnudos. El suelo de la habitación era frío, aunque ella se sentía un poco acalorada y le gustó. Rápidamente se dio cuenta que había muchos retratos de gente desconocidas colgando de las paredes. Todos parecían ser importantes, hombres, mujeres y también niños, todos eran muy atractivos y vestían elegantemente como si fueran de otra época. Esos cuadros contrastaban con el fino papel de la pared, un papel blanco con unas rosas pálidas pintadas muy delicadamente. En realidad, esa estancia parecía literalmente el salón de una mansión victoriana, donde todo parecía absurdamente grande y recargado. La habitación era tan alta que Claudia apenas se había dado cuenta de las trabajadas y maravillosas lámparas que colgaban del techo. Parecía que cada uno de los diminutos cristales que constituían esas lámparas irradiaran luz, una luz tan potente y cegadora que nada tenía que envidiarle al sola. Delante de ella, se cruzó con una mesa de cristal con varias tazas vacías y así supuso que ese sería una especia de salón para tomar el te o el café. A ella le pareció absurdo que un lugar tan grande y exquisitamente decorado tuviera tan poco uso, pero imaginó que si alguien poseía tal cantidad de “todo”, podría permitirse muchos más lujos. En ese momento mientras intentaba tocar una de esas femeninas tazas, la sorprendió el ruido de la puerta abriéndose. Ella se giró con el corazón nervioso porque ¡por fin la vendría a buscar!

—¡Aarón! —lo llamó dirigiéndose con prisa hacia la puerta, pero Claudia se detuvo en seco cuando se encontró con un hombre mucho más alto, mayor y de cabello negro. Vestía con una ropa completamente negro y se fijó que en su cinturón llevaba un arma colgada.

—Creo que no soy quien estás esperando —le contestó con una sonrisa divertida. Claudia se lo miró con los ojos muy abiertos y un poquito asustada.

—¿Dónde está Aarón? —y ante el silencio de ese hombre le insistió—¿Qué le habéis hecho?

—Preguntas demasiado —le contestó dejándole un plato de comida y entregándole una jarra con agua.

—¡Contéstame! —le gritó ella tirándola al suelo.

—¡No grites! —la amenazó empujándola contra el suelo como si fuera de papel—.Si quieres… —y a punto estuvo de empezar a asfixiarla cuando una voz desconocida lo detuvo.

—¡Marcus! —lo llamó esa voz femenina desde la puerta.

—Has tenido suerte —le susurró el hombre con unos ojos negros como el carbón.

—¡Solo quiero saber qué le habéis hecho a él! ¿Está bien? —gritó desesperada Claudia tumbada en el suelo, pero Marcus se limitó a irse por la puerta mientras se reía como un loco.

Claudia intentó seguirlo hasta la puerta y casi se tropieza con su propio vestido, pero no lo alcanzó a tiempo. Marcus cerró la puerta con un golpe mientras ella intentaba girar el pomo que ¡estaba completamente cerrado! Tiró de él desesperada con todas sus ganas pero esa puerta maciza no se abrió ni un poco.

—¡Sacadme de aquí! —les gritó histérica sin dejar de golpear la puerta—.¡SACADME DE AQUÍ! —volvió a gritarles en vano porque nadie la sacó de allí. De hecho, terminó con las manos destrozadas y ensangrentadas hasta que abatida, decidió sentarse al lado de esa puerta y esperar. No sabía muy bien el qué pero esperaría, porque alguien regresaría, ¿no?

Y claro que regresaron a buscarla, con la única diferencia que tardaron más de lo que ella se había imaginado. Para aquél entonces, Claudia empezaba a sentirse loca de los nervios y no sabía qué demonios esperar. ¿Quiénes eran? ¿Y dónde estaba? En un principio había creído que esa era la casa de Aarón, pero desde el momento en que no le habían querido hablar sobre él, había empezado a dudarlo. Esa gente no le daba muy buena espina, ¡no señor! Así que debería ser más cauta y prudente a partir de ahora.

La infranqueable puerta volvió a abrirse cuando Claudia casi había perdido toda esperanza, llevaba tantas horas observándola en silencio sin el más leve movimiento, que ya no sabía si se lo estaba imaginando o era real. Ese delicado y aparentemente inofensivo salón, en realidad era ¡una maldita cárcel! Como ese salón no poseía ni una sola ventana su única salida hacia la libertad solo podía ser a través de esa puerta que en ese momento se estaba abriendo.

—Levántate, tenemos que llevarte a otro sitio —le ordenó Marcus con el mismo tono autoritario y cabreado con el que le había hablado la primera vez. A ella le costó bastante ponerse en pie y se resbaló un poco por culpa de sus pies desnudos—.¡Levántate de una vez, mocosa! —y Marcus tiró con fuerza de sus pequeñas muñecas para levantarla.

—¡Joder, Marcus! No hace falta ser tan brusco —le reprochó su compañera. Ella llevaba el mismo uniforme negro y el cabello castaño recogido en un tirante moño.

—Pues dile que ande de una vez —le contestó mientras colocaba los brazos de Claudia en su espalda para atárselos.

Marcus y su compañera se llevaron a Claudia a través de esos pasadizos que no se parecían en absoluto a una cárcel. Eran igual de ostentosos y coloridos que el salón en el que había estado encerrada y estaban decorados con muchas esculturas. Durante su trayecto, no se cruzaron con nadie, hasta que llegaron enfrente de una gran puerta flanqueada por dos hombres. Esa puerta le dio mala espina a ella, era el triple de alta que Claudia y parecía que escondía algo verdaderamente importante.

—¡Abrid la puerta! —les ordenó Marcus. Y aquellos dos hombres vestidos con una ropa blanca, roja y dorada, cumplieron su orden sin decir nada.

Lo que Claudia se encontró tras esa puerta podría definirse como el paraíso, pues una sala iluminada por una potente luz la dejó sin aliento. El techo estaba decorado por millones de cristales de colores y las paredes parecían de hielo. El suelo, se encontraba decorado con una extensa alfombra de flores y en el centro, en lo más hondo de ese espectacular salón, había una gran figura alada que parecía de diamante. Claudia se sintió abrumada nada más poner un pie en la fina alfombra de colores y se avergonzó un poco al recordar que estaba descalza.

—Camina —le dijo Marcus en ese tono seco tan suyo.

Claudia fue avanzando a través de esa alfombra mullida sin poder apartar la vista de esas paredes tan brillantes y del techo con los cristales de colores. Sin duda, ese techo poseía los colores más bonitos y asombrosos del mundo y así, poco a poco, fue acercándose hacia la gran figura alada. En un principio había creído que se trataba de un ángel aunque había estado completamente equivocada. La figura alada que ocupaba el fondo de la sala era una gran águila frontal esculpida en un material blanco pero que brillaba muchísimo. El animal imponía respeto nada más captar tu atención, no solo por su descomunal tamaño o porque tuviera sus alas completamente desplegadas, sino porque parecía que observaba atentamente a los nuevos visitantes con unos ojos rojos como dos rubíes. Sus ojos, tan rojos y brillantes, le recordaron a Claudia las piedras preciosas que había visto en sus pulseras, y se preguntó si realmente se trataría de rubíes o de algún mineral precioso que desconocía.

Cuando Claudia se acercó lo suficiente al águila, se dio cuenta que en sus garras había dos especies de asientos y en ellos, se encontraba una mujer y un hombre sentados. La mujer poseía un oscuro y largo cabello negro que le llegaba hasta el suelo y contrastaba con el tono tan blanco del animal. Iba vestida con un vestido completamente blanco aunque estaba finamente decorado con un hilo rojo. Era una mujer bella, pero a ella le pareció muy fría y sin expresión. El hombre en cambio, sonrió a Claudia nada más cruzar la vista con ella. Iba vestido con un traje acorde al de la mujer en tonos blancos y decorado con un brillante hilo rojo.

—Bienvenida, Claudia —la saludó ese hombre de cabello negro—.Me llamo Ezequiel y soy el gobernante de esta ciudad. Esta es Casandra, mi esposa.

—¿Dónde estoy? —preguntó ella molesta porque sospechaba que él no se lo había dicho a propósito.

—No sabría explicártelo, para vosotros esto no existe —y miró a su mujer con una sonrisa como si aquello fuera una broma suya.

—¿Vosotros?

—Humanos, querida —contestó Casandra sin expresión.

—¿Y qué sois?

—Preguntas, preguntas y más preguntas. Esa curiosidad humana, ¡la detesto! No estás aquí para preguntar, Claudia —le contestó  poniéndose en pie. Ella captó rápidamente el cambio en el ambiente del salón y la hostilidad de Ezequiel. Indudablemente ese hombre de apariencia sociable escondía a un ser bastante irascible y peligroso, uno que ella no deseaba ofender—.Necesitamos respuestas y tú vas a dárnoslas.

—¡Angélica y Estefan! Venid, por favor —los llamó la mujer con una voz chillona. Y dos chicos jóvenes de más o menos la edad de Claudia y de cabello negro, aparecieron ante ella. En realidad, ambos parecían ser gemelos y a no ser porque uno poseía una espalda más ancha y la otra una cintura más estrecha, se parecían como dos gotas de agua. Iban vestidos también una ropa blanca decorada con el mismo hilo rojo y no apartaban la vista de Claudia.

—Estos son nuestros hijos, preciosos, ¿verdad? —le preguntó Ezequiel. Pero ella se reservó sus pensamientos porque en realidad le parecían escalofriantes por la forma en que la estaban mirando—Vamos a ver qué ocurre. Suéltala, Marcus —le ordenó, y Claudia notó como desaparecía la presión de sus muñecas.

—Empezaré yo, padre —habló por primera vez Angélica. Y de ella, salió un lazo largo que atrapó a Claudia. Ella se lo quedó mirando asombrada y sin comprenderlo porque ese lazo no era rojo sino blanco.

—Lástima, hermanita —le contestó Estefan con una sonrisa—.Mi turno —y Angélica le quitó el lazo de su muñeca para que su hermano se lo lanzara. Esta vez la cinta también fue de un color blanco, tan blanco como su ropa.

—¡Tú tampoco! —exclamó alarmada Casandra.

—Lo sabía —masculló Ezequiel sentándose en el trono—.Solo puede ser Aarón.

—Entonces que venga de una vez nuestro otro hijo —suspiró Casandra.

¿Hijo? Se preguntó Claudia sin creérselo del todo, ¿esos eran los verdaderos padres de Aarón? Ella se miró horrorizada a Angélica y después a Estefan mientras se iban, ¿sus hermanos? ¡NO! Gritó con fuerza su voz interior, aquello era imposible. Ella había estado allí como una prisionera y ni siquiera Aarón había ido a buscarla. ¡A cuento de qué ahora resultaba que esa era su monstruosa familia!

—¿Y dónde está Aarón? —preguntó Claudia con un nudo en la garganta.

—Eso nos gustaría saber a nosotros. ¡Nunca va a aprender a atender sus obligaciones este chiquillo!

¿Obligaciones? Ella no era ninguna obligación, Claudia lo quería y amaba y él…¿él qué? Lo había dejado todo para estar con él, sus padres, su casa, ¡su vida! ¿Y qué había hecho Aarón? No contarle nada sobre ese nuevo mundo, drogarla para traerla allí, encerrarla en una engañosa cárcel y dejarla con sus padres para que le hicieran una especie de experimento.

—¡Señor! —entró Marcus con paso ágil en el salón—.Su hijo Aarón acaba de regresar.

—¡Magnífico! —sonrió Ezequiel, pero a Claudia no le parecía magnifico en absoluto, aquello era horrible, lo más espantoso que le había ocurrido jamás.


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Acerca de: Clover

Clover

Alma inquieta. Proyecto de creadora de mundos. Hada del país de la piruleta en mis tiempos libres. Analizo todas las series asiáticas que encuentro. Me gusta leer manga, jugar a MMORPG y aprender japonés.

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