Colmillos del pasado: capítulo 5- Unión de sangre

Colmillos del pasado

¡Bienvenidos! Ni yo misma puedo creérmelo, pero retomo el timón de mi primera historia vampírica y seguimos avanzando.

Entre unas cosas y otras he estado aplazando este capítulo un montón, ¡perdonadme! Os juro que no ha sido por falta de ganas… Para los que no os acordéis, en el último capítulo de Colmillos del pasado Melisa llegó a comprender los temores de su padre y descubrió los verdaderos motivos de su matrimonio arreglado. Con esta pequeña introducción me despido y os dejo con un nuevo capítulo.

¡Sed felices! Besos para todos.

Las campanas de Krea repiqueteaban con fuerza anunciando lo inesperado. Melisa las contemplaba a través de su velo plateado con incredulidad. En el pasado ese sonido le había parecido casi mágico, pero ahora no podía evitar escucharlo como su sentencia de muerte.

—Estás preciosa —le susurró su padre para alejarla de sus dudas.

Ella lo contempló como había hecho de niña. Goliat parecía afligido y triste, no emocionado y feliz como debía esperarse de un padre que estaba a punto de llevar a su hija al altar. Entonces Melisa se fijó en la corona dorada que llevaba y endureció sus facciones.

—Estoy lista —le dijo con convicción.

Las puertas de la catedral de Krea se abrieron de par en par. Padre e hija empezaron a adentrarse en ella como si estuvieran metiéndose en la boca del lobo.  Miles de personas se habían reunido esa mañana para presenciar el momento más glorioso de los Argentum y todos contemplaban a esas dos figuras en movimiento como si fueran dioses.

Melisa no se dejó amedentar por el silencio de la sala y se fijó en que algunos invitados no iban vestidos de acuerdo a la tradición de su familia. Llevaban ropas oscuras y de colores fuertes que nada tenían que ver con los vestidos de seda y tonos pastel de Krea. Si algo tan banal como ropa y telas los diferenciaba tanto, ¿qué podría tener en común con su futuro esposo?

—Vas a hacerlo bien —le susurró su padre.

—Eso espero —le contestó fijándose en la sombra alta y delgada que se encontraba al final del pasillo.

Los pies de Melisa en ese momento se detuvieron, su padre la observó sorprendido, pero ella logró recobrar el control de su cuerpo y seguir avanzando. Al contrario del resto de su familia y conocidos, Leandro se había vestido de acuerdo a la moda de los Argentum y se había puesto un traje de color gris perla muy brillante adornado de arriba abajo con piedras de ónice. En cualquier otro momento ella hubiera aceptado que era una ropa preciosa, pero ahora mismo no podía evitar pensar en la puerta de la catedral y en la forma más óptima de huir de allí. Pero por más que el cuerpo de Melisa deseaba dar marcha atrás y esconderse, siguió manteniéndose firme tal y como le había enseñado su padre.

—Te confío mi hija, cuídamela —le dijo Goliat a Leandro mientras éste asentía.

Melisa no lo miró, se limitó a quedarse a su lado interpretando el papel que se había estudiado la noche anterior. Era joven e ingenua en muchos aspectos así que se limitaría a esconderse en su caparazón de tortuga hasta que pasara la tempestad.

—Estás preciosa —le susurró él.

Ella siguió mirando al frente sin pestañear. Solo tenía que esperar un poco más, dejar que el sacerdote hablara para que todo terminara por fin.

—Y ahora —les anunció el sacerdote con una gran sonrisa—. Ha llegado el momento del juramento de sangre.

Leandro se quedó paralizado enfrente del velo de Melisa, y como él parecía incapaz de apartárselo, ella decidió hacerlo para exponer su garganta. Sin su gran velo plateado su cuello quedaba completamente expuesto. Leandro sacó sus colmillos y se acercó a Melisa, clavó sus dientes en su pálida piel y ella se removió un poco. Disimuladamente el sacerdote le prestó un pañuelo para que se limpiara mientras Leandro se desabrochaba su camisa. Melisa se acercó a la garganta de Leandro y clavó sus colmillos. En un principio quiso hacerlo en un acto rutinario, pero nada más notar su sangre, una calidez le recorrió el cuerpo. Su garganta se encontraba hirviendo, su sangre era dulce y tenía un olor peculiar que jamás antes había notado en nadie.

—Ahora estáis casados —les informó el sacerdote.

La catedral estalló en aplausos, la música empezó a sonar y miles de cintas de colores se alzaron por sus cabezas. Melisa contempló ese espectáculo como si estuviera metida en una burbuja. Sentía que su garganta no dejaba de sangrar pero no le importó, de hecho, ahora pocas cosas le importaban ya.

—Deberías dejarte el pañuelo puesto —le dijo su marido—. Sujétalo —le insistió.

—No lo necesito —le contestó tirándolo al suelo—. No necesito nada más de ti.

Melisa por primera vez miró a los ojos de su esposo. Eran grises, y en lugar de parecerle bonitos, le resultaron tristes y fríos. Entonces se alejó de él porque empezó a notar náuseas y…

—¡Melisa! —la llamó su mejor amiga.

Catrina la abrazó, ella quiso apartarse, pero su amiga siguió sujetándola hasta que Melisa se dio cuenta que se encontraba llorando y que la estaba protegiendo para que el resto de invitados no la vieran.

—Hoy has sido muy valiente —la reconfortó su Cat—. Muy valiente.

Leandro intentó llamar la atención de Melisa por enésima vez. Desde la ceremonia, no se había acercado a él y eso era algo verdaderamente extraño cuando estaban en su banquete de bodas. En la ceremonia ella había estado previsiblemente tensa, pero su actitud de ahora era incomprensible. La boda no había sido solo su idea. ¿Melisa creía que él no tenía sentimientos? Ella había decidido repentinamente casarse con él, le había dicho que ya tenía la prueba que necesitaba y que no quería esperar más. Su enlace había sido repentino, sin apenas preparación y eso solo había dado lugar a especulaciones. La mayoría creía que era una boda por amor, que se encontraban tan tremendamente enamorados que habían precipitado su boda. «¡Idiotas!».

En ese momento Melisa levantó su rostro de la mesa y clavó sus ojos en los de su esposo. Estaba preciosa con su vestido blanco y su cabello recogido. Él se fijó en la marca carmesí del cuello que le recordaba que ahora era su mujer.

—Me voy a ir a dormir ya —le habló ella por primera vez—. Estoy cansada.

—Yo también me voy contigo.

—¡No! —lo detuvo sobresaltada—. Quédate un poco más con tus amigos.

—Mañana me gustaría hablar contigo sobre algunos temas.

—A mí también, necesito que me cuentes todo lo que ha sucedido con los Regnum. Sospecho que hay muchas cosas que no sé.

Leandro se decepcionó. Ella solo quería hablar sobre los Regnum. ¿Qué podía esperarse de un matrimonio arreglado?

—Ahora que eres mi esposa tienes derecho a saberlo todos sobre mi familia.

—Solo quiero saber la parte que implique a mi ciudad.

—Nuestra —le recordó él para provocarla.

—Más mía que tuya.

Esa respuesta suspicaz lo hizo sonreír. Le gustaba la Melisa que batallaba y no la que parecía un trozo inerte e inservible.

—¿Vas a dormir en nuestra habitación?

Esta vez fue ella la que le sonrió.

—Sabes que no lo haré —le dijo poniéndose de pie y alejándose del banquete.

Leandro suspiró. Había sido un día agotador y tenso que parecía no tener fin.

—¡Hijo! —lo saludó su padre ocupándose el asiento que Melisa había dejado libre—. Ahora que ya estás casado, espero que muevas algunos hombres para que nos ayuden. Sabes que a los Anemone no les faltan enemigos.

—Los hombres de los que estás hablando no me pertenecen, son de mi esposa.

—Como sea, necesitamos demostrar que somos invencibles.

—Que yo recuerde —le contestó—. Las condiciones de este matrimonio eran no inmiscuirlos en nuestras múltiples guerras.

—¡Bobadas! Ahora habéis hecho el pacto de sangre, esas cosas se dicen, pero nunca se cumplen.

—¡Se cumplirán! —le contestó Leandro—. No dejaré que metas tus zarpas en esto. Ahora que soy el espeso de Melisa, no puedes mandarme.

—Veo que el cachorro ha crecido —le contestó su padre—. En tus venas fluye el orgullo de la familia.

—Nada de Argentum para resolver tus problemas. Apáñatelas con tus hombres. Dios sabe que necesitaremos los guerreros cuando todos tus enemigos vengan a Krea.

—Antes los mataremos a todos —le dijo con la mirada cargada de odio.

—¿A todos? —le preguntó Leandro levantando una ceja—. Eso mismo decías de los Regnum y ahora…

—¡No me hables de esos mal nacidos! Esto es distinto.

—Es lo mismo, padre. Como no seas capaz de matarlos antes, vendrán todos aquí y tendremos un jodido problema.

—¿Tanto te preocupa una ciudad que apenas hace unas horas te pertenece?

—Solo la mitad me pertenece —le recordó.

—Media ciudad… ¿O quizá es por tu esposa?  Ya me he fijado que es poco cariñosa contigo.

—Eso no me importa. Pensaría que es estúpida si se me hubiera arrojado a los brazos hoy.

—¿Te gustaría que te saltara a los brazos? —le preguntó su padre con una sonrisa.

Leandro no le contestó. Le sonrió mientras intentaba imaginarse a Melisa abrazándolo. Su esposa no era ese tipo de mujer, ella era muy distinta.

Catrina acababa de despedirse de su amiga. Que Melisa estuviera desanimada era algo lógico, pero nunca antes la había visto tan apagada y apática. Normalmente era impulsiva e irreflexiva, pero desde que había aceptado su matrimonio con Leandro, parecía ausente. Llevar el velo plateado que acababa de regalarle la había cambiado, con él puesto se veía mal y el futuro parecía más incierto.

—¿Tú también vas a casarte?

—¡Richard! —se sorprendió al verlo—. ¿Qué haces aquí tan alejado del baile?

—Estoy trabajando.

—¿A estas horas?

—Creo que en eso consisten las guardias.

Catrina sonrió. Intentó quitarse el velo, pero las manos enguantadas del guerrero se lo impidieron.

—Te queda bien —le dijo colocándole la parte frontal hacia atrás para verle el rostro.

Ella se fijó en la armadura brillante de Richard. Todos en el banquete iban delicadamente vestidos, en cambio él, llevaba la misma armadura de siempre algo desgastada y usada. Catrina se quedó expectante, Richard movió su boca para decirle algo pero la cerró, entonces bajo la vista al suelo y volvió a levantarla rápidamente como si hubiera recobrado el hilo de sus palabras.

—Yo…

—¿¡Señor!? —los interrumpió uno de sus hombres. Richard se apartó de Catrina como un rayo—. Hay un altercado en el ala oeste.

—Ahora mismo voy —le contestó despidiéndose de Catrina.

Ella se quedó a solas con su desilusión y el velo plateado que acababa de regalarle su amiga. Entonces escuchó el sonido metálico de unos pasos acercándose.

—Creía que te habías ido —le dijo dándose la vuelta con una gran sonrisa.

Los labios de Catrina se tensaron nada más verlo. Esa cazadora oscura no pertenecía a los Argentum y por su mirada, parecía que…

—Sentimos decirle que el mismo día de su boda, señora, va a tener que separarse de su esposo.

Catrina calló al suelo antes de poder abrir la boca. «¡Se equivocan!», le hubiera gustado gritar antes de perderse en ese pozo de dolor y sueño.

 

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Acerca de: Clover

Alma inquieta. Proyecto de creadora de mundos. Hada del país de la piruleta en mis tiempos libres. Analizo todas las series asiáticas que encuentro. Me gusta leer manga, jugar a MMORPG y aprender japonés.

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