La curiosidad no mata

¡Buenos días! ¿Te animas con un relato sexy? Siempre me han gustado las historias románticas que encuentran su final pasados unos años (me parecen aún más románticas). Creo que es porque en ellas se hacen más evidentes los cambios. De ser personajes tímidos pueden llegar a convertirse en extrovertidos o de ser considerados tontos cambiarse al bando de los listos. Todo es saber verse a uno mismo con los ojos adecuados y luchar para conseguirlo, ¿no os parece un mensaje precioso? ¡Abrazos para que tengáis un día espléndido!

La curiosidad no mata

Después de mucho insistir, Silvia acepta reencontrarse con sus antiguos compañeros de instituto. Para su alegría, la vida de los demás apesta más que la suya a excepción de la de Alejandro que parece perfecta.  Adéntrate junto a Silvia en este vertiginoso viaje en el tiempo y descubre qué tiene Alejandro para seguir volviéndola loca. ¡Un encuentro tremendamente sensual está a punto de iniciarse!

 «Porque a veces la curiosidad no mata y encima, puede resultar especialmente placentera.»

¡Advertencia! Esta historia incluye escenas eróticas.

En medio de mis antiguos compañeros de instituto no dejo de beber vino mientras me río como una estúpida porque ninguno de los chistes que cuentan me hace gracia. «¿Se puede saber qué puñetas hago yo en esta cena?». Todo se reduce a una respuesta, curiosidad. La que siente una mujer que acaba de cumplir los treinta y desea ver cómo han desmejorado sus antiguos compañeros de instituto. Llegados a estas alturas debo ser sincera conmigo misma, no estoy aguantando las miradas de odio de Beatriz y al sobón de Carlos, para terminar descubriendo que sus vidas son estupendas, ¡ni hablar! Estoy aquí enfundada en el vestido más caro de mi armario para demostrarles que esa chica callada y por la que no daban ni un miserable céntimo ahora gana más de lo que ninguno de ellos será capaz de hacerlo nunca.

—¡Silvia! —me llama Estefanía desde el otro lado de la mesa.

Por su tono parece creerse que somos íntimas o algo por el estilo, aunque yo cada vez que la miro me horrorizo por el exceso de maquillaje que lleva. Automáticamente todas las miradas me apuntan y detecto curiosidad por saber acerca de la misteriosa chica que ha progresado tanto.

—¿Cómo es eso de ser directora de marketing?

Pestañeo, sonrío y jugueteo distraídamente con mi cabello mientras pienso que esa es la pregunta más estúpida que me han hecho nunca. «¿Esperas que te responda en serio?». Como dudo que esa mujer con tantas capas de maquillaje le interese algo acerca del marketing o economía, escurro el bulto.

—Es interesante —me limito a contestarle con elegancia.

—Deben pagarte bien —me susurra Carlos con descaro.

Yo no paso por alto la forma en que observa mi reloj de pulsera y cómo contempla mi escote. Si soy sincera, tiene razón, cobro una pasta, pero lo hago a costa de sacrificar mi vida personal.

—Y tú, ¿dónde trabajas? —le pregunto a Carlos para que deje de mirarme los pechos.

Él aparta la mirada para pensar su respuesta, la clava en el suelo, y empieza a narrarme una fantasiosa vida cargada de exuberancias y pocas verdades. Como estoy acostumbrada a detectar mentirosos me resulta sencillo darme cuenta e incluso empiezo a apiadarme de él.

—¡Chicos! —nos llama Alberto, un hombre que, como el buen vino, ha mejorado con los años —. Los del restaurante van a cerrar. Podríamos ir a tomar algo al local que se encuentra un par de manzanas más abajo.

Todos asentimos, pagamos, y yo aprovecho para retocar mi pintalabios y tomar mi bolso de marca de encima la mesa. Entonces como acto inconsciente busco mi teléfono móvil y compruebo el correo. Al instante me alarmo, veinte correos en una cena no significaban buenas noticias, y empiezo a leerlos con interés mientras salimos del restaurante.

—Hoy no deberías trabajar —me advierte una voz masculina.

Despego mis ojos de la pantalla del móvil y me encuentro de bruces con un hombre vestido con un traje azul.

—¿Cómo sabes que es trabajo? —lo provoco imaginándome que ese guapo es Alejandro.

—¿No lo es?

Conserva el mismo tono de cabello castaño a pesar que ahora lo lleva algo más largo y ondulado. Me fijo en que está recién afeitado y sus ojos, esos ojos rasgados y de un intenso marrón, siguen siendo salvajes.

—Me has descubierto —le contesto guardándomelo.

—¡Has cambiado mucho! —exclama en un tono de genuina sorpresa—. Estás preciosa.

En el pasado mi yo adolescente se hubiera avergonzado por su comentario hasta el punto de quedarse muda, aunque por suerte, después de haberme pasado años buceando entre tiburones empresariales y recibiendo palos, pocas cosas son capaces de avergonzarme ya.

—Gracias, tú también estás fantástico.

Lo suyo era sencillo, solo necesitaba conservarse. Alejandro jamás ha sido feo ni repulsivo. Yo había estado perdidamente enamorada de él en el instituto, quizá enamorada no es el término exacto, pero sí había sido mi amor platónico desde que lo había visto por los pasillos del instituto.

—He escuchado que te han ascendido.

—Solo soy la directora de un pequeño departamento.

—Guapa y lista.

—¿Y tú?

—Yo soy un desastre, como siempre. Empecé medicina y lo dejé, así que al final tuve que regresar con el rabo entre las piernas junto a mi padre.

«¡Claro!». Su padre es el dueño de una gran y exitosa multinacional por eso, durante los años de instituto Alejandro era el chico más popular. Iba en moto cuando el resto aún utilizábamos la bicicleta y veraneaba en Hawái cuando no teníamos ni idea dónde quedaba ese lugar paradisíaco.

—Lo dices como si tener un padre rico fuera terrible.

—Tú no lo conoces.

No, aunque recuerdo haberlo visto en un par de ocasiones. Un hombre muy serio, siempre con gafas de sol y acompañado por un séquito de guardaespaldas que parecían matones.

—La vida es justa —me dice mientras seguimos al grupo hacia el bar—. Me alegra que las cosas te vayan tan bien.

—Tampoco creo que mi vida sea perfecta.

—Nunca lo es, pero te lo mereces. Siempre has peleado para conseguir tus objetivos.

«Falso». En el instituto nunca lo hacía. Me limitaba a estudiar y a seguir el camino que se suponía que debía recorrer. Como no tenía verdaderos amigos ni a nadie con quien salir los fines de semanas, terminé estudiando sin cesar porque sencillamente era lo único que podía hacer.

—¡Alejandro! —lo llama Beatriz con un tono estridente para llamar su atención—. ¿Cuándo has llegado?

—Hace un momento.

—¡Qué bien!

Esa mujer exuberante le da dos besos para atraerlo aún más a su lado y a mí me entra la risa floja. Realmente estas técnicas tan cutres le podrían servir durante el instituto pero ahora dudo seriamente que le funcionen. Beatriz sigue conservando su corona de reina del instituto, quizá por eso cuando me ha visto llegar me ha evaluado de arriba a abajo y se ha dedicado a apartarme del grupo. En realidad, a mí no me importa, mañana será otro día duro de trabajo y no volveré a verlos, aunque ella parece tomárselo en serio por la forma en que se acaba de llevar a Alejandro dentro del pub.

Alberto nos ha traído a un local agradable y con clase. Las copas parecen decentes, lo cual, me confirma la excelente calidad del vino en el que se ha convertido mi antiguo compañero.

—Has elegido bien —le digo levantando mi cóctel.

—Gracias, aquí celebré mi despedida de soltero.

—¿Estás casado? —le preguntó bastante sorprendida.

—Y con un hijo, Marcos.

Entonces Alberto saca de su cartera una fotografía y yo necesito acercarme a la barra para verla. Un pequeño niño de apenas unos meses aparece en ella durmiendo.

—Es precioso. ¿Qué edad tiene?

—Cuatro meses —me dice orgulloso y con una sonrisa resplandeciente en el rostro.

Me alegra saber que las cosas le están yendo bien. Durante el instituto él era uno de los pocos que me hablaba y parecía no avergonzarse de ello.

—¿No queréis bailar? —aparece Carlos tan inoportuno como siempre.

Alberto lo mira suspirando y yo aparto mi brazo para que deje de tocármelo. «¿Por qué no deja de sobarme?».

—Estamos hablando —le suelto de malas manera para borrarle la sonrisa del rostro.

«Tú no me engañas». Aunque ahora se muestre tan interesado en mi yo actual, en el pasado no dejó de burlarse de mí. Carlos era el guardaespaldas de Beatriz, el chico dispuesto a todo para complacer a su reina de instituto. Finalmente parece darse cuenta y se aparta para regresa a su lugar natural junto a Beatriz. Yo me fijo entonces en el rey, Alejandro. Por un momento me siento en los días de instituto donde yo soy una mera espectadora.

—¿Silvia? —me llama Alberto que me devuelve al presente.

—Perdona, estoy algo cansada. Creo que voy a irme.

—Yo también, deseo estar con mi esposa y mi hijo.

Alberto y yo nos despedimos con dos besos y con la promesa que en el futuro quedaremos para tomar algo. Me apetece conocer a su esposa, seguramente es una persona dulce y honrada como él.

—¿Te vas?

Me giro para afrontar al pesado de Carlos pero en su lugar me encuentro con Alejandro que se ha quitado su americana.

—No hemos tenido tiempo de hablar —me recuerda.

Yo me lo miro y callo. Si no hemos hablado es porque se ha dejado monopolizar por Beatriz.

—¿Estás molesta?

—Quiero irme a casa.

—¿Te está esperando tu novio?

—No —le contestó visiblemente cabreada.

Mi vida laboral me impide mantener una vida amorosa decente, pero eso es algo que a él no le incumbe.

—¿Marido? —me insiste con una sonrisa tan irresistible que me hace sonreír un poco. Yo niego con la cabeza—. Entonces tendrás a un montón de idiotas haciendo cola en tu puerta, ¿no?

Aparto la mirada para centrarme pero él ya se ha acercado tanto a mí que puedo oler su perfume desestabilizador. Saber que Beatriz ha estado disfrutando de ese agradable aroma me enfurece  y me recuerda que debo largarme.

—Creo que acabo de dar en la diana —me susurra con voz ronca—. No dejan de mirarte.

Quiero preguntarle quiénes son todos esos que no dejan de mirarme pero hay otra pregunta que me quema aún más en la garganta.

—¿Y tú? —lo desafío sin apartarme—. ¿Pareja, novia o algo?

—¿O algo? —me pregunta levantando la ceja—. Soy un cabrón con las mujeres como siempre.

«Lo recuerdo». En el instituto se enrollaba con muchísimas chicas, todas guapísimas y perfectas. Tonteaba con ellas abiertamente y lo peor es que se mostraban encantadas.

—La gente cambia, ¿sabes?

—No la clase de hombres como yo.

—¿Y qué clase de hombre eres?

Ahora mismo me alegra haber pasado por todas mis derrotas del pasado, gracias a ellas puedo estar enfrente de Alejandro sin titubear mientras contemplo sus preciosos ojos marrones.

—De la clase que una mujer como tú no desearía involucrarse.

Yo me río por su comentario. En el pasado su amenaza podría haberme asustado pero ahora, me suena como una ridícula fanfarronada infantil.

—¿De qué te ríes?

—Todos cambiamos —le contesto con seguridad.

—Ya te lo he dicho, Silvia, yo…

No le dejo terminar su mentira. Decirlo podría convertirlo en realidad, así que antes que la carroza se transforme en calabaza, me lanzo para satisfacer todos los deseos de mi yo del pasado. Me acerco a Alejandro para besarlo y por primera vez encuentro el valor suficiente para dar ese paso. Él al principio se muestra confuso, pero en ningún momento se aparta. Saboreo sus labios experimentados y dulces. Ambos poseemos ya treinta años y tenemos práctica en esto. Notar cómo Alejandro empieza a derretirse bajo el tacto de mis dedos me envalentona. Entonces él me sujeta posesivamente por el culo, ¡benditos glúteos bien tonificados por el gimnasio!, e introduce su lengua en mi boca. Alejandro sabe intenso, con la mezcla de sabores y emociones que siempre imaginé que tendría.

—Te has convertido en una mujer asombrosa —me confiesa en trance, y yo me siento tan poderosa que lo reto de nuevo.

—Demuéstrame cuánto te gusto.

—Me gustas mucho —me confiesa entre besos mientras nos perdemos en dirección a su coche y dejamos a la reina del baile plantada.

Ahora no me importa Beatriz ni el resto, solo deseo entrar en el coche de Alejandro y seguir besándolo. Él parece sentir lo mismo porque antes que pueda abrir la puerta del coche para entrar, me agarra por la cintura y me atrae hacia él.

—¡Bésame! —me pide quedándose muy quieto a pocos centímetros de mis labios. Yo le sonrío y lo beso en el cuello por encima de su corbata azul—. ¿Y aquí? —me pregunta señalando sus labios con sus dedos.

—Solo si me complaces.

—Por supuesto, mi reina.

Me encierro en su coche sintiéndome la verdadera reina de la noche mientras contemplo a Alejandro que ya ha puesto en marcha el coche.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Intento imaginar qué estará diciendo Beatriz sobre mí.

—Cosas malas —me dice.

—Yo puedo ser más mala.

—Te creo —me contesta mientras sus ojos se vuelven más oscuros—. Hemos llegado.

Bajo del coche y me doy cuenta que nos encontramos al lado de mi trabajo. Sigo la dirección del dedo de Alejandro y no logro comprenderlo.

—¿Vamos al Sacha? —le preguntó sorprendida porque ese es el bar al que voy siempre con mis compañeros.

—Es mío.

—¿Eres el dueño?

—Sí, por eso sé cómo te miran los hombres.

Alejandro empieza a contarme todas las veces que me ha visto en el local y cómo se sorprendió al descubrir que yo era la Silvia del instituto. Saber que aún me recordaba de entonces me complace.

—Ahora ya sabes dónde puedes encontrarme —me susurra llevándome a su local.

«Lo sé». Noto una descarada mano en mi cintura nada más entrar en el Sacha. Alejandro y yo nos abrimos paso entre la gente hasta llegar a la barra.

—¿Qué quieres tomar?

—Déjamelo pensar —le contesto.

He tomado bastantes copas durante la noche y como mañana tengo una reunión importante a primera hora no quiero tener resaca. ¿Qué pensará si pido un refresco?

—Silvia, no puedo esperar —me dice cogiéndome la mano.

—¿Qué?

Pero él no me da explicaciones, me lleva a la esquina del local y allí vuelve a besarme. Yo abro mi boca para sentir su lengua mientras noto la pared helada contra mi espalda. Él coloca sus manos en mi garganta y las baja sensualmente hasta mis pechos. Recuerdo la forma asquerosa en que Carlos los observaba y me alegro que sea Alejandro el que ahora esté disfrutando de ellos.

—¿No tienes un despacho o algo? —le pregunto con la respiración entrecortada.

—Lo tengo.

Tiende su mano hacia mí y se afloja su corbata con la otra. De camino al despacho no dejo de fijarme en su espalda, en su cabello ondulado, sus hombros anchos y esa mano el doble de grande que la mía. «Está tan seguro de sí mismo», y solo de pensarlo me excito aún más.

—Dime qué quieres que te haga para complacerte —me dice Alejandro nada más abrir la puerta de su despacho.

Yo la cierro despacio y lo observo con una sonrisa porque estoy a punto de decírselo todo. Gracias a dios la Silvia del presente es lo suficientemente valiente como para confesárselo.

—Quítate la ropa.

Él se queda congelado. Me mira para intentar leer mis pensamientos pero no logra comprende mi juego.

—Toda —le ordeno bajándome mi vestido negro.

Los ojos de Alejando se encienden como si fueran un par de cerillas. Lo que está viendo le gusta. Me siento encima de su escritorio con las piernas cruzadas vestida solo con mi ropa interior.

—Empieza por la camisa —le indico sintiéndome su dueña.

Alejandro se la desabrocha rápidamente, pero como un botón se le resiste, decide sacársela por la cabeza como si fuera un jersey. Yo me río porque parece tener prisa y sigo contemplándolo con altanarería. Su piel está bronceada, su torso tonifico y me alegra saber que se cuida tanto como yo.

—Ahora los pantalones y calcetines.

 Él sigue mi ritual a rajatabla sin protestar y se queda solo con sus calzoncillos negros.

—Nuestra ropa interior va a conjunto —le digo saltando del escritorio y acercándome a él.

Me bajo mis medias y él se acerca para tocarme. Lo rodeo con mis manos y empezamos a besarnos. Alejandro pasea sus manos por mi espalda buscando el cierre de mi sujetado.

—Se abre por delante —le susurró mordiéndole la oreja.

Él rápidamente mueve sus manos hacia donde le he indicado, no sin antes tocar mi escote y juguetear con el borde del encaje negro. Deslizo mi mano por sus calzoncillos y palpo su excitación. Está duro y listo para mí, y a juzgar por la forma en que me está lamiendo los pezones parece desesperado.

Alejandro me coge por los glúteos y me deja encima del escritorio, entonces me saca la parte de abajo de mi ropa interior y me quedo completamente desnuda ante él. Me contempla unos segundos antes de lanzarse y yo no puedo sacarme de la cabeza su expresión salvaje. Saborea mis pechos y los toca sin dejar un hueco de piel libre. Yo alargo mi mano para acariciarlo y me sorprende descubrir que ya se ha quitado los calzoncillos. «¿Cuándo ha sido tan rápido?».

Él está acostumbrado a esto, lo sé por la forma tan natural que tiene de aceptar nuestra desnudez, por cómo se mueve investigando mi cuerpo y por cómo se deja tocar. Lo acaricio dándole todo el placer que deseo que me dé él a mí y ambos jadeamos. Nos besamos de nuevo mientras seguimos frotándonos y le enseño qué quiero que me haga. Alejandro sabe escuchar y cumple cada uno de mis mandatos. Introduce sus dedos de la misma forma que yo introduzco mi lengua en su boca. Estoy completamente excitada, a punto de rendirme, así que me coloco en la esquina del escritorio y abro mis piernas.

—Silvia —me llama apartándome mi melena mientras entra en mí.

—¡Entra! —le suplico sin poder esperarme más.

Alejandro empuja su pelvis y yo empujo la mía hacia él. Nos hacemos uno mientras me agarro a sus hombros. Él me sujeta por las caderas y empezamos a movernos en un vertiginoso ritmo. No hay duda que Alejandro está en plena forma y que saber hacerlo. Me toca los pechos con una mano mientras con la otra no deja de sujetarme para que me acerque más a él. Pasea su mano hasta mi boca y me introduce un dedo. Lo chupo mientras no deja de penetrarme una y otra vez. Me agarro mejor contra la esquina del escritorio y jadeo con fuerza. Alejandro me llama sin dejar de moverse. Su dedo escapa de mi boca porque ninguno de los dos es capaz de controlar sus movimientos. Empiezan los espasmos incontrolados que avecinan el clímax. Grito su nombre sin estar muy segura si lo he dicho en voz alta o lo he pensado. Él hace lo mismo, aunque esta vez estoy segura que lo ha pronunciado. De repente el mundo a nuestro alrededor se pierde de vista. Ya no noto el escritorio bajo mis glúteos, no siento su mano sujetándome para que me siga moviendo y y soy incapaz de tener un ojo pendiente de la puerta por si alguien entra. Solo escucho el repiqueteo de mi corazón, la respiración acelerada y noto mi piel sudorosa.

—¿Alejandro? —lo llamo porque ha escondido su rostro en mi garganta y no me habla.

—Eres asombrosa —me dice mordiéndome suavemente la garganta.

Él se aparta de mí. Yo lo contemplo y me siento victoriosa por haberlo dejado tan derrotado. Parece exhausto y saciado, plenamente satisfecho a causa de mi cuerpo.

—Debo irme —le digo vistiéndome rápidamente—. Mañana tengo una reunión muy importante.

Me despido de Alejandro con otro beso que nos enciende, pero antes que una cosa nos lleve a la otra y que termine encima de su escritorio de nuevo, me largo. En el taxi de camino a casa suena mi móvil, un mensaje:

«Ahora ya sabes dónde encontrarme. Tenías razón, todas las personas cambiamos. Alejandro.»

Sonrío recordando el mejor sexo que he tenido en años. Vuelvo a leer su mensaje mientras pienso que mañana iré a buscarlo.

FIN

¿Te apetece otro relato corto?

No te olvides de dejarme un comentario por aquí si te ha gustado. ¡Gracias!

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Acerca de: Clover

¡Bienvenida a mi mundo plagado de soñadoras! Llámame CLOVER, soy la autora de este cuaderno, una ovejita más del rebaño, #cloveradicta, escribo historias románticas sin parar, atípica por convicción y amante de la libertad por fanatismo. ¿Te unes al rebaño de las que soñamos despiertas? (¡Desde este lado el mundo es un poquito más bonito!).

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