Encuentros futuros

Encuentros futuros

Después de una relación tormentosa, Claudia y su ex profesor se reencuentran al cabo de diez años. Una visión en primera persona de lo que ambos sienten y cómo la madurez alcanzada por ambos, ha cambiado sus perspectivas y sentimientos.

¡Buenas queridos lectores! Poneros muy cómodos porque esta nave romántica está a punto de despegar. Volaremos hacia un pequeño relato que escribí un día en el que me encontraba especialmente nostálgica (¡así que sed buenos!).

Creo que nadie en este mundo es perfecto y que precisamente por eso, todos tenemos un pasado (o dos) que desearíamos borrar. Si pensáis lo mismo no os costará sentiros (aunque sea un poquito) identificados con Claudia. ¿Me acompañáis?

Si te dijera que me fijé en ti el primer día de universidad te engañaría, para aquél entonces no conocía de tu existencia ni hasta dónde uno es capaz de llegar por amor.

I

Acelerada, la vida a los veinte años corre vertiginosamente, empujamos el tiempo porque lo ansiamos todo y lo queremos coger cuanto antes. A esa edad nadie puede pararnos ni desmotivarnos, ¡qué se atrevan! Quizá por eso Nerea y yo estábamos corriendo por los pasillos de la universidad como si fuera el fin del mundo.

—¡Claudia! —me llamó mi amiga terminándose el desayuno—. Hay que subir a la segunda planta. ¡No vamos a llegar!

—Como si tuvieras que recordármelo. La culpa es tuya, si no se te hubiera antojado el donut.

—¡Tenía hambre!

Suspiré, Nerea era la carga opuesta de la pila que constituíamos las dos. Engranajes de una misma maquinaria incapaz de funcionar por separado.

—Si llegamos tarde a la primera clase del profesor Ocaña…

—¡Cállate! No llegaremos tarde.

Nerea tiró de mi brazo mientras esquivaba los obstáculos que iban apareciendo como si fuéramos unas malabaristas de circo. Avanzábamos para llegar lo antes posible, o eso, es lo que yo creía.

—Casi hemos llegado —me dijo Nerea soltándome.

—Déjame respirar un segundo.

Mis pulmones trabajaban a marchas forzadas mientras mis ojos cotillas se perdían en la clase que tenía la puerta abierta. Un aula que estaba cortada por el mismo patrón que el resto donde un hombre de unos treinta años escuchaba con atención lo que un par de alumnos le decían. «Tú».

Ibas vestido impecablemente, con una camiseta negra y unos pantalones grises. Pero algo más allá de tu formal aspecto me llamó, ¡lo escuché!, y tuve que quedarme quieta. Quizá tú también escuchaste esa voz que insistía en que no dejara de mirarte y por eso te giraste. Por un instante pupila con pupila permanecieron conociéndose antes de saber siquiera nuestros nombres. A través de tus gafas pude ver tú interés en mí y el poco que mostrabas ya hacia ese par de chicos que parecían pedirte un favor. Creo recordar que me sonreíste, tan solo un finísimo movimiento de tus comisuras que se evaporó cuando Nerea tiró de mí y nuestras pupilas tuvieron que decirse adiós. Corrí acalorada y sonrojada hacia mi siguiente clase con la convicción que había visto el hombre más atractivo del mundo y que no volvería a encontrarte.

Nunca olvidaré ese día de clase. Mientras esperábamos al nuevo profesor Ocaña, Nerea no dejaba de comentar lo excelente en forma que nos encontrábamos por haber corrido de esa manera. Yo me reía por lo absurdo de su afirmación pues nunca habíamos sido especialmente atléticas. Distraídamente contemplé la puerta y entonces apareciste tú. Me quedé helada, ni siquiera supe si alegrarme por ello o sentirme ofendida.

Lo que sucedió a partir de entonces aún hoy me resulta una completa locura admitirlo. Sé que fui demasiado impulsiva y caprichosa, pero debes comprenderme que para aquél entonces era inexperta y todo lo que pudiste enseñarme sencillamente me deslumbró. Viví nuestra historia con demasiada intensidad, ¡ahora lo entiendo!, pero para serte sincera no podría haberlo hecho de otra manera. Tú me advertiste innumerables ocasiones que mi ceguera sería peligrosa para ambos, pero yo no supe hallar el peligro en ella. Ahora lo entiendo, te referías a mi propia vida, te referías a todo el dolor que me traerías y que irremediablemente terminé padeciendo. Era tan joven y deseaba correr tanto que me tiré al vacío sin salvavidas.

El día que saliste de mi vida tan precipitadamente como entraste te grité, incluso te abofeteé. Recuerdo cómo empecé a insultarte entre llantos y después me aferré a ti como si me ahogara para que me salvaras. Tú sencillamente me apartaste dejándome a la deriva, ahora lo comprendo todo, yo luchaba por algo inexistente. Me compadezco de ti y de ese profesor tan vacío y hueco que se ahogaba por sus miedos. Si para aquél entonces yo era una suicida tú eras un maldito lunático empeñado en vivir en su jaula de oro para siempre.

Después de todos estos años ahora te observo en la acera. Es un día frío y lluvioso de otoño, y me pareces irreal. Apenas logro focalizarte correctamente como si ya no estuviéramos sincronizados. Sigues siendo tan guapo como mi mente recordaba, pero te encuentro cambiado, más maduro, quizás. Yo no sé si te parezco la misma, pero puedo asegurarte que no lo soy. Te observo en la calle e inconscientemente me froto la barriga para calmarme. Al instante tú bajas la vista y entonces te sorprendes, efectivamente estoy embarazada. Sé que por un momento formulas una silenciosa pregunta que mi delicado anillo de casada te responde. Tú me sonríes con cierta nostalgia y yo te la devuelvo, espero que te alegres por mí. Esta vez después de más de diez años soy yo la que sigue andando y te dejo en esa calle cualquiera un día cualquiera a la deriva.

Entonces Hugo se acerca para entregarme el gofre de chocolate que ha ido a comprarme y me pregunta por qué luzco algo triste. Le miento, es la primera vez en mi vida que miento a mi esposo, pero hay ciertas cosas de mi pasado que no quiero que ni él descubra. Él me acaricia la barriga con delicadeza y me da un beso lleno de ternura como tú jamás pudiste ofrecerme. Me río por lo feliz que soy de tenerlo y entonces, en un acto de compasión, me giro y tú sigues allí parado observándome. Te veo diminuto en cambio yo me siento grandiosa. Ahora pienso que fue absurdo aferrarme a ti cuando tú fuiste mi única ruina. Descargo todo el odio y el resentimiento, y lo dejo con tu pequeño yo. Nuestro pasado no me parece nada, menos que nada, aire.

P.D: Quiero que sepas que ya no te odio, solo te compadezco. Espero, mi querido profesor, que un día encuentres tu cálido amor.

Atentamente: la chica que tuvo un hambre voraz por comerse el mundo.

II

Jamás hubiera esperado encontrarte en esta ciudad tan grande y mucho menos después de estos largos años. Nada más verte te he reconocido, sigues igual de bonita que siempre, con tu aura aniñada y tus ojos repletos de ternura. Me sorprende verte embarazada. Supongo que en mi mente sigues siendo esa chica de veinte años algo inmadura y sin ataduras. Puedo ver que ahora amas las que te ligan a tu esposo y a tu futuro hijo e indudablemente lo quieres. Saberlo me pone celoso, ¿no te parece patético? Tú nunca me miraste así en el pasado porque nunca te hice realmente feliz, ¡menudo desperdicio!

Te despides con una sonrisa muda y yo me quedo fascinado observándote porque te has convertido en una mujer fuerte e independiente. Una última vez te giras para observarme y noto tus ojos tristes hablándome. Me compadeces por todo lo que me he perdido y por lo muy estúpido que fui. Tienes razón.

Yo quise cambiarte, Claudia, y me arrepentiré eternamente por ello. Quise arrancar tus plumas mucho antes que empezaras a volar. Que fueras menos emocional y mucho más racional, te repetí constantemente. Ahora me doy cuenta que fui un maldito egoísta, pagué tanta frustración contigo cuando tú simplemente te entregaste a mí sin condiciones ni límites. Me alegro por ti y por tu nueva vida, espero que logres todo aquello que siempre anhelaste. Sé que serás una gran madre como debes ser una magnífica esposa, solo te pido que recuerdes nuestros buenos momentos, si aún crees que los hubo.

P.D: Me alegro que no me odies y que me desees un cálido amor, no si lo merezco o si es mi destino, pero te prometo que si el destino me brinda una segunda oportunidad la aprovecharé.

Atentamente: aquel necio profesor que fue incapaz de ver más allá de su aula.

FIN

A veces algunas relaciones pueden resultar dañinas simplemente porque no se aceptan a las personas cómo son. Está muy bien querer mejorar como persona, pero jamás deberíamos cortar las alas a nadie ni dejar que nos las corten. Con este mensaje me despido, este pajarito se va a revolotear hacia otro lado, hasta la vuelta.

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Acerca de: Clover

¡Bienvenida a mi mundo plagado de soñadoras! Llámame CLOVER, soy la autora de este cuaderno, una ovejita más del rebaño, #cloveradicta, escribo historias románticas sin parar, atípica por convicción y amante de la libertad por fanatismo. ¿Te unes al rebaño de las que soñamos despiertas? (¡Desde este lado el mundo es un poquito más bonito!).

2 thoughts on “Encuentros futuros”

  1. Tahis dice:

    Este relato me recuerda tanto a mí misma… Precioso!!

    Un beso 🙂

  2. Clover dice:

    ¡Gracias! Otro beso para ti 😊

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